PALESTINA LIBRE: UN GRITO POR LA JUSTICIA

Hombre palestino con bandera de Palestina

فلسطين حرة

Hay momentos en que uno no puede seguir escribiendo sobre teología abstracta sin antes mirar lo que está pasando delante de sus ojos. Este es uno de esos momentos.

Quiero ser honesto desde el principio: no escribo esto desde la distancia fría del analista. Lo escribo como cristiano ortodoxo, como alguien que ha abrazado la fe que nació exactamente en esa tierra, entre ese pueblo, en esas calles que hoy están cubiertas de escombros. Lo escribo desde la indignación, sí, pero sobre todo desde el dolor de hermano. Porque lo que está muriendo en Palestina no es solo una causa política. Es parte de mi familia en la fe. Y eso cambia todo.

Quiero hablar específicamente de algo que los medios de comunicación masivos, los debates geopolíticos y hasta gran parte de la solidaridad internacional dejan sistemáticamente en el costado: los cristianos palestinos. Los descendientes directos de la Iglesia apostólica. Los herederos de aquellos sobre quienes descendió el Espíritu Santo en Pentecostés. Los que llevan dos mil años rezando en esa tierra y que hoy están desapareciendo en silencio, sin que casi nadie en el mundo cristiano occidental sienta la necesidad urgente de nombrarlo.

Este artículo es para ellos. Y es también, con toda humildad, un examen de conciencia para los que nos llamamos cristianos y miramos hacia otro lado.

Mis hermanos que el mundo no ve

la iglesia de San Porfirio junto a una mezquita. Ambas atacadas

Cuando me volví a acercar a la fe verdadera después de un tiempo de apostasía, una de las primeras cosas que me impactó fue la comprensión de la Iglesia como cuerpo vivo que trasciende el tiempo y el espacio. No es una institución con sede central y sucursales. Es una comunión de iglesias locales que comparten la misma fe apostólica, la misma Tradición, los mismos sacramentos. Y entre esas iglesias locales están las iglesias palestinas: la Ortodoxa de Jerusalén, la Greco-Católica Melquita, la Siro-Ortodoxa, la Armenio-Apostólica, la Maronita, la Latina.

Son iglesias más antiguas que cualquier denominación moderna occidental. Son comunidades que oran en árabe, en arameo —la lengua de Jesús— y en griego desde antes de que existiera Europa tal como la conocemos. Y son comunidades que están muriendo.

No es una metáfora. Es un hecho demográfico brutal. Antes de 1948, los cristianos representaban alrededor del 20% de la población palestina. Hoy son menos del 2% en los territorios palestinos. La ocupación, el bloqueo, la confiscación de tierras, la imposibilidad de construir un futuro digno han producido una emigración constante que la guerra actual convirtió en desbandada. Mis hermanos en la fe están huyendo de la Tierra Santa. Y el mundo cristiano occidental, demasiado ocupado aplaudiendo al Estado de Israel como cumplimiento de la profecía bíblica, no parece notarlo.

San Porfirio: La Iglesia más antigua bajo las bombas 

La iglesia de San Porfirio en Gaza lleva el nombre del obispo que evangelizó esa ciudad en el año 400 después de Cristo. El edificio actual data del siglo V. Tiene más de mil seiscientos años. Ha sobrevivido invasiones, cruzadas, terremotos, conquistas. Ha sobrevivido a todo.

En octubre de 2023, un misil impactó en su recinto mientras daba refugio a más de cuatrocientas personas desplazadas por los bombardeos. Al menos diecisiete murieron en ese primer ataque. La iglesia fue alcanzada en varias ocasiones más a lo largo de la guerra. Las imágenes que llegaron —el techo derrumbado, las columnas partidas, los fieles rezando entre los escombros— me dejaron sin palabras durante días.

Pienso en esa iglesia con una frecuencia que no esperaba. Pienso en los sacerdotes que siguieron celebrando la Divina Liturgia entre las ruinas. En los feligreses que siguieron comulgando con los misiles cayendo afuera. En esa continuidad de la fe que ninguna bomba ha podido interrumpir en dieciséis siglos. Y me pregunto qué dice eso sobre mi propia fe, que a veces flaquea ante cosas infinitamente menores.

Antes de la guerra había en Gaza entre mil y mil quinientos cristianos. La mitad huyó o murió. Los que quedaron vivieron meses con el equivalente calórico de los prisioneros de un campo de concentración, según comparaciones de la propia ONU. Sus hospitales destruidos. Sus sacerdotes tratando de atender a los heridos sin medicamentos. Sus muertos sin lugar donde enterrarlos con dignidad.

