CABOS: EL COMIENZO DE UN SUEÑO CON SABOR A ALFAJOR

Recuerdos de aquella primera tanda de prueba

El pasado 27 de junio hice debutar oficialmente mi emprendimiento de alfajores CABOS. Apenas ha pasado menos de un mes desde aquel primer paso, pero siento como si hubieran pasado años de emociones, pruebas, ideas y sobre todo, muchas horas en la cocina.

CABOS no es solo una marca. Es un proyecto hecho a pulmón, con el corazón puesto en cada detalle. Todo es 100 % artesanal. Desde la selección de los ingredientes hasta el diseño de cada variedad, hay una búsqueda honesta por ofrecer algo que no solo se coma… sino que también se sienta.

Ya hay algunas variedades que están conquistando paladares: los Marplatenses (con su impronta costera inconfundible), los de crema irlandesa, los de avellanas, entre otros. Y claro, hay muchos más en camino, en etapa de pruebas, soñando con llegar pronto al envoltorio.

La más dulce de las tradiciones argentinas 

Este emprendimiento nació en Ushuaia, pero lleva en su alma un pedazo de mi historia, de mis raíces, de mi paso por la costa atlántica. CABOS es también un puente entre esas dos geografías: la ciudad más austral del mundo y la Mar del Plata de mi memoria.

Gracias a quienes ya se animaron a probar, a recomendar, a compartir. Gracias por acompañar este inicio. Lo que viene será aún más dulce.

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HE LLEGADO A LOS 40 AÑOS

Una foto mía en el Parque Nacional Tierra del Fuego

Sin mapas, pero con coraje

Raro número si los hay. Redondo, exacto, simbólico… casi una sentencia.

No soy de los que gustan celebrar los cumpleaños. Por lo menos desde hace un tiempo para acá. Y no por amargura, sino porque a veces el silencio pesa más que los brindis forzados.

Los 40 llegan sin pedir permiso, como una factura vencida de la luz que sabías que te iba a llegar pero igual te molesta cuando la ves.

Es un número que te obliga a mirar para atrás, aunque vos quieras mirar para adelante. Un número que a veces pesa más que la mochila que uno arrastra con las decisiones, los errores, los aciertos y las pérdidas.

Es un número que te obliga a mirar para atrás, aunque vos quieras mirar para adelante. Un número que a veces pesa más que la mochila que uno arrastra con las decisiones, los errores, los aciertos y las pérdidas.

Que no se me malinterprete. No es que me sienta mal. Pero tampoco puedo decir que me sienta eufórico. La vida en esta etapa tiene un sabor raro. Un sabor entre mate lavado y pan recién horneado: algo se enfría y algo empieza.

Me encuentro rodeado de silencios más largos y de certezas más escasas. Ya no busco tener razón, ni convencer a nadie. No necesito agradar. Ni correr detrás de expectativas ajenas. Me importa menos lo que piensan los demás y más lo que pienso yo cuando apago la luz y me quedo solo conmigo mismo.

Y aunque no haya torta ni globos, me doy un regalo: la posibilidad de seguir escribiendo, de seguir buscando, de seguir dudando. A esta altura, ya no me interesa la aprobación. Me interesa la autenticidad. Y si algo aprendí, es que los 40 no vienen a darte respuestas: vienen a enseñarte que todavía estás a tiempo de cambiar todas las preguntas.

Así que no, no esperes una fiesta. Pero sí, tal vez, un buen mate, una charla honesta y un poco de música triste de fondo. Eso, para mí, es más celebración que cualquier torta con velitas.

Felices 40 para mí. Y para todos los que llegamos hasta acá… sin mapas, pero con coraje.

El número que no pediste pero que te cayó igual

Una foto mía en la plaza República de Serbia en Buenos Aires

Seamos honestos: nadie espera los 40 con entusiasmo genuino. Los que dicen que sí, mienten o tienen un problema con la realidad. Los 40 no son como cumplir 15 —que había vestido, vals y la ilusión de que todo empieza— ni como cumplir 18 —que había libertad recién estrenada y la certeza de que el mundo te debía algo—. Los 40 son más como cuando te das cuenta, en medio de una tarde de martes, de que el partido de Aldosivi que ibas a ver quedó para la próxima fecha. No es una tragedia. Pero tampoco es una buena noticia.

Es un número que no pediste pero que te cayó igual, como la lluvia en La Plata —abundante, persistente, y sin que nadie te avisara que salgas con paraguas. Y al igual que esa lluvia, no tiene sentido enojarse con ella. Solo tiene sentido decidir qué hacés mientras dura.

En la Escritura, el 40 es siempre el número de la forja. Cuarenta días en el desierto. Cuarenta años de peregrinación. Cuarenta días de lluvia sobre el arca. El 40 bíblico no es el número del desastre: es el número del tiempo suficiente para que algo genuino se forme. Para que la persona que entra al proceso no sea la misma que sale. Eso no me lo enseñó ningún coach de vida ni ningún libro de autoayuda con tapa naranja. Me lo enseñó leer la Escritura en serio, sin buscar frases motivacionales sino tratando de entender lo que dice. Y lo que dice es esto: el desierto no es el castigo. Es la forja.

Así que acá estoy. Cuarenta años bien forjados, algunos cantos mellados, algún filo nuevo. Igual que el mejor alfajor de Mar del Plata: con capas, con dulce adentro, y bastante más interesante que lo que la envoltura sugiere a primera vista.

No llegué a los 40 para derrumbarme. Llegué habiendo atravesado 40 años de desierto. Y algo, en algún lugar, se forjó.

