UNA FOTO DEL RECUERDO

Yo a mis 15 en una imagen restaurada

Claromecó, Chapadmalal y los 15 años que no vuelven

Los recuerdos de la app de fotos del celular me trajeron esta foto de un recuerdo de cuando yo tenía unos 15 años. Por supuesto que en aquella época no existían los celulares compactos en mi casa y por lo menos yo, que vivía en un pueblo y era muy pueblerino no me imaginaba que un aparato que originalmente era para comunicarse, después serviría para sacar fotos —entre otras muchas cosas— (¿Internet? ¡Que rayos es eso!). Recuerdo que mis padres tenían en ese momento un teléfono que era tipo valija y pesaba una barbaridad. Antes de eso nos comunicamos con el resto del mundo por paloma mensajera 🤣, bueno en realidad un vecino de varias cuadras nos hacía de intermediario porque él tenía teléfono fijo. Eso habla de la primera etapa de mi adolescencia en el faro de Claromecó. Esa foto fue del primer viaje que hice solo con el colegio en Chapadmalal, a los hoteles onda colonia de vacaciones. Gran experiencia. No digamos que me porté bien, pero tampoco tan mal. Todavía faltaba tiempo para eso en donde llegaría una etapa llena de rebeldía y oscura. Mucho más oscura de lo que me gustaría recordar. Igual guardo ese viaje como un lindo e inocente recuerdo: las primeras fiestas, los primeros «amores», las primeras escapadas.

Hay algo casi filosófico en la manera en que funciona la app de recuerdos del celular. Una tecnología que en ningún momento de su diseño tuvo la intención de provocar nostalgia te manda una notificación con la frialdad de un algoritmo y de golpe te encontrás mirando la cara de vos mismo con quince años, con ese pelo y esa ropa y esa expresión de quien todavía no sabe bien qué cara poner cuando le sacan una foto. La app no sabe lo que hizo. Vos sí.

Quince años. Claromecó. El pueblo del faro donde vivíamos entonces, con sus playas enormes que en invierno se volvían casi surrealistas de vacías y con ese viento típico del sur bonaerense que no pide permiso para entrar por cualquier rendija. No era el lugar que yo hubiera elegido a esa edad, para ser completamente honesto—mi corazón seguía en Tierra del Fuego— pero los quince años tienen la virtud de encontrar diversión en casi cualquier lugar si el escenario incluye compañeros de aventuras y algo de libertad.

El teléfono-valija de mis padres que mencioné más arriba, merece un párrafo propio porque fue genuinamente uno de los aparatos más absurdos que la humanidad produjo en su larga historia de aparatos absurdos. Era un teléfono celular de los primeros, de esos que pesaban aproximadamente lo mismo que un ladrillo y tenían una antena adosada a una valija que se desplegaba como si el teléfono fuera a captar señales de Marte. La batería duraba una eternidad, aunque cuando uno lo necesitaba siempre estaba descargado. Y la cobertura en Claromecó, de la extinta empresa UNIFON era, digamos, aspiracional. Antes de eso, la comunicación con el mundo exterior dependía efectivamente de un vecino (Don Anselmo lo saludo si alguna vez lee esto) con teléfono fijo a varias cuadras, que hacía de nodo de comunicaciones del barrio con una generosidad que hoy resulta difícil de imaginar. Si llegaba un mensaje urgente, el vecino mandaba a alguien a avisarte. Telégrafos humanos. Funcionaba.

El viaje Claromecó - Chapadmalal

En mi casa del faro Claromecó junto a mi perra ovejera Mara

El viaje a Chapadmalal fue otra historia. Los hoteles de Chapadmalal —ese complejo de turismo social que el peronismo construyó en la costa bonaerense y que durante décadas fue la única manera que muchas familias argentinas tenían de conocer el mar— eran para un chico de quince años de un pueblo costero algo así como la capital del mundo. No porque fueran lujosos, que no lo eran. Sino porque eran el primer viaje sin los padres, lo cual los convertía automáticamente en el escenario de todo lo que con los padres no se podía hacer.

No me porté bien, dije. Tampoco tan mal. Esta escala de comportamiento de quince años tiene sus propias unidades de medida que no coinciden exactamente con las del mundo adulto. «No tan mal» a los quince puede significar varias cosas, entre ellas haber llegado a dormir a las cuatro de la mañana, haber explorado sectores del hotel que no estaban técnicamente habilitados para los huéspedes y que los mayores nos peguen tremendo reto, y por supuesto haber tenido los primeros ensayos en el arte delicado de convencer a alguien de que te gusta mientras simultáneamente intentás que no se note demasiado que no sabés exactamente qué hacer si el plan funciona. Todo eso cae, en la escala del quince, dentro del rango aceptable.

Las primeras fiestas. Los primeros amores —con las comillas bien puestas, porque a los quince el amor y el entusiasmo momentáneo son difíciles de distinguir desde adentro aunque desde afuera la diferencia sea bastante evidente—. Las primeras escapadas de madrugada por pasillos mal iluminados. Todo eso tiene la textura específica de los recuerdos que todavía no pesaban nada porque todavía no habían pasado por el filtro de lo que vino después.

Los recuerdos de los quince años tienen una ligereza que los de otras edades no tienen. No porque fueran más felices necesariamente, sino porque todavía no sabían lo que iba a venir. Y la ignorancia del futuro es, mientras dura, una forma de libertad.

Lo que vino después fue más oscuro. Mucho más oscuro de lo que me gustaría recordar en un artículo que empezó liviano y quiero que termine con algo de esa liviandad intacta. Ya hay otras páginas de esta bitácora que hablan de lo oscuro. Este artículo es para la foto de Chapadmalal, para el chico de quince años con ese pelo y esa expresión, para las primeras fiestas y los primeros amores con comillas y las primeras escapadas de madrugada.

Ahora desde los 40 pirulos

Yo en Bahía Lapataia

Desde los 40, mirando esa foto, tengo ganas de decirle algo a ese chico. No mucho. No un discurso. Solo unas pocas cosas que hubieran cambiado algo, o que al menos hubieran hecho más corto el camino a lo que finalmente llegué.

Le diría que las etapas oscuras que vienen no van a destruirlo aunque por momentos lo parezca. Que la fe que va a encontrar mucho después valía la pena buscarla antes, aunque el camino para llegar a ella tenía que ser el que fue. Que el amor de su vida va a existir y que ella va a ser más hermosa que cualquier persona que yo haya podido imaginar desde los quince, y que perderlo va a doler de maneras para las que no existe preparación posible, y que aun así va a valer cada segundo. Que si se va a algún lado, sepa que su verdadero lugar lo está esperando y que va a volver, y que cuando vuelva va a saber que es el lugar del mundo donde tiene que estar.

Le diría también que el teléfono-valija de los padres va a ser reemplazado por un aparato que cabe en el bolsillo y que entre otras cosas va a sacar fotos y guardar recuerdos y mandárselos veinticinco años después sin aviso. Eso probablemente le parecería lo más increíble de todo.

Y le diría, por último, que ese viaje a Chapadmalal con sus primeras fiestas y sus primeros amores con comillas y sus primeras escapadas —ese momento de liviandad antes de que las cosas se pusieran complicadas— es un buen lugar desde el que arrancar. No un lugar al que volver. Un lugar desde el que arrancó.

Todo lo demás... fue el camino.

— Fin del comunicado del capitán—

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MI YUGOSLAVIA Y LA LUCHA CONTRA EL TERRORISMO OCCIDENTAL

Homenaje a Yugoslavia

Моја Југославија

Hoy recordamos un nuevo aniversario del inicio de las acciones ilegítimas de la OTAN contra Yugoslavia. Acciones que comenzaron el 24 de marzo de 1999 y que durante 78 días convirtieron a una nación soberana en el blanco de la alianza militar más poderosa de la historia. Acciones que destruyeron puentes, hospitales, fábricas, televisoras, embajadas, trenes en movimiento. Acciones que mataron civiles —entre ellos varios periodistas de la RTS, la televisión estatal serbia, cuyo edificio fue deliberadamente bombardeado— y que nadie en Occidente recuerda con la misma intensidad con que recuerda sus propias víctimas.

La OTAN. Cuyo verdadero significado, en función de lo que hizo en Yugoslavia, debería ser Organización Terrorista del Atlántico Norte. Lo digo sin dramatismo y sin hipérbole: lo digo como descripción de los hechos. Una organización que bombardea un país soberano durante 78 días sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, sin declaración de guerra, matando civiles y destruyendo infraestructura civil, está cometiendo exactamente lo que el derecho internacional define como acto de agresión. Que lo haga con aviones modernos y discursos sobre los “derechos humanos” (y esto último muy entre comillas) no cambia la naturaleza del acto.

Escribo esto desde una posición que no es neutral ni pretende serlo. Llevo sangre serbia en las venas. Yugoslavia es, para mí, el país de mis antepasados. Y lo que le hicieron en 1999, veintisiete años después, sigue siendo una herida que la historia no cerró porque la injusticia no cierra sola: la cierra la verdad dicha con claridad o no la cierra nadie.

Yugoslavia no es para mí un nombre en los libros de historia. Es el país de donde vino parte de lo que soy. Las iglesias ortodoxas medievales de Serbia, con sus frescos que los cruzados y los otomanos no lograron destruir del todo, son mis iglesias. Los santos serbios —San Sava, San Lázaro, los mártires de Kosovo— son mis santos. El cirílico que aprendí a través del ruso resuena en mí con una familiaridad que va más allá del aprendizaje lingüístico porque tiene raíces que llegan antes que yo.

Cuando la OTAN bombardeó Belgrado en 1999, bombardeó también Novi Sad, Niš, Kragujevac, Čačak. Ciudades que para muchos no dicen nada pero que en la historia de mi familia sí dicen algo. No sé exactamente de dónde en Serbia eran todos mis familiares. Nunca lo supe. Pero sé que eran de ahí, de ese pueblo que Occidente decidió bombardear 78 días porque no encajaba en el nuevo orden que diseñaban los que (supuestamente) habían ganado la Guerra Fría.

