Apuntes desde el fin del mundo sin luz ni internet
Hace cuatro días que no vemos el sol en el fin del mundo. Ushuaia pasa por una racha climatológica bastante lluviosa y con alertas meteorológicas constantes. Algunas zonas de la provincia se han visto afectadas por inundaciones y desbordes de arroyos. A esto le sumamos cortes de luz por la problemática en energía particular que tiene la provincia. En estos momentos, por ejemplo, que estoy escribiendo esto, no tengo conexión a internet. Acá se corta la luz en la zona y quedaste totalmente desconectado y aislado. Esto tiene sus pros y obviamente sus contras. Laboralmente los cortes de luz nos significan unos retrasos enormes. Más cuando es algo imprevisto. Imaginen por ejemplo la hidroponía sin saber cuándo las plantas van a volver a obtener su solución nutritiva. Muchos hablan de la inteligencia artificial como la solución a muchas cosas, pero en este ámbito poco y nada puede hacer.
Tal vez sea que la falta de vitamina D me hace más introspectivo y empiezo a escribir en un borrador esperando que se publique cuando vuelva el internet.
Ushuaia en cualquier momento del año tiene una manera particular de recordarte que estás vivo. No de manera poética ni metafórica: de manera literal y física. El viento que golpea las ventanas, los cuatro días de lluvia sin pausa, la oscuridad que lentamente empieza a llegar temprano y se va más tarde, la luz cortada sin aviso: todo eso es el fin del mundo comportándose como el fin del mundo. No es una postal. Es la realidad de vivir en el extremo del mapa habitable.
Y sin embargo, en el medio de todo eso, mientras escribo esto en un borrador que no sé cuándo va a poder publicarse, encuentro algo que el mundo hiperconectado raramente ofrece: silencio de verdad. No el silencio de los auriculares con cancelación de ruido. No el silencio del modo avión elegido con culpa. El silencio que llega cuando la luz se va y la pantalla se apaga y el router queda mudo y de pronto el único ruido es la lluvia contra el techo y el viento afuera y el sonido del lápiz sobre el papel.
Ese silencio, que al principio desorienta porque el cerebro moderno no sabe bien qué hacer sin estímulo constante, se va volviendo otra cosa con los minutos. Se va volviendo espacio. Espacio para pensar sin que nadie interrumpa. Para mirar por la ventana sin que nadie notifique. Para escribir sin corrector automático ni de las horribles sugerencias de IA ni distracciones algorítmicas. Para ser, simplemente, la persona que está en esa habitación, en esa ciudad, en ese momento.
Hoy el mundo convirtió la conectividad en oxígeno. Estar desconectado diez minutos genera en la mayoría de la gente una ansiedad que, si la observás desde afuera, resulta bastante reveladora de lo que le hemos entregado a las pantallas. No juzgo: yo también la siento. La primera media hora sin internet tiene su propio malestar, su propio reflejo de querer abrir algo que no está. Después pasa. Y lo que aparece del otro lado de ese malestar es, la mayoría de las veces, algo más valioso que lo que hubiera encontrado en el feed.
Son momentos para apreciar el santo silencio. Son momentos para aprender. Son momentos para aprovechar y leer un buen libro. Son momentos para recordar que estamos en Cuaresma, que es exactamente la época del año en que la tradición cristiana propone hacer lo que la lluvia y el corte de luz me impusieron sin pedirlo: detenerse, reducir el ruido, ayunar de lo superfluo, mirar hacia adentro.
La Cuaresma en el fin del mundo, sin luz y sin internet, con la lluvia que no para y el silencio que pesa y pesa bien.
Este artículo lo escribí a mano, en un borrador, esperando que volviera el internet para publicarlo. Cuando volvió la conexión, lo primero que hice fue revisar los mensajes. Lo segundo fue acordarme de que tenía esto para subir. Lo tercero fue preguntarme si los cuatro días sin sol me cambiaron algo y sí, parezco vampiro.
— Fin del comunicado del capitán—




Pequeña introducción
Un fenómeno global
Qué dice la ciencia
Conclusión: la idea de que la savia "sube y baja" con la Luna no tiene respaldo experimental fuerte.
Entonces… ¿Pseudociencia?
La mirada agroecológica
Un calendario lunar racional (sin misticismo extremo)
Luna nueva
Cuarto creciente
Luna llena
Cuarto menguante
Qué no hay que hacer
Conclusión
No es pseudociencia pura
Licor artesanal: Ideal para las noches largas de invierno; una infusión de frutos en aguardiente que calienta cuerpo y alma.
Tarta del regreso: Una masa quebrada, un relleno de calafate y una promesa: quien la pruebe, siempre volverá.