El balance: Los errores, las pérdidas y lo que quedó en pie

Una foto mía en Tierra del Fuego

Si hay algo que los 40 te obligan a hacer —aunque no quieras, aunque pongas resistencia, aunque intentes mirar hacia adelante con toda tu voluntad— es revisar. No podés evitarlo. El número redondo funciona como un espejo que aparece solo en el medio de la habitación: podés rodarlo, pero sigue ahí.

Entonces hagámoslo. Sin dramatismo pero sin mentiras tampoco.

Los errores. Los tuve, como cualquiera. Decisiones que en el momento parecían razonables y que con el tiempo se revelaron como lo que eran: apuestas perdidas, caminos que llevaban a ningún lado, momentos en que elegí lo cómodo sobre lo verdadero o lo urgente sobre lo importante. Me equivoqué en vínculos. Me equivoqué en prioridades. Hubo etapas en que corrí detrás de cosas que no eran mías, tratando de encajar en versiones de mí mismo que alguien más había diseñado. Eso cansa mucho y produce muy poco.

Las pérdidas. Esas son más difíciles de inventariar en voz alta, así que voy a ser breve y honesto: perdí personas que amé. Perdí versiones de futuro que creía seguras. Perdí la certeza de que si uno hacía las cosas más o menos bien, las cosas salían más o menos bien. Esa última pérdida, la de esa ilusión de control, fue quizás la más formativa. Y también, a esta distancia, la más necesaria.

Pero lo que quedó en pie merece nombrarse con la misma honestidad. Quedó la capacidad de levantarse, que no es poco. Quedó la escritura, que siempre estuvo y que en los momentos más difíciles fue la manera de procesar lo que no cabía de otra forma. Quedó la fe, que llegó tarde pero llegó con raíces. Quedó la amistad honesta de los que se quedaron cuando no había nada conveniente en quedarse. Quedó Ushuaia con su silencio de fin del mundo, que para alguien criado entre el mar atlántico de Mar del Plata y la vida de una ciudad mediana tiene una belleza áspera y particular que todavía me sorprende algunos amaneceres.

Y quedó, sobre todo, algo que no sé bien cómo nombrar sin sonar pretencioso, pero que voy a intentar igual: una cierta solidez interior. No la solidez del que ya no siente nada, que eso es solo caparazón. Sino la del que ha sido movido suficientes veces como para saber que puede ser movido y seguir en pie. La del árbol que tiene las ramas torcidas por el viento pero las raíces más hondas que antes. Eso quedó. Y eso, a los 40, vale más que cualquier logro que pueda listar en un currículum.

Conclusiones finales

Una foto mía con la rottweiler en Tolhuin

Podría terminar este artículo con una afirmación serena y bien redondeada sobre lo que viene. Algo del estilo de «a los 40, con todo lo aprendido, estoy listo para la segunda mitad». Quedaría bien. Sería prolijo. Y sería bastante mentira.

La verdad es que no sé mucho de lo que viene. No sé si voy a estar en el mismo lugar dentro de diez años, geográficamente ni en ningún otro sentido. No sé qué pérdidas trae la próxima década, y a esta altura ya sé suficiente como para saber que trae algunas. No sé si las cosas que hoy me parecen sólidas van a seguir pareciéndomelo, aunque confío en que algunas sí. No sé si voy a seguir escribiendo en este mismo formato o si la bitácora va a cambiar de forma con el tiempo.

Podría terminar este artículo con una afirmación serena y bien redondeada sobre lo que viene. Algo del estilo de «a los 40, con todo lo aprendido, estoy listo para la segunda mitad». Quedaría bien. Sería prolijo. Y sería bastante mentira.

Lo que sí sé es esto: llegué a los 40 con más preguntas que respuestas, y eso ya no me asusta. Me pasé los veinte y los treinta buscando certezas, corriendo detrás de versiones de seguridad que resultaron ser espejismos más costosos que la incertidumbre misma. A los 40, la incertidumbre ya no es el enemigo. Es el territorio. Y uno aprende a moverse en el territorio que tiene, no en el que quisiera tener.

Tengo brújula, aunque no tenga mapa. Tengo fe, aunque no tenga todas las respuestas que la fe a veces promete y raramente entrega en el formato esperado. Tengo escritura, que es la forma más honesta que encontré de pensar en voz alta. Tengo el mar de Mar del Plata en la memoria y el silencio de Ushuaia en el presente. Tengo amigos contados con los dedos de una mano que son más valiosos que una libreta entera de contactos. Y tengo el mate, que a esta altura es casi un sacramento laico.

Y con todo eso, me parece, se puede.

Pero vos que estás leyendo esto, que quizás ya llegaste a los 40 o que estás en camino: ¿qué te llevás? ¿Qué encontraste que valió la pena cargar y qué fue lo primero que tiraste cuando tuviste la oportunidad? ¿Hay algo en tu mochila que todavía no decidiste si sigue o no? ¿O llegaste a esta edad con la claridad que yo todavía estoy buscando?

Porque a los 40, una de las pocas certezas que tengo es que nadie llega igual. Y que comparar los caminos, sin competencia ni juicio, es una de las conversaciones más honestas que existen.

Así que si tenés ganas, contame. Preferiblemente tomando algo caliente. Y con música triste de fondo.

— Fin del comunicado del capitán—

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Mariano Romero Arregin

¡Hola! Mi nombre es Mariano — Un hombre común y corriente escribiendo sobra la vida. Soy primeramente CRISTIANO. En lo profesional, soy productor agrícola, promotor agroecológico en un cultivar de frutas finas, fermentista y cuando tengo algo de tiempo (y dinero especialmente) un viajero amateur. Además, aquí estoy compartiendo mis historias familiares, mi amor por la vida en los cultivos, la naturaleza, la tecnología y el ocio en general.

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