La memoria de Yugoslavia no es solo historia. Es también el ejercicio de honrar a los que vinieron antes, de no dejar que el olvido sea la forma más barata de rendición. Yugoslavia existió. Fue destruida. Esa destrucción tuvo responsables con nombres y apellidos que nunca rindieron cuentas. Y el pueblo serbio, que en ese bombardeo perdió a sus civiles, sus puentes, su televisora y una parte de su territorio, sigue siendo el mismo pueblo que en el siglo XIV, en el Campo de los Mirlos, eligió el reino celestial sobre el reino terreno y fue masacrado por ello.

Yugoslavia, el país que occidente decidió destruir

El ministerio de defensa de Yugoslavia bombardeado por la Otan en 1999

Para entender el bombardeo de 1999 hay que entender qué era Yugoslavia y por qué su existencia resultaba incómoda para ciertos intereses. Yugoslavia —la tierra de los eslavos del sur— fue durante décadas uno de los experimentos políticos más interesantes del siglo XX: un Estado multiétnico, multinacional y multireligioso que logró durante cuarenta años mantener juntos a serbios, croatas, eslovenos, bosnios, macedonios y montenegrinos, a ortodoxos, latinos y musulmanes, bajo una estructura federal que, con todos sus déficits, era funcional.

El mariscal Tito, que lideró Yugoslavia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte en 1980, tuvo la habilidad de mantener a su país fuera del bloque soviético sin entrar en el bloque occidental. Yugoslavia fue cofundadora del Movimiento de Países No Alineados, la alternativa a la lógica de bloques de la Guerra Fría. Esa autonomía la convertía en un modelo peligroso: demostraba que era posible existir soberanamente sin rendirle pleitesía a ninguna de las superpotencias.

La implosión de Yugoslavia en los noventa fue el resultado de una combinación de factores internos —el ascenso de los nacionalismos, la crisis económica, los errores del liderazgo post-Tito— y externos. Los externos incluyen el apoyo activo de potencias occidentales a las fuerzas separatistas en distintos momentos del conflicto. Yugoslavia no se disolvió sola: fue lisa y llanamente desmembrada, y el desmembramiento tuvo en esos actores externos muchos intereses precisos.

El Kosovo de 1999 fue el último acto de esa desmembración. El Ejército de Liberación de Kosovo —UCK en sus siglas albanesas— era una organización que el propio Departamento de Estado de los Estados Unidos había catalogado como terrorista en 1998. En 1999, esa misma organización era el aliado de la OTAN ¿Suena a figurita repetida?. El cambio de categoría no reflejó ningún cambio en la conducta del UCK: reflejó un cambio en la utilidad política de ese actor para los objetivos de la alianza atlántica.

Occidente llamó intervención humanitaria al bombardeo de un país soberano sin mandato de la ONU. Llamó terroristas a los que resistían. Llamó liberadores a los que bombardeaban. El manual retórico es siempre el mismo. Solo cambian las víctimas.

La Ilicitud del bombardeo: Lo que el derecho internacional dice

Bombardeo sobre Novi Sad

El bombardeo de Yugoslavia por la OTAN entre el 24 de marzo y el 10 de junio de 1999 fue ilegal bajo el derecho internacional vigente. Esta no es una afirmación polémica: es la conclusión a la que llegaron numerosos juristas, incluyendo varios de tradición occidental, que examinaron el caso con los instrumentos del derecho internacional positivo.

La ausencia de mandato del consejo de seguridad 

La Carta de las Naciones Unidas establece con claridad que el uso de la fuerza entre Estados requiere, salvo legítima defensa ante un ataque armado en curso, la autorización del Consejo de Seguridad. La OTAN no obtuvo esa autorización. Rusia y China, miembros permanentes del Consejo con poder de veto, se opusieron. En lugar de respetar el sistema que Occidente mismo construyó después de la Segunda Guerra Mundial para evitar la guerra unilateral, la alianza decidió simplemente ignorarlo.

La justificación que se intentó construir —la intervención humanitaria como nuevo principio de derecho internacional que no requiere mandato del Consejo— fue rechazada por la mayoría de los juristas internacionales, incluyendo la propia Comisión Internacional Independiente sobre Kosovo, que en su informe de 2000 caracterizó el bombardeo como «ilegal pero legítimo». Una construcción que muchos señalaron como un oxímoron jurídico: si la ilegalidad puede ser legítima, entonces la legalidad deja de ser el criterio. Lo que queda es el poder del más fuerte.

Los objetivos civiles 

El derecho internacional humanitario prohíbe el ataque sobre objetivos civiles. El bombardeo de la OTAN destruyó el edificio de la Radio Televisión de Serbia el 23 de abril de 1999, matando a 16 trabajadores civiles. El propio Javier Solana, Secretario General de la OTAN en ese momento, reconoció que el objetivo era la capacidad de comunicación del gobierno. Eso es exactamente lo que el Protocolo Adicional I de los Convenios de Ginebra prohíbe cuando el resultado previsible son bajas civiles desproporcionadas respecto al objetivo militar.

El uso de munición de uranio empobrecido en los bombardeos —cuyas consecuencias sobre la salud de la población civil en las zonas afectadas siguen documentándose décadas después— es otro aspecto del que los medios occidentales prefieren no hablar. Los aumentos de cáncer y malformaciones congénitas en Kosovo y Serbia asociados a la contaminación por uranio empobrecido están documentados por investigaciones médicas independientes. Nadie rindió cuentas.

El bombardeo de Yugoslavia fue el momento en que la OTAN decidió que el derecho internacional era opcional cuando los intereses de sus miembros lo requerían. Esa decisión tiene consecuencias que seguimos viendo: Iraq, Libia, Siria, Gaza, Irán. El manual es el mismo. Solo se actualizan los nombres.

El patrón que se repite. De Yugoslavia a Irán

Kosovo es Serbia

Lo que ocurrió en Yugoslavia en 1999 no fue un episodio aislado: fue el primer ensayo de un patrón que Occidente repetiría con variaciones en las décadas siguientes. El patrón tiene siempre los mismos elementos: una narrativa humanitaria que justifica la intervención, la invisibilización de la complejidad y de los actores que no encajan en el relato, la ausencia de mandato legal compensada con la suficiencia moral del más poderoso, y la ausencia total de rendición de cuentas cuando los resultados producen más destrucción que solución.

Iraq en 2003: armas de destrucción masiva que no existían, un país destruido, más de un millón de muertos según estimaciones conservadoras, el surgimiento del ISIS como consecuencia directa del vacío de poder creado por la invasión. Nadie rindió cuentas. Tony Blair y George W. Bush siguieron sus vidas con total impunidad.

Libia en 2011: una resolución del Consejo de Seguridad autorizada para proteger civiles convertida en cobertura para un cambio de régimen completo. El país más próspero de África antes de la intervención convertido en Estado fallido con mercados de esclavos documentados por periodistas de la ONU. Nadie rindió cuentas.

Palestina, Siria, Líbano y ahora Irán en 2026. El patrón continúa. Lo que cambia es la geografía y el vocabulario. Lo que no cambia es la impunidad de quienes deciden, la invisibilidad de quienes sufren, y la ausencia de consecuencias para quienes violan el derecho internacional cuando tienen suficiente poder para hacerlo.

En definitiva lo que les hicieron a los serbios en 1999 con el mismo discurso de derechos humanos con que le hacen a otros lo que les hacen hoy me interpela de una manera que no puedo ignorar. Porque el principio que viola el bombardeo de Belgrado es el mismo principio que viola el bombardeo de los palestinos... de los sirios... de los libaneses... de los iraníes, etc. Y la sangre de los inocentes tiene el mismo peso independientemente de su pasaporte.

No hay intervención humanitaria que justifique matar civiles. No hay defensa de los derechos humanos que se construya sobre cadáveres de periodistas y niños. No hay orden internacional basado en reglas que funcione cuando las reglas solo aplican a los débiles.

La identidad que ningún bombardeo puede destruir

Daños en la Iglesia de la Santa Trinidad dañada en Petrić, Kosovo, 1999.

El pueblo serbio lleva más de quinientos años de experiencia en sobrevivir a imperios que quisieron borrarlo. El Imperio Otomano los sometió durante cinco siglos y no logró destruir ni su fe ni su identidad. El nazismo los masacró en la Segunda Guerra Mundial —un millón de serbios muertos, proporciones de exterminio comparables al Holocausto— y no logró destruirlos. La OTAN los bombardeó 78 días en 1999, les arrancó Kosovo —la cuna histórica de la nación serbia, el lugar donde están sus monasterios más sagrados— y no logró destruirlos.

Hay algo en el alma eslava ortodoxa que aprende a sobrevivir en el sufrimiento sin perder la fe. Lo hemos visto en los mártires rusos del siglo XX. Lo vemos en los monjes del Monte Athos que rezan el mismo oficio que rezaban hace mil años como si el tiempo que pasa afuera de los muros del monasterio fuera un detalle. Lo vemos en los sacerdotes serbios que siguieron celebrando la liturgia durante los bombardeos. No como heroísmo performativo: como fidelidad a algo que trasciende la circunstancia histórica y que ninguna bomba puede alcanzar.

La OTAN bombardeó Belgrado. No bombardeó la memoria. No bombardeó la fe. No bombardeó el canto litúrgico que los serbios llevan siglos cantando en iglesias que sobrevivieron a los otomanos y a los nazis y que sobrevivirán también a este orden mundial que se cree eterno y que no lo es.

Вечна памјат мученицима неправедне агресије. Њихови животи су светлост наше историје, а њихова жртва нас подсећа да су пред Богом и људима Косово и Метохија срце Србије. / Memoria eterna a los mártires de la agresión injusta. Sus vidas son la luz de nuestra historia y su sacrificio nos recuerda que, ante Dios y los hombres, Kosovo es y será el corazón de Serbia.

— Fin del comunicado del capitán—

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SON MOMENTOS

La lluvia y unas zapatillas femeninas

Apuntes desde el fin del mundo sin luz ni internet

Hace cuatro días que no vemos el sol en el fin del mundo. Ushuaia pasa por una racha climatológica bastante lluviosa y con alertas meteorológicas constantes. Algunas zonas de la provincia se han visto afectadas por inundaciones y desbordes de arroyos. A esto le sumamos cortes de luz por la problemática en energía particular que tiene la provincia. En estos momentos, por ejemplo, que estoy escribiendo esto, no tengo conexión a internet. Acá se corta la luz en la zona y quedaste totalmente desconectado y aislado. Esto tiene sus pros y obviamente sus contras. Laboralmente los cortes de luz nos significan unos retrasos enormes. Más cuando es algo imprevisto. Imaginen por ejemplo la hidroponía sin saber cuándo las plantas van a volver a obtener su solución nutritiva. Muchos hablan de la inteligencia artificial como la solución a muchas cosas, pero en este ámbito poco y nada puede hacer. 

Tal vez sea que la falta de vitamina D me hace más introspectivo y empiezo a escribir en un borrador esperando que se publique cuando vuelva el internet.

Ushuaia en cualquier momento del año tiene una manera particular de recordarte que estás vivo. No de manera poética ni metafórica: de manera literal y física. El viento que golpea las ventanas, los cuatro días de lluvia sin pausa, la oscuridad que lentamente empieza a llegar temprano y se va más tarde, la luz cortada sin aviso: todo eso es el fin del mundo comportándose como el fin del mundo. No es una postal. Es la realidad de vivir en el extremo del mapa habitable.

Y sin embargo, en el medio de todo eso, mientras escribo esto en un borrador que no sé cuándo va a poder publicarse, encuentro algo que el mundo hiperconectado raramente ofrece: silencio de verdad. No el silencio de los auriculares con cancelación de ruido. No el silencio del modo avión elegido con culpa. El silencio que llega cuando la luz se va y la pantalla se apaga y el router queda mudo y de pronto el único ruido es la lluvia contra el techo y el viento afuera y el sonido del lápiz sobre el papel.

Ese silencio, que al principio desorienta porque el cerebro moderno no sabe bien qué hacer sin estímulo constante, se va volviendo otra cosa con los minutos. Se va volviendo espacio. Espacio para pensar sin que nadie interrumpa. Para mirar por la ventana sin que nadie notifique. Para escribir sin corrector automático ni de las horribles sugerencias de IA ni distracciones algorítmicas. Para ser, simplemente, la persona que está en esa habitación, en esa ciudad, en ese momento.

Hoy el mundo convirtió la conectividad en oxígeno. Estar desconectado diez minutos genera en la mayoría de la gente una ansiedad que, si la observás desde afuera, resulta bastante reveladora de lo que le hemos entregado a las pantallas. No juzgo: yo también la siento. La primera media hora sin internet tiene su propio malestar, su propio reflejo de querer abrir algo que no está. Después pasa. Y lo que aparece del otro lado de ese malestar es, la mayoría de las veces, algo más valioso que lo que hubiera encontrado en el feed.

Son momentos para apreciar el santo silencio. Son momentos para aprender. Son momentos para aprovechar y leer un buen libro. Son momentos para recordar que estamos en Cuaresma, que es exactamente la época del año en que la tradición cristiana propone hacer lo que la lluvia y el corte de luz me impusieron sin pedirlo: detenerse, reducir el ruido, ayunar de lo superfluo, mirar hacia adentro.

La Cuaresma en el fin del mundo, sin luz y sin internet, con la lluvia que no para y el silencio que pesa y pesa bien. 

Este artículo lo escribí a mano, en un borrador, esperando que volviera el internet para publicarlo. Cuando volvió la conexión, lo primero que hice fue revisar los mensajes. Lo segundo fue acordarme de que tenía esto para subir. Lo tercero fue preguntarme si los cuatro días sin sol me cambiaron algo y sí, parezco vampiro.

— Fin del comunicado del capitán—

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LA LOCURA OCCIDENTAL Y LA EXCURSIÓN DE TRUMP

Agresión anglosionista sobre Irán

Sobre la guerra contra Irán, el derecho internacional y las preguntas que nadie responde

«Excursión». Esa fue la palabra que eligió Donald Trump para describir la Operación Epic Fury: la campaña militar conjunta con Israel lanzada el 28 de febrero de 2026 sobre Irán, en la que más de 7.000 objetivos fueron alcanzados en tres semanas, en la que murieron más de 3.100 personas según la ONG iraní HRANA —más de 1.350 de ellas civiles—, en la que una escuela primaria de niñas en Minab fue alcanzada el primer día de operaciones, y en la que el líder supremo Ayatolá Alí Jamenei fue asesinado en un ataque sobre su despacho en Teherán. Todo eso reducido a la banalidad de una excursión. Una salida de fin de semana. Un paseo.

El lenguaje no es inocente en política. Quien elige las palabras elige también el marco dentro del cual se va a leer la realidad. Llamar excursión a una guerra de esta escala es una operación de ingeniería semántica que ya analizamos en estas páginas cuando hablamos del eufemismo en el debate sobre el aborto: el mismo mecanismo, aplicado ahora a la destrucción de un Estado soberano. La misma lógica que convierte «asesinato» en «interrupción voluntaria del embarazo» convierte una guerra de agresión en una excursión bien gestionada.

Quiero hacer en este post las preguntas que el discurso oficial evita, examinar los hechos que los medios hegemónicos presentan de manera sesgada, y analizar las consecuencias geopolíticas de lo que está ocurriendo. Sin simpatías ideológicas —ni por el gobierno de los ayatolás ni por el régimen de Netanyahu ni por la administración Trump— y con foco en el único criterio que me parece objetivamente válido para juzgar estas acciones: el derecho internacional.

Los hechos: Lo que ocurrió y cómo se lo llamó

La destrucción en el colegio irani

Los hechos documentados son los siguientes. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados sobre Irán mientras representantes de ambos países negociaban indirectamente con Teherán sobre el programa nuclear iraní. La operación estadounidense fue denominada Epic Fury; la israelí, Roaring Lion. En el primer día de operaciones, un ataque alcanzó la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en la ciudad de Minab. El Pentágono dijo estar «revisando los informes» sobre bajas civiles.

Los hechos documentados son los siguientes. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados sobre Irán mientras representantes de ambos países negociaban indirectamente con Teherán sobre el programa nuclear iraní. La operación estadounidense fue denominada Epic Fury; la israelí, Roaring Lion. En el primer día de operaciones, un ataque alcanzó la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en la ciudad de Minab. El Pentágono dijo estar «revisando los informes» sobre bajas civiles.

En las semanas siguientes, los ataques alcanzaron instalaciones nucleares, bases militares, ministerios, el edificio del parlamento iraní, la sede de la televisión estatal, y el complejo donde se encontraba Jamenei. Al momento de escribir este artículo, las cifras documentadas por fuentes independientes superan los 3.100 muertos en Irán —incluyendo más de 1.350 civiles— y más de 18.500 heridos. En paralelo, Irán respondió con ataques de misiles y drones sobre Israel, bases estadounidenses en Bahréin, Qatar, Kuwait, Iraq, Jordania, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, causando también bajas en esos países, incluyendo 13 soldados estadounidenses muertos confirmados por el Pentágono.

Trump describió la operación como «adelantada respecto del cronograma» y declaró que Irán ya no tenía «ni armada, ni fuerza aérea, ni radares». Llamó al asesinato de Jamenei «la mayor oportunidad» para el pueblo iraní. Al ser consultado sobre las bajas estadounidenses, dijo que «probablemente habrá más». Todo esto en el registro de gestor satisfecho, no de estadista que asume la gravedad de una guerra.

Una escuela primaria de niñas fue alcanzada el primer día de operaciones. El Pentágono dijo estar revisando los informes. El presidente llamó al conjunto de la operación una «excursión».

La ilicitud del ataque: Preguntas de derecho internacional

Consejo de Seguridad de la ONU

La primera pregunta que hay que hacer, y que sorprendentemente pocos medios occidentales formulan con claridad, es si este ataque es legal bajo el derecho internacional. La respuesta, examinada con los instrumentos que el propio Occidente construyó para regular el uso de la fuerza entre Estados, es *negativa* en aspectos centrales.

El Artículo 2.4 de la Carta de la ONU 

La Carta de las Naciones Unidas, en su artículo 2.4, prohíbe a los Estados «la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado». Las excepciones reconocidas son dos: la legítima defensa ante un ataque armado en curso (artículo 51) y la autorización del Consejo de Seguridad. Ninguna de las dos se aplica sin controversia en este caso.

El argumento de la legítima defensa preventiva —que Israel y Estados Unidos han invocado implícitamente apelando al programa nuclear iraní como «amenaza existencial»— no está reconocido como tal en el derecho internacional positivo. La Carta exige un ataque armado en curso o inminente de manera suficientemente verificable. La ONU no autorizó estas operaciones. El Consejo de Seguridad no emitió ninguna resolución en ese sentido, entre otras razones porque Estados Unidos tiene poder de veto y lo usa sistemáticamente para proteger sus operaciones y las de Israel de toda rendición de cuentas institucional.

El argumento nuclear merece un análisis separado. Irán había suspendido su programa de armas nucleares mediante fatwa del propio Jamenei en 2003 y había firmado el JCPOA en 2015. Fue precisamente la retirada unilateral de Estados Unidos del acuerdo en 2018, durante el primer mandato de Trump, lo que desató la escalada posterior en el enriquecimiento de uranio iraní. Atacar a Irán por las consecuencias de una política que el propio atacante generó tiene una coherencia jurídica y moral que requiere cierta disposición a no ver.

El derecho internacional humanitario y la escuela de Minab 

Más allá de la legalidad del inicio de las hostilidades, el derecho internacional humanitario —los Convenios de Ginebra y sus protocolos adicionales— establece principios que deben regir la conducción de cualquier conflicto armado: distinción entre objetivos militares y civiles, proporcionalidad, precaución. El ataque sobre la escuela primaria Shajareh Tayyebeh el primer día de operaciones, sea intencional o no, activa la obligación de investigación y rendición de cuentas que el Pentágono no parece apresurado en cumplir.

La declaración del portavoz del CENTCOM —«la protección de civiles es de suma importancia y nunca hemos atacado ni atacaremos civiles»— choca con el hecho documentado de que una escuela fue alcanzada y de que la organización Human Rights Activists in Iran registró más de 1.350 civiles muertos en tres semanas de operaciones. Las palabras son una cosa. Los muertos son otra.

El derecho internacional no es un instrumento que las potencias occidentales puedan invocar cuando les conviene y suspender cuando no. O es un sistema con pretensión de universalidad o es una retórica de legitimación del poder. No puede ser las dos cosas al mismo tiempo.

¿Quién gobierna los Estados Unidos? El poder detrás de la política exterior

La casa blanca en Estados Unidos

La segunda pregunta que el texto base formula con toda pertinencia es: ¿quién le da al gobierno estadounidense la autoridad para creerse policía del mundo? Y más fundamentalmente: ¿quién gobierna realmente los Estados Unidos en materia de política exterior de Medio Oriente?

La pregunta no es conspirativa: es institucional. El Congreso estadounidense no declaró la guerra a Irán. La Constitución de Estados Unidos otorga al Congreso la potestad exclusiva de declarar la guerra, y esa potestad ha sido sistemáticamente erosionada desde la Segunda Guerra Mundial mediante autorizaciones genéricas —las AUMF— que permiten al ejecutivo usar la fuerza con criterios cada vez más amplios y menos supervisados. La Operación Epic Fury fue lanzada sin una declaración formal de guerra al Congreso. Trump invocó poderes ejecutivos de emergencia y la amenaza al pueblo estadounidense como justificación. El Congreso, dividido y paralizado, no frenó nada.

Detrás de esa estructura institucional funciona un complejo de intereses que los politólogos llevan décadas describiendo: el lobby israelí —cuya influencia sobre el Congreso y la política exterior estadounidense está documentada académicamente desde los trabajos de Mearsheimer y Walt— los intereses del complejo industrial militar, las empresas petroleras cuya posición se ve afectada por la estabilidad o inestabilidad del Golfo, y las facciones neoconservadoras que llevan décadas propugnando el cambio de régimen en Irán como objetivo estratégico central. Ninguno de estos actores fue elegido por el pueblo estadounidense. Todos tienen acceso directo a quienes sí lo fueron.

La pregunta de quién gobierna realmente no tiene una respuesta simple. Pero sí tiene respuesta: no gobierna únicamente el presidente electo. Gobiernan también las instituciones, los lobbies, los intereses económicos y estratégicos que trascienden los mandatos presidenciales y que producen una continuidad de política exterior que sobrevive a los cambios de administración con una coherencia que ningún votante eligió explícitamente.

Las Petromonarquías y la soberanía que no tienen 

La otra pregunta del texto base merece desarrollo propio: ¿por qué las petromonarquías de Oriente Medio —Arabia Saudita, Qatar, Bahréin, Kuwait, los Emiratos— tienen bases militares estadounidenses en su territorio y actúan como si no tuvieran soberanía plena sobre su política exterior?

La respuesta tiene capas históricas y económicas que se entrelazan. La primera capa es la del petrodólar: desde los acuerdos Nixon-Faisal de 1973-1974, el petróleo del Golfo se comercia en dólares, lo que da al sistema financiero estadounidense un privilegio estructural que depende de la estabilidad política de esas monarquías y de su alineamiento con Washington. La segunda capa es la de la seguridad: las familias gobernantes de esos países dependen de la protección estadounidense frente a amenazas internas y regionales, lo que convierte a las bases militares no en una imposición sino en una contraprestación de un acuerdo que ambas partes consideran conveniente. La tercera capa es la ideológica: el islam político de tipo iraní o de tipo Hermanos Musulmanes representa una amenaza existencial para las monarquías del Golfo que coincide con los intereses estadounidenses en contenerlo.

El resultado es que países con enormes recursos naturales y poblaciones significativas operan en política exterior con un margen de autonomía real mucho menor del que su soberanía formal sugiere. Irán, con todos sus problemas internos es, paradójicamente, uno de los pocos Estados de la región que ha mantenido una política exterior autónoma frente a Washington. Eso lo convierte en amenaza. No porque sea democrático —no lo es en los términos occidentales— sino porque no es obediente.

Rusia, China y el reordenamiento del mundo

Rusia y China. Superpotencias

La guerra contra Irán no ocurre en el vacío geopolítico. Ocurre en el contexto de un reordenamiento mundial en curso que lleva más de una década gestándose y que esta guerra probablemente acelera de maneras que las potencias occidentales no calcularon suficientemente.

China e Irán firmaron en 2021 un acuerdo de cooperación estratégica de 25 años que incluye inversión china en infraestructura iraní a cambio de suministro petrolero preferencial. La destrucción de la capacidad productiva y exportadora de Irán —incluyendo los ataques sobre la isla de Kharg, por donde pasa el 90% de las exportaciones de crudo iraní— afecta directamente los intereses chinos. Pekín (hasta ahora) no va a intervenir militarmente, pero la guerra acelerará su disposición a construir arquitecturas financieras y comerciales alternativas al sistema dominado por el dólar.

Rusia, por su parte, observa con interés estratégico cómo la operación estadounidense en Irán satura los recursos militares y la atención política de Washington, reduciendo la presión sobre sus propios intereses en Ucrania y en el espacio post-soviético. La guerra en Irán es, para Moscú, un dividendo geopolítico indirecto que no le cuesta nada. Rusia ha expresado condena verbal de la operación en el Consejo de Seguridad —junto a China— pero no ha tomado medidas que impliquen costos reales para ella.

Lo que sí está ocurriendo es una aceleración del proceso de desdolarización y de construcción de instituciones multilaterales alternativas a las dominadas por Occidente. El BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghai, los mecanismos de pago bilaterales que evitan el sistema SWIFT: todo eso se hace más atractivo para los países del Sur Global que observan cómo el orden internacional basado en reglas que Occidente proclama es el mismo que Occidente suspende cuando sus aliados atacan Estados soberanos. La brecha entre el discurso occidental sobre el derecho internacional y su aplicación selectiva es el mayor recurso de reclutamiento que tienen las potencias alternativas.

Cada vez que Occidente invoca el derecho internacional para condenar a Rusia en Ucrania y lo suspende para cubrir a Israel en Gaza o en Irán, o hace lo mismo con China respecto a la situación de Taiwán solo queda reflejado la hipocresía occidental y que las reglas no son universales sino instrumentos del poder del que se cree más fuerte (aunque no lo son).

El pueblo iraní

Un grupo de mujeres persas graduadas de la universidad

Ya hablé de mi admiración personal a la cultura, la historia y la valentía del pueblo persa. En la actualidad, el gobierno de Irán está a cargo de casi 90 millones de personas. Muchos de sus habitantes (como pasa en todos los países del mundo) rechazan la forma de gobierno y ha habido en el pasado, varias protestas en el país que lo demuestran. Esas personas no son responsables de las políticas de su gobierno. Y esas personas son parte de las que están muriendo bajo los bombardeos: más de 1.350 civiles documentados en tres semanas, incluyendo las niñas de la escuela de Minab que mencionaba anteriormente.

La dignidad del pueblo iraní no depende de la legitimidad de su gobierno por parte de occidente. Depende del principio, elemental y no negociable, de que los civiles no son objetivos militares y de que la destrucción de un país no es el camino para liberar a su pueblo. La historia de los bombardeos «liberadores» en Iraq, en Libia, en Afganistán, debería haber enseñado esa lección. Aparentemente, no lo hizo.

Lo que sí es documentable es la respuesta del pueblo iraní a la agresión: las multitudes en las plazas de Teherán y otras ciudades que lloraron la muerte de Jamenei no como fans del régimen sino como ciudadanos bajo ataque. El nacionalismo iraní —que es anterior al islam político y que sobrevivió al sha, a la revolución y a ocho años de guerra con Iraq— se activa cuando el país es atacado desde afuera, independientemente de cómo se sientan los iraníes respecto de sus propios gobernantes. Eso no es paradójico: es humano. Y es el tipo de consecuencia que los estrategas de la Operación Epic Fury aparentemente no calcularon.

Las preguntas que quedan

Bandera de Irán

¿Cuál es el objetivo de esta guerra? Los objetivos declarados —destruir el programa nuclear iraní, cambiar el régimen— tienen problemas serios. Los programas nucleares no se destruyen permanentemente con bombardeos: los conocimientos científicos sobreviven a las instalaciones físicas, y un régimen que sobreviva a este ataque —o el que lo reemplace— tendrá razones aún más poderosas para buscar la disuasión nuclear que ningún tratado le ofrezca garantías. La historia de Corea del Norte es el antecedente más elocuente.

¿A quién responde esta guerra? Responde a una convergencia de intereses que incluyen la propaganda israelí, los intereses del complejo industrial militar estadounidense, y la agenda neoconservadora de reconfiguración del Medio Oriente que lleva décadas sin producir los resultados prometidos.

¿Quién le da a Estados Unidos la autoridad para ser policía del mundo? Nadie. Se la tomó, con el consenso pasivo de las potencias que se benefician del orden que esa policía sostiene y con la oposición creciente de las que no. Ese consenso se está erosionando. Esta guerra lo erosiona más.

Y mientras tanto, en una ciudad llamada Minab, hay una escuela primaria de niñas que el 28 de febrero de 2026 fue alcanzada por la excursión. Sus nombres no aparecen en los partes de operaciones. Sus familias no tienen acceso a ningún mecanismo de rendición de cuentas. El Pentágono sigue revisando los informes.

¡Ay de los que dictan leyes injustas y de los que redactan decretos opresivos! ¿Qué haréis en el día del castigo? — Isaías 10:1,3

Fuente de la imagen del colegio atacado: Mehr News Agency

— Fin del comunicado del capitán—

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LA GRAN ESTAFA DEL DISPENSACIONALISMO

The Israel flag alongside the Union and Ulster flags in Broughshane.The Israeli flag is flown by loyalists occasionally.

El dispensacionalismo y el sionismo cristiano

Cómo una teología inventada en el siglo XIX se convirtió en el soporte ideológico de una de las agendas geopolíticas más cuestionables de la historia moderna

Pocas construcciones teológicas han tenido tanto impacto en la política mundial como el dispensacionalismo y su hijo predilecto, el sionismo cristiano. Lo que comenzó como una curiosa interpretación bíblica en los salones del siglo XIX en Inglaterra y Estados Unidos se ha convertido en una poderosa maquinaria ideológica capaz de movilizar a decenas de millones de creyentes detrás de objetivos geopolíticos muy concretos, ajenos por completo al mensaje original del Evangelio.

Este artículo no fue escrito para atacar la fe sincera (aunque totalmente desviada) de quienes sostienen estas creencias. Muchos de ellos son personas de buena voluntad que creen genuinamente estar siguiendo la voluntad de Dios. Lo que aquí se analiza es el sistema de ideas en sí mismo: sus orígenes, sus inconsistencias teológicas, sus consecuencias históricas y el servicio ideológico que presta a determinados intereses políticos y económicos. La pregunta central que guía estas páginas es sencilla pero poderosa: ¿Cómo fue posible que una teología construida en el siglo XIX lograra convencer a millones de cristianos de que apoyar a un Estado moderno secular es un mandato divino, y que hacerlo es la condición para recibir bendición de Dios?

Los orígenes del dispensacionalismo: Una invención muy reciente

concierto pseudocristiano

John Nelson Darby y los hermanos de Plymouth 

El padre del dispensacionalismo moderno es el pastor irlandés John Nelson Darby (1800-1882), figura clave de los llamados Hermanos de Plymouth, un movimiento evangelista disidente que surgió en las islas británicas en torno a la década de 1820. Darby desarrolló un sistema hermenéutico completamente novedoso para interpretar la Biblia: dividió la historia de la redención humana en siete "dispensaciones" o períodos distintos, en cada uno de los cuales Dios relacionaría con la humanidad según reglas diferentes.

La innovación más radical de Darby fue la distinción tajante entre Israel y la Iglesia. Para él, las promesas del Antiguo Testamento a Israel eran literales y físicas, destinadas a cumplirse en el pueblo judío étnico. La Iglesia, por su parte, era un "paréntesis" en el plan divino, un accidente histórico provocado por el rechazo de los judíos a su Mesías. Una vez que la Iglesia fuera arrebatada (el famoso "Rapto"), Dios retomaría su programa con Israel.

Esta distinción Israel-Iglesia es absolutamente novedosa en la historia cristiana. Ningún Padre de la Iglesia, ningún concilio ecuménico, ningún teólogo medieval y ni siquiera los reformadores del siglo XVI sostuvieron semejante separación. Agustín de Hipona, Tomás de Aquino,  hasta incluso Martín Lutero, Juan Calvino, todos ellos interpretaron que la Iglesia era el Israel espiritual, heredero de las promesas del Antiguo Testamento. 

La biblia Scofield: El vehículo de la difusión masiva de la herejía 

Las ideas de Darby habrían permanecido como curiosidad de nicho si no fuera por un instrumento editorial decisivo: la Biblia de Referencia Scofield, publicada en 1909 por la Oxford University Press y revisada en 1917. Su autor, Cyrus Ingerson Scofield, un abogado y predicador estadounidense de historia personal bastante turbia, tomó las ideas de Darby e insertó sus propias notas explicativas directamente en el texto bíblico.

El genio maligno de este formato fue que miles de lectores leían las notas de Scofield como si fueran parte del texto sagrado. La separación tipográfica entre texto bíblico inpirado y comentario humano se fue borrando en la mente de los lectores. La interpretación dispensacionalista quedó fijada como si fuera la única lectura posible y ortodoxa de la Escritura. La Biblia Scofield se convirtió en uno de los libros religiosos más vendidos de la historia en el mundo angloparlante. Su influencia en los seminarios evangélicos y las megaiglesias del siglo XX fue absolutamente determinante, hasta el punto de que hoy millones de creyentes dan por sentado que el dispensacionalismo es la teología cristiana histórica, ignorando que es una invención reciente sin respaldo en la gran tradición de la Iglesia.

Los pilares doctrinales y sus problemas teológicos 

El dispensacionalismo descansa sobre varios pilares doctrinales que, examinados con rigor, muestran serias grietas tanto en su base bíblica como en su coherencia interna.

El "Rapto" Pre-Tribulacional: Una Doctrina sin Historia 

Uno de los dogmas más populares del dispensacionalismo es la doctrina del Rapto: la idea de que antes de un período de gran tribulación, Jesús regresará secretamente para arrebatar a la Iglesia del mundo. Los creyentes serían físicamente levantados hacia el cielo, desapareciendo de la tierra, mientras el resto de la humanidad queda atrás para enfrentar el juicio.

Esta enseñanza, que ha generado una industria editorial multimillonaria (la serie de novelas "Left Behind" ha vendido más de 65 millones de ejemplares), no aparece formulada de manera explícita en ningún documento cristiano anterior a Darby. La referencia bíblica principal utilizada para defenderla, 1 Tesalonicenses 4:17, ha sido interpretada de manera muy diferente por la inmensa mayoría de comentaristas a lo largo de la historia, como una descripción metafórica del encuentro glorioso con Cristo en su Segunda Venida definitiva.

La doctrina del Rapto pre-tribulacional fue prácticamente desconocida en el cristianismo antes de 1830. Toda la tradición cristiana ortodoxa, tanto la Iglesia Ortodoxa como la Latina y los principales autores de la reforma, enseñaron que la Iglesia atravesaría la tribulación y no sería "escapada" de ella.

Algunos investigadores han señalado que Darby pudo haber tomado la idea de una niña escocesa de quince años, Margaret MacDonald, quien en 1830 tuvo una visión que describía un rapto en dos etapas. Sea cual sea su origen exacto, lo cierto es que se trata de una novedad doctrinal sin precedentes en dos mil años de cristianismo.

La literalización selectiva y arbitraria 

El método hermenéutico dispensacionalista se basa en una literalización de las profecías del Antiguo Testamento referidas a Israel. Sin embargo, esta literalización es profundamente selectiva. Los profetas israelitas prometieron a su pueblo una tierra "desde el río de Egipto hasta el gran río Éufrates" (Génesis 15:18), paz perpetua y prosperidad material. Si el dispensacionalismo fuera coherente en su literalismo, debería esperar el cumplimiento de todas estas promesas al pie de la letra.

Pero hay un problema mayor: las mismas promesas están condicionadas en el texto bíblico a la obediencia del pueblo. El Deuteronomio es meridianamente claro: si Israel abandona la alianza con Dios, perderá la tierra y sufrirá el exilio. El dispensacionalismo resuelve esta dificultad proclamando que las promesas son "incondicionales", una lectura que requiere ignorar sistemáticamente pasajes enteros del Pentateuco y los profetas.

Además, el mismo sistema que literaliza las promesas a Israel espiritualiza las bendiciones destinadas a la Iglesia. Cuando los profetas hablan de la nueva creación, la paz universal o la renovación del templo, se interpreta en clave simbólica. Pero cuando hablan de territorio o de un Estado judío, se interpreta de manera física y literal. Esta asimetría hermenéutica no obedece a criterios textuales objetivos, sino a las conclusiones teológicas previas que se quieren defender.

La ruptura con la eclesiología del Nuevo Testamento 

El Nuevo Testamento presenta de manera consistente a la Iglesia no como un "paréntesis" en el plan divino, sino como su culminación. Pablo escribe en Efesios que el misterio escondido por siglos fue revelado: que en Cristo tanto judíos como gentiles son coherederos del mismo cuerpo (Efesios 3:6). El libro del Apocalipsis describe a la comunidad mesiánica como las verdaderas "doce tribus" y las "ciento cuarenta y cuatro mil" sellados, en un lenguaje claramente simbólico que apunta a la Iglesia universal.

La carta a los Hebreos, por su parte, presenta el sacerdocio de Cristo como el cumplimiento y la superación del sacerdocio levítico. El templo, los sacrificios, el año jubilar: todo encuentra su cumplimiento en el Mesías. El dispensacionalismo, paradójicamente, da marcha atrás y afirma que el templo físico será reconstruido, los sacrificios reanudados y el sistema levítico restaurado. Esto implica, como señaló el teólogo O. Palmer Robertson, un retroceso teológico que contradice el argumento central de la carta a los Hebreos.

El sionismo cristiano: La consecuencia política de la estafa teológica

Mujer palestina

El sionismo cristiano es la aplicación política del dispensacionalismo. Si las promesas a Israel son literales e incondicionales, si el Estado de Israel moderno es el cumplimiento de la profecía bíblica, entonces apoyar a dicho Estado se convierte en un imperativo religioso. La bendición o maldición de las naciones depende de su actitud hacia Israel, según la reinterpretación dispensacionalista de Génesis 12:3.

El imperio de los profetas de megáfono 

El sionismo cristiano ha encontrado en los medios de comunicación modernos su herramienta perfecta de difusión. Predicadores de enorme audiencia como John Hagee, fundador de Christians United for Israel (CUFI), que reúne a millones de miembros, han construido verdaderos imperios mediáticos y de recaudación basados en esta teología.

CUFI, fundada en 2006, es considerada hoy el mayor grupo pro-Israel de Estados Unidos, con más influencia en algunos círculos políticos que incluso el AIPAC tradicional. Sus miembros presionan sistemáticamente al Congreso estadounidense para que adopte políticas favorables al Estado de Israel sin condiciones, incluyendo la oposición a cualquier proceso de paz que implique concesiones territoriales.

El mensaje de estos predicadores tiene una coherencia interna que lo hace seductor: si vas a bendecir a Israel, serás bendecido; si lo maldices, serás maldecido. Cualquier presión diplomática sobre Israel se convierte así en un acto de desobediencia a Dios con consecuencias catastróficas. La política exterior estadounidense queda refrendada teológicamente.

La alianza con el sionismo secular 

Una de las paradojas más llamativas del sionismo cristiano es la alianza que establece entre evangélicos fundamentalistas profundamente religiosos y el sionismo político, que es en su origen un movimiento laico e incluso en algunos casos abiertamente anticlerical. Theodor Herzl, el padre del sionismo moderno, era un intelectual de cultura vienesa que no escondía su alejamiento del judaísmo tradicional. El proyecto sionista del siglo XIX fue esencialmente secular, nacionalista y culturalmente europeo.

Los rabinos ortodoxos de la época rechazaron mayoritariamente el sionismo por considerarlo una usurpación del mesianismo divino mediante medios puramente humanos y políticos. Paradójicamente, los que más entusiastamente apoyaron el proyecto de un Estado judío en Palestina fueron los evangélicos protestantes anglosajones, motivados por su propia interpretación teológica, no por el bien de los judíos.

El interés del sionismo cristiano en el Estado de Israel no es el bienestar del pueblo judío, sino el uso de Israel como instrumento en un escenario escatológico donde los propios judíos son actores de un drama que culmina con su conversión masiva o su destrucción. Es, en el fondo, una forma de antisemitismo teológico disfrazado de amor por Israel.

Esta observación no es de teólogos progresistas: es la conclusión de numerosos pensadores judíos que han examinado el fenómeno con detenimiento y han señalado el componente utilitario y potencialmente inquietante de este supuesto amor cristiano por Israel.

Las consecuencias sobre el conflicto palestino 

Ver: PALESTINA LIBRE: UN GRITO POR LA JUSTICIA

El sionismo cristiano tiene consecuencias políticas muy concretas y muy graves. Al sacralizar las fronteras del Estado de Israel y declarar cualquier compromiso territorial como una traición al plan divino, actúa como un factor de bloqueo sistemático en cualquier intento de solución negociada del conflicto israelí-palestino.

Los palestinos, en su gran mayoría, desaparecen de la ecuación teológica dispensacionalista. Sus derechos, su historia, su presencia en la tierra durante siglos: todo ello queda invisibilizado ante la narrativa del cumplimiento profético. Que entre los palestinos haya una de las más antiguas comunidades cristianas del mundo, heredera directa de la Iglesia apostólica, no conmueve en absoluto a los sionistas cristianos de Texas o de Georgia.

Las iglesias Ortodoxas, armenia, siriaca, maronita, latina y otras tradiciones que han habitado la tierra santa de manera ininterrumpida desde los tiempos de los Apóstoles son tratadas como un detalle insignificante frente a la gran narrativa dispensacionalista. Es difícil imaginar una traición más flagrante a las bases fundamentales que el cristianismo proclama.

El conflicto con la teología cristiana histórica

Iconostasio en una Iglesia Ortodoxa

Lo que hace especialmente grave al fenómeno del dispensacionalismo y el sionismo cristiano es su pretensión de ser la teología ortodoxa, cuando en realidad contradice frontalmente siglos de consenso teológico cristiano.

La teología de la sustitución, o más correctamente la "teología del cumplimiento", que es la posición histórica mayoritaria del cristianismo, enseña que las promesas del Antiguo Testamento encontraron su cumplimiento definitivo en Cristo y en la Iglesia, entendida como el Israel espiritual y universal. Esto no implica que los judíos sean odiados o perseguidos, como tristemente a veces ocurrió en la historia. Implica que el proyecto de Dios siempre fue uno: crear un pueblo de todas las naciones, unido en el Mesías.

Esta visión está respaldada por la práctica totalidad de la tradición patrística, por la teología medieval, por la reforma protestante y por la iglesia latina postconciliar. El dispensacionalismo, al contrario, es una ruptura radical con esta tradición, presentada engañosamente como un redescubrimiento de la verdad apostólica.

Las Iglesias Ortodoxas como las no calcedonianas, la iglesia latina, hasta las principales corrientes protestantes, rechazan el sionismo cristiano y el dispensacionalismo como incompatibles con la fe apostólica. El Consejo Mundial de Iglesias ha emitido declaraciones explícitas en este sentido. Son las corrientes evangelicales más recientes, especialmente las iglesias independientes y no denominacionales del mundo anglosajón, las que han adoptado masivamente esta teología.

El problema del dinero y el poder

Intercambio de dinero

Sería ingenuo analizar el fenómeno del sionismo cristiano sin hablar del dinero. Las organizaciones que promueven esta teología manejan presupuestos colosales. John Hagee Ministries y CUFI recaudan decenas de millones de dólares anuales. Una parte significativa de esos fondos se destina a financiar la emigración de judíos de la diáspora a Israel, a apoyar programas de colonización en Cisjordania y a ejercer presión política en Washington.

El ciclo es perfecto: la teología dispensacionalista genera miedo escatológico, el miedo escatológico genera donaciones, las donaciones financian la propaganda política, la propaganda política genera más adhesiones, y las adhesiones producen más donaciones. Las megaiglesias del Bible Belt americano son máquinas de recaudación enormemente eficientes, lubricadas por una teología que convierte el apoyo financiero a Israel en una inversión espiritual con retorno garantizado.

Mientras tanto, los verdaderos beneficiarios de este flujo financiero no son los judíos en general, sino las organizaciones de extrema derecha israelí y los grupos de colonos que actúan de facto como el brazo armado de un proyecto de expansión territorial contrario al derecho internacional.

Conclusiones finales

El dispensacionalismo y el sionismo cristiano representan una de las desviaciones teológicas más exitosas de la historia moderna. Su éxito no se mide en verdad teológica, sino en poder mediático, financiero y político. Han logrado convencer a decenas de millones de personas de que una teología de apenas doscientos años es la verdad eterna del Evangelio, y de que apoyar los intereses de un Estado moderno secular es un acto de obediencia a Dios.

Las consecuencias son devastadoras: en el plano espiritual, distorsionan la comprensión del Evangelio y del papel de la Iglesia; en el plano político, actúan como un factor de bloqueo para la paz y la justicia en Oriente Medio; en el plano eclesiológico, dividen al cuerpo de Cristo al invisibilizar a los hermanos y hermanas en la fe que viven bajo ocupación militar.

El antídoto es el regreso a la fe apostólica, a la teología patrística, a la lectura cristocéntrica de las Escrituras. Es reconocer que Dios no tiene un plan A para Israel y un plan B para la Iglesia, sino un único y grandioso plan de redención para toda la humanidad, culminado en Jesucristo, en quien no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer (Gálatas 3:28).

Reconocer la gran estafa del dispensacionalismo no es un acto de hostilidad hacia nadie. Es un acto de integridad intelectual, de fidelidad histórica y, sobre todo, de amor a la verdad que todo cristiano está llamado a defender, aunque esa verdad resulte incómoda para los poderes establecidos de este mundo.

— Fin del comunicado del capitán—

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IRÁN, PERSIA Y LA MEMORIA DE UNA CIVILIZACIÓN MILENARIA

Vista de la hermosa Teherán

La gran mentira occidental

A veces la historia de un país queda sepultada bajo el ruido de la política contemporánea. Pero hay civilizaciones cuya profundidad histórica merece ser recordada con más calma y menos simplificación.

Lo que muchas veces termina triunfando cuando se habla de Irán no es la verdad, sino el relato construido por ciertas élites políticas y mediáticas de Occidente. Durante décadas se ha repetido una narrativa simplificada: un país presentado casi exclusivamente como amenaza, como problema, como enemigo permanente.

En ese discurso abundan las acusaciones, los titulares alarmistas y las simplificaciones, pero rara vez se intenta comprender la complejidad histórica, cultural y política de una nación que posee una de las civilizaciones más antiguas del mundo.

Irán es, probablemente, uno de los países más juzgados desde afuera y menos comprendidos en su profundidad histórica. Las discusiones sobre su programa nuclear, las acusaciones constantes sobre su sistema político o las generalizaciones sobre la falta absoluta de libertades suelen aparecer en el debate público acompañadas de una enorme simplificación de la realidad.

En muchos casos, la información llega filtrada, seleccionada y moldeada por intereses geopolíticos que poco tienen que ver con una comprensión honesta de la sociedad iraní.

Mi vínculo con Irán, sin embargo, no nace de la política contemporánea. Nace de algo mucho más antiguo: de la fascinación por la historia persa y el trato honesto con la gente de Irán

El descubrimiento de Persia

Historia del imperio persa

Desde chico me atrapaban las historias del gran Imperio Aqueménida. Mientras otros cuando estudiábamos historia en el colegio se perdían en relatos medievales europeos, yo encontraba algo profundamente fascinante en la antigua Persia.

Los nombres de Ciro y Darío aparecían como figuras casi míticas de una civilización que parecía adelantada a su tiempo. El Imperio Aqueménida, fundado en el siglo VI antes de Cristo, llegó a convertirse en uno de los imperios más extensos de la antigüedad (¡En serio era enorme!) Dato curioso es que Ciro fue un instrumento de Dios (Isaias 45).

Su territorio se extendía desde Asia Central hasta el Mediterráneo, desde las fronteras de la India hasta Egipto. Pero lo que siempre me llamó la atención no fue solamente su tamaño, sino su forma de gobernar.

Ciro el Grande no fue solamente un conquistador. Fue también un gobernante que entendió algo fundamental para la estabilidad de un imperio tan vasto: el respeto por los pueblos conquistados.

En lugar de imponer uniformidad cultural o religiosa, permitió que cada pueblo mantuviera sus tradiciones, su religión y su identidad.

Babilonia y la política de tolerancia

Ciro símbolo de tolerancia del Imperio Persa

Uno de los episodios históricos más conocidos ocurrió en el año 539 antes de Cristo, cuando Ciro conquistó Babilonia. En lugar de destruir la ciudad o imponer un régimen de opresión, se presentó como restaurador del orden.

Entre sus decisiones más recordadas estuvo permitir el regreso de los judíos que se encontraban cautivos en Babilonia, autorizándoles a volver a Jerusalén y reconstruir su templo.

Ese episodio incluso quedó registrado en los textos bíblicos, donde Ciro aparece mencionado como un instrumento providencial para la liberación del pueblo judío.

En una época donde la conquista solía significar destrucción o esclavitud, el modelo persa ofrecía algo distinto: una administración imperial basada en la diversidad cultural y en cierta tolerancia religiosa.

Un imperio organizado

Ciro el Grande rey del Imperio Persa

Bajo el reinado de Darío I, el imperio alcanzó un alto nivel de organización administrativa. Se estableció un sistema de satrapías —provincias gobernadas localmente— que permitía administrar territorios separados por miles de kilómetros.

También se desarrolló una red de caminos imperiales que facilitaba la comunicación y el comercio entre regiones lejanas. La famosa Ruta Real persa conectaba ciudades desde Anatolia hasta el corazón del imperio.

Para la época, era una obra monumental. Un sistema que permitía transportar mensajes y mercancías a una velocidad sorprendente para el mundo antiguo.

Una civilización que sobrevivió a los siglos

Ruinas de Persépolis antigua capital persa

Cuando uno descubre estas historias siendo joven, es difícil no desarrollar cierta admiración por esa civilización. Persia no fue solamente un imperio militar. Fue también un centro cultural, administrativo y político de enorme sofisticación.

Por eso resulta difícil aceptar la visión simplista que muchas veces se proyecta sobre Irán en el presente. Reducir a ese país a una caricatura política implica ignorar miles de años de historia, cultura, literatura y espiritualidad.

Irán no es solamente un actor geopolítico en los noticieros. Es también la tierra donde florecieron algunas de las tradiciones culturales más profundas del mundo: la poesía persa, la filosofía islámica, la arquitectura monumental y una identidad nacional que ha sobrevivido a invasiones y transformaciones históricas.

Persia fue conquistada por griegos, árabes, mongoles y turcos. Sin embargo, su cultura nunca desapareció. Siempre encontró la manera de adaptarse, transformarse y seguir viva.

Hay pueblos cuya historia se diluye con el paso del tiempo. Otros, en cambio, mantienen una continuidad sorprendente a lo largo de los siglos. Los persas pertenecen claramente a este segundo grupo.

Quizás por eso sigo sintiendo esa fascinación que comenzó cuando era chico. Porque la historia de Persia no es solamente una colección de episodios antiguos. Es una civilización que dejó una huella profunda en la historia del mundo.

Y cuando uno mira esa historia con cierta perspectiva, entiende que ningún país puede reducirse a los titulares de un momento político. Detrás de cada nación hay siglos de memoria, cultura, identidad y experiencia histórica.

Irán, con todas sus complejidades contemporáneas, sigue siendo heredero de una de las civilizaciones más extraordinarias que ha conocido la humanidad.

Y esa es una historia que merece ser recordada con un poco más de profundidad y un poco menos de simplificación.

IRÁN NO SERÁ DESTRUIDA POR LA MALDAD OCCIDENTAL DE LAS BABILONIAS MODERNAS

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VOLVER A ASOMBRARNOS

Ushuaia paisaje monte olivia

Un día mirando Ushuaia

¿Perdimos la capacidad de ver?

El mundo está a la deriva en un futuro incierto. Nada me sorprende. La maldad crece, pero seguimos haciendo frente, aun con todos nuestros errores, aun con nuestras torpezas, aun con nuestras contradicciones.

Hoy todo es fugaz, inmediato, descartable. Consumimos información como quien engulle comida chatarra: rápido, sin saborear, sin digerir. Saltamos de una noticia a otra, de una emoción a la siguiente, de reel en reel, de una tragedia a un meme, sin permitir que nada nos atraviese verdaderamente. Tal vez por eso hemos perdido algo esencial: la capacidad de asombro. Hemos perdido la capacidad de maravillarnos por las pequeñas —o incluso gigantes— cosas. 

He visto hoy como los turistas extranjeros (esos que se bajan de los cruceros) sacaban fotos a detalles que nosotros, en nuestra rutina diaria, vemos y pasamos por alto. Una pared antigua, una calle mojada, una montaña recortada contra el cielo, una nube rebelde, una gaviota suspendida en el viento. Tal vez porque acá en el fin del mundo, muchos nos hemos acostumbrado a mirar sin ver.

Nos hemos habituado tanto a lo extraordinario que ya no lo reconocemos como tal. Caminamos sobre escenarios que otros cruzan con reverencia. Transitamos paisajes que para muchos serían un privilegio único, pero para nosotros son simple fondo de pantalla de nuestra vida cotidiana.

Ushuaia tiene esas cosas. Es una ciudad rodeada de un entorno natural casi prístino, a ratos idílico, a ratos brutal. Montañas que parecen surgir directamente del mar. Bosques que respiran silencio. Vientos que limpian el alma a cachetazos. Cielos que cambian de humor en cuestión de minutos. La ciudad, si bien bonita, es un tanto caótica. Sin embargo, no voy a negar que posee un encanto misterioso, difícil de explicar, imposible de domesticar.

Hay días en los que la bruma cubre todo y la ciudad parece suspendida en una dimensión paralela. Otros, en cambio, el sol irrumpe con una fuerza que desarma cualquier pesimismo. Ushuaia no permite la indiferencia. Te obliga a sentir, a reaccionar, a posicionarte. Es una ciudad que de ninguna manera se deja ignorar.

Sin embargo, incluso aquí, incluso en este rincón privilegiado del mundo, la costumbre termina anestesiando los sentidos. Nos levantamos, trabajamos, cumplimos horarios, resolvemos problemas, hacemos trámites ultra burocráticos, nos preocupamos, nos angustiamos, nos agotamos. Y en ese torbellino diario dejamos de ver lo esencial.

Dejamos de mirar el cielo. Dejamos de escuchar el viento. Dejamos de agradecer el simple hecho de respirar.

Tal vez por eso Dios nos recuerda constantemente, a través de la naturaleza, que la vida es un regalo inmenso. Cada amanecer es una oportunidad renovada. Cada atardecer es una caricia de despedida. Cada estación trae consigo un mensaje distinto. Pero nosotros, enceguecidos por la prisa, preferimos no escuchar. (Estoy haciendo un curso sobre Génesis y no puedo obviar esto). ¡Se los recomiendo! 

Nos hemos vuelto "expertos" en sobrevivir, pero pésimos en vivir.

Vivir implica detenerse. Implica contemplar. Implica aceptar la lentitud como una forma de sabiduría. Implica reconciliarse con el Santo silencio. Implica aprender a estar con uno mismo sin distracciones constantes. Y eso, en esta época hiperconectada, parece un acto casi revolucionario. 

Yo tengo el pensamiento que el verdadero lujo no es viajar lejos, ni acumular experiencias exóticas, ni tachar destinos de una lista. El verdadero lujo es poder mirar lo cotidiano con ojos nuevos. Es redescubrir lo conocido. Es volver a sorprenderse por lo que siempre estuvo ahí.

Tal vez el turista nos enseña algo que olvidamos: mirar como si fuera la primera vez. Caminar como quien pisa tierra sagrada. Fotografiar no por exhibicionismo, sino por gratitud. Registrar no para mostrar, sino para recordar.

Sin ninguna duda hay una espiritualidad silenciosa en el acto de asombrarse. Porque el asombro nos devuelve a la infancia, a la humildad, al reconocimiento de nuestra pequeñez frente a lo inmenso. Nos recuerda que no somos dueños de nada, apenas huéspedes y administradores temporales de un mundo que muchas veces nos supera.

Y quizás ahí radique uno de los grandes desafíos personales para este 2026: volver a asombrarnos. Recuperar la capacidad de maravillarnos. Agradecer más. Quejarnos menos. Mirar más. Consumir menos. Caminar más despacio. Respirar más profundo.

Volver a ver a Ushuaia y a nuestra isla no como una postal repetida, sino como un milagro cotidiano. Volver a reconocer en sus montañas la firma divina. Volver a descubrir en sus cielos un mensaje. Volver a sentir en sus vientos un llamado. Pero más que nada, ver a los fueguinos y fueguinas como la firme representación de la imagen y semejanza de Dios.

Porque tal vez no sea el mundo el que se haya vuelto gris, sino nuestra mirada la que perdió color.

Y porque, al final, el verdadero cambio no empieza en las grandes decisiones, sino en esos gestos mínimos que nadie ve: levantar la vista, respirar hondo y decir, aunque sea en silencio, gracias.

Ahora mientras, escribo esto de asombrarnos,  se escuchan truenos, y esto es algo bastante inusual acá. Las tormentas eléctricas no forman parte del paisaje habitual de la ciudad más austral del mundo. El cielo se volvió denso, pesado, casi teatral, como si estuviera ensayando una versión patagónica del trópico. Y uno no puede evitar mirarlo con cierta desconfianza, esperando que en cualquier momento empiece a caer granizo, nieve o vaya uno a saber qué otro capricho meteorológico. Esa es mi mirada de hombre de campo

Curiosidades aparte: Hoy hizo calor. Y con calor me refiero a que llegamos a los gloriosos dieciséis grados. Eso ya es motivo suficiente para que los fueguinos se despojen de la campera, salgan en remera, transpirando como condenados a muerte por la calle, con la dignidad en terapia intensiva y el bronceado en modo simbólico. Porque acá, dieciséis grados son el Caribe. Y si la temperatura trepa apenas una gota más, la gente empieza a mirar el canal Beagle con intenciones sospechosas.

Ni que hablar si el termómetro osa marcar dieciocho. Ahí ya se producen escenas dignas de documental antropológico: familias enteras migrando hacia la costa de Playa Larga, adolescentes en cuero, reposeras desplegadas como si esto fuera la Costa Atlántica bonaerense, y algún valiente —o inconsciente— que se mete al agua con la convicción de quien cree que el Espíritu Santo lo va a cubrir con su manto térmico.

La relación del fueguino con el clima es, sin duda, una historia de amor y maltrato masoquista. Nos quejamos del frío, pero desconfiamos del calor. Maldecimos el viento, pero lo extrañamos cuando falta. Nos sorprende la tormenta eléctrica, pero la celebramos como una rareza. Porque retomando el punto principal de esta entrada y para no irme por las ramas... acá, cada fenómeno meteorológico es un acontecimiento, una excusa para frenar, mirar el cielo y recordar que seguimos viviendo en un rincón del mundo donde la naturaleza todavía tiene la última palabra. Estamos en el FIN DEL MUNDO

— Fin del comunicado del capitán—

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FELIZ CUMPLEAÑOS REINA

Libro con niña en el paraíso

FELIZ CUMPLEAÑOS

Una carta al otro lado del umbral

No sé si las palabras de una carta pueden cruzar el umbral que separa este mundo del otro, pero si pudieran, si tan solo una de ellas lograra llegar a vos, quisiera que sepas que sigo pensando en vos. No con la tristeza de quien se aferra a lo imposible, sino con la ternura de quien guarda un tesoro escondido, intacto, en algún rincón del alma.

Todavía recuerdo tu perfume. Es extraño cómo un aroma puede sobrevivir al paso de los años, cómo puede quedarse flotando en el aire incluso cuando la presencia ya no está. A veces aparece sin aviso, como una brisa suave en medio de un día cualquiera, y me basta con cerrar los ojos para sentirte cerca otra vez.

Hay días en los que el recuerdo se vuelve más nítido, como si el tiempo retrocediera y todo volviera a tener sentido. Y ahí estás vos, con tu sonrisa leve, esa forma tuya de mirar que parecía decir más que cualquier palabra. Me pregunto si alguna vez llegaste a presentir la revolución silenciosa que provocabas cada vez que aparecías.

Dicen que el amor verdadero no muere, y quizás sea cierto. El cuerpo puede desaparecer, la voz puede apagarse, pero hay algo que se niega a ser borrado. Algo que persiste, que se cuela entre los días, que se sienta conmigo cuando cae la noche.

A veces me descubro hablándote en silencio, como si estuvieras al lado. No es locura, es costumbre. Es ese vínculo invisible que no se rompe ni con la distancia ni con la muerte. No necesito verte para saber que existís, que en algún lugar, más allá de lo que entiendo, seguís sonriendo.

No sé si el tiempo cura o solo enseña a convivir con la herida, pero he aprendido a agradecer lo que fue. Lo que dejaste en mí. Porque, aunque tu paso fue breve, dejaste una huella profunda. Y eso, aunque duela, también consuela.

Hoy te escribo no para pedirte nada, sino para decirte que sigo acá, que sigo recordándote. Que cada tanto, entre el ruido del mundo, cierro los ojos y te vuelvo a encontrar, tan viva como siempre, tan cerca como nunca.

Donde sea que estés, ojalá sientas esta carta. Ojalá el amor, en su misterio, te lleve mis palabras y las transforme en luz.

Fuiste claridad en mis días, sos calma en mis noches y seguís siendo esperanza en mis nostalgias. Aunque el tiempo avance, hay presencias que no se van: se transforman en abrigo, en memoria viva, en compañía silenciosa.

Que te envuelva la paz que no conoce límites. Que te rodee la belleza que solo vos merecés. Que te abrace la eternidad con la misma ternura con la que tocaste mi vida.

Yo sigo caminando acá, con tu recuerdo. Y en cada latido, en cada silencio, en cada oración, te nombro sin decirlo.

Feliz cumpleaños, REINA.
Hasta el día en que los abrazos no tengan distancia.

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CALENDARIO LUNAR Y AGRICULTURA: ENTRE LA CIENCIA, LA TRADICIÓN Y LA AGROECOLOGÍA

Una plántula con los cotiledones abiertos iluminados por la luna llena
Una plántula con los cotiledones abiertos iluminados por la luna llena

 🌙 Pequeña introducción

Cada vez que alguien me pregunta si la luna realmente influye en los cultivos, sonrío. No por burla, sino porque detrás de esa pregunta hay algo mucho más profundo que una simple curiosidad agronómica: hay tradición, memoria, identidad y una forma distinta de mirar la naturaleza.

Crecimos escuchando que había que sembrar en creciente, podar en menguante y cosechar en luna llena. Frases heredadas de abuelos, campesinos, huerteros y productores que, sin sensores ni satélites, lograron durante siglos alimentar pueblos enteros. ¿Estaban equivocados? ¿O nosotros, con tanta tecnología, nos estamos perdiendo algo esencial?

Este artículo no busca ridiculizar el calendario lunar ni convertirlo en dogma. Busca algo más difícil: pensar. Pensar la agricultura desde el equilibrio entre ciencia, experiencia, observación y sentido común. Separar el mito del dato, sin perder el arte de lo que significa hacer cualquier clase de cultivo por uno mismo.

Porque producir alimentos no es solo aplicar fórmulas: es leer el suelo, escuchar las plantas, observar el clima… y, por qué no, levantar la vista al cielo de vez en cuando.

Si la luna no mueve la savia, al menos mueve algo dentro nuestro: la conciencia de que no somos dueños de la naturaleza, sino los llamados a gestionarla de la mejor manera posible.

Y eso, en tiempos de agricultura industrial acelerada, ya es una revolución silenciosa.

Durante siglos (y muchos todavía lo hacen), campesinos, horticultores y productores de todo el mundo miraron el cielo antes de mirar el almanaque. La Luna marcaba los ritmos de siembra, poda, cosecha y hasta la elaboración de conservas. Hoy, en plena era de satélites, drones y sensores de humedad, la pregunta vuelve con fuerza:

¿La Luna realmente influye en los cultivos o estamos frente a una tradición bonita pero sin sustento científico?

En este artículo vamos a desarmar mitos, rescatar saberes útiles y construir una mirada equilibrada: ni magia lunar, ni desprecio técnico. Una agricultura con los pies en la tierra… y un ojo en el cielo.

🌍 Un fenómeno global

El ciclo lunar es exactamente el mismo en todo el planeta. Las fases ocurren simultáneamente, aunque las veamos en distintos horarios según el huso horario y desde diferentes ángulos según el hemisferio. 

Es decir: la Luna no hace agricultura personalizada por región.

Entonces, si su efecto existe, debe ser físico, biológico o ecológico, no cultural.

🔬 Qué dice la ciencia

1. La gravedad lunar

La Luna es responsable de las mareas. Mueve masas gigantescas de agua en los océanos. Sin embargo, su efecto gravitacional sobre el agua del suelo y la savia vegetal es extremadamente pequeño.

Hasta el momento, no existe evidencia científica sólida que demuestre que la Luna movilice agua dentro del perfil del suelo o dentro de la planta de manera significativa.
👉 Conclusión: la idea de que la savia "sube y baja" con la Luna no tiene respaldo experimental fuerte.
2. La luz lunar

Durante la luna llena, la iluminación nocturna aumenta. Esto sí es un hecho físico.

Este incremento leve de luz puede influir en:
  • Ritmos biológicos de insectos
  • Comportamiento de animales
  • Fotoperiodo en ciertas plantas sensibles
Pero la intensidad lumínica lunar es mínima comparada con la solar.
👉 Conclusión: hay un efecto real, pero muy marginal.
3. Estudios agronómicos

Los ensayos científicos controlados muestran resultados variables, inconsistentes y poco concluyentes.
Algunos encuentran pequeñas diferencias, otros no detectan ningún efecto.
👉 Conclusión general: no hay evidencia científica fuerte que permita afirmar que sembrar según la Luna mejora el rendimiento de manera consistente.
🌾 Entonces… ¿Pseudociencia?

No tan rápido.

Las prácticas lunares forman parte de sistemas agrícolas tradicionales milenarios, desarrollados por observación empírica, repetición y transmisión cultural.

No son inventos modernos ni delirios místicos: son herramientas de organización del trabajo agrícola que ayudaron a ordenar tareas durante siglos.
No son ciencia dura, pero tampoco fantasía pura. Son saberes tradicionales con valor cultural, organizativo y práctico.
🌱 La mirada agroecológica

En agroecología, la Luna no se usa como varita mágica, sino como herramienta de planificación y observación.

El calendario lunar:
  1. Ordena tareas
  2. Obliga a planificar
  3. Favorece la observación sistemática
  4. Reconecta al productor con los ritmos naturales
Y esto tiene un efecto real: mejor manejo del sistema productivo.

A veces, el beneficio no está en la luna, sino en el orden mental que impone su seguimiento.

📅 Un calendario lunar racional (sin misticismo extremo)

Propongo entonces una versión práctica, flexible y con base agronómica.

🌑 Luna nueva

Ideal para:

Planificación
Preparación de almácigos
Labores de suelo

Por qué: Menor actividad biológica visible. Buen momento para organizar, preparar y diseñar.

🌒 Cuarto creciente

Ideal para:

Siembra de cultivos de hoja
Trasplantes
Fertilizaciones foliares

Fundamento práctico: Etapa de crecimiento activo. Aunque no sea por la Luna, coincide con mayor atención al desarrollo vegetativo.

🌕 Luna llena

Ideal para:

Cosechas de frutos
Recolección de semillas
Observación sanitaria

Advertencia: Evitar podas drásticas en especies sensibles, más por tradición preventiva que por evidencia científica.

🌘 Cuarto menguante

Ideal para:

Poda
Labores de control de plagas
Siembra de cultivos de raíz

Fundamento práctico: Momento excelente para tareas de mantenimiento y control.

❌ Qué no hay que hacer

Reemplazar la agronomía por la Luna.

Teniendo en cuenta que la Luna no corrige:

  • Suelos pobres
  • Mal drenaje
  • Déficits nutricionales
  • Plagas mal manejadas
  • Semillas de baja calidad
Si el sistema productivo anda mal, mirar al cielo no reemplaza mirar al suelo.
🌍 Tradición, ciencia y sentido común

La agricultura más sabia es la que integra:

Ciencia

Tradición

Observación

Sentido común

La Luna puede ser una guía cultural y organizativa, no una regla rígida.

🧠 Conclusión

El calendario lunar:

✔️ No es pseudociencia pura 
✔️ No es ciencia agronómica comprobada 
✔️ Es una herramienta cultural útil 
✔️ Puede mejorar la planificación 
✔️ Fomenta la observación y el orden

La mejor fórmula sigue siendo:

Buen suelo + buen manejo + buena planificación + buena observación

Hoy todo exige velocidad, rendimiento inmediato y soluciones mágicas, detenerse a observar los ciclos naturales es casi un acto de rebeldía.

Nuestro satélite natural no va a resolver los problemas estructurales de la agricultura moderna, pero sí puede recordarnos algo esencial: producir alimentos es un diálogo con la naturaleza, no un monólogo humano.

Mirar el cielo antes de sembrar no es negar la ciencia, sino integrarla con la experiencia, la intuición y el respeto por los ritmos vivos. Es reconocer que, aunque tengamos drones, satélites y algoritmos, seguimos dependiendo de un suelo sano, de un clima impredecible y de sistemas biológicos complejos.

La verdadera innovación no siempre está en sumar tecnología, sino en reconciliar saberes: unir la agronomía moderna con la sabiduría campesina, el laboratorio con la huerta, el dato con la observación.

Si la luna logra que planifiquemos mejor, que observemos más y que cultivemos con mayor conciencia, entonces su influencia ya es real.

Porque al final del día, la mejor agricultura no es la que más produce, sino la que mejor comprende los límites de la tierra y los respeta.

Y quizás, solo quizás, ahí esté el verdadero crecimiento.


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Mariano Romero Arregin

¡Hola! Mi nombre es Mariano — Un hombre común y corriente escribiendo sobra la vida. Soy primeramente CRISTIANO. En lo profesional, soy productor agrícola, promotor agroecológico en un cultivar de frutas finas, fermentista y cuando tengo algo de tiempo (y dinero especialmente) un viajero amateur. Además, aquí estoy compartiendo mis historias familiares, mi amor por la vida en los cultivos, la naturaleza, la tecnología y el ocio en general.

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