«Esta guerra hará desaparecer a la Iglesia de Gaza.» — Testimonio recogido por organizaciones de apoyo a cristianos en Oriente Medio, 2024.

Belén, el pesebre rodeado de muros 

Belén: La ciudad donde nació Jesucristo. Hoy está rodeada por el muro de separación israelí. No es una imagen poética: es un muro de hormigón de ocho metros de altura que rodea prácticamente toda la ciudad, con torres de vigilancia, que convierte a Belén en lo que muchos —incluidos israelíes críticos— llaman un bantustán, un gueto geográfico.

Los peregrinos que llegan a Belén desde el aeropuerto de Tel Aviv pasan por un control militar. Los betlemitas que quieren visitar Jerusalén —a diez kilómetros de distancia— necesitan permisos especiales que frecuentemente se deniegan. Los jóvenes que estudian en universidades de Cisjordania no pueden cruzar libremente al trabajo. El tejido social, económico y familiar de una comunidad cristiana que lleva dos mil años en ese lugar está siendo desintegrado metódica y sistemáticamente.

La Basílica de la Natividad, Patrimonio de la Humanidad, está intacta. El turismo puede llegar, hacer su foto y volver. Lo que no se fotografía tan fácilmente es la emigración silenciosa de las familias cristianas que van cerrando sus casas una por una, convencidas de que no hay futuro allí para sus hijos. En 1950, los cristianos eran el 85% de la población de Belén. Hoy son menos del 12%.

Taybeh: El último pueblo íntegramente cristiano 

Taybeh es el único pueblo íntegramente cristiano que queda en Cisjordania. Sus habitantes son mayoritariamente ortodoxos y católicos. Tienen una pequeña cervecería artesanal —la única de Palestina— que es a la vez símbolo de resistencia y fuente de orgullo local. Y están siendo asfixiados, lenta pero imparablemente, por la expansión de los asentamientos israelíes que rodean sus tierras. He leído testimonios de familias de Taybeh que describen cómo los colonos cortan sus olivos —árboles de cien, doscientos años, que son la memoria viva de una familia— para ampliar sus tierras. Cómo los caminos que siempre usaron para llegar a sus parcelas son bloqueados de un día para otro. Cómo los jóvenes, sin perspectiva de futuro, emigran a Chile, a Honduras, a Estados Unidos, a cualquier lugar donde puedan vivir con dignidad. Y Taybeh se va vaciando.

Me resulta difícil leer eso sin sentir una rabia que tengo que aprender a transformar en oración. Porque eso también me lo enseñó la fe ortodoxa: que la ira justa no se extingue callándola, sino ofreciéndola. Que el escándalo ante la injusticia puede ser, si se lo lleva correctamente, una forma de amor.

La paradoja que me parte el alma

Scouts cristianos palestinos

Hay una paradoja en todo esto que me parece, honestamente, una de las más dolorosas que he encontrado en mi recorrido por el mundo cristiano contemporáneo. Y es esta: los que más ruidosamente proclaman su amor por Israel, los que llenan estadios cantando bendiciones sobre el Estado judío, los que donan millones de dólares a organizaciones de colonos en Cisjordania —los sionistas cristianos evangélicos— son perfectamente capaces de ignorar que con ese gesto están financiando la destrucción de sus hermanos más antiguos en la fe.

No lo hacen por maldad, probablemente (quiero creer). Lo hacen porque el sistema teológico que habitan —el dispensacionalismo, que ya analicé en detalle en estas páginas— literalmente no tiene lugar para los palestinos en su esquema profético. Israel ocupa el centro del guión escatológico. Los palestinos, incluso los palestinos cristianos, son un dato irrelevante. Un detalle histórico que no afecta la narrativa principal.

Pero hay algo que el dispensacionalismo no puede borrar de los Hechos de los Apóstoles: la primera comunidad cristiana de Jerusalén estaba compuesta en su totalidad por judíos y por habitantes de esa tierra. La Iglesia de Jerusalén —que hoy es la Iglesia Ortodoxa de Jerusalén, gobernada por el Patriarca Teófilo III— es la madre de todas las iglesias. No metafóricamente: literalmente. Toda iglesia cristiana en el mundo, sea ortodoxa, católica, protestante o evangelikal, es hija de esa primera comunidad que rezaba en el Cenáculo y que fue dispersada por la persecución hacia todos los confines del mundo.

Atacar a los herederos de esa comunidad no es un asunto político menor. Es un asunto eclesiológico de primera magnitud. Y que el mundo evangélico occidental pueda hacerlo sin aparente crisis de conciencia dice más sobre el estado de su teología que cualquier debate doctrinal abstracto.

Quien dice que está en la luz y odia a su hermano, está todavía en las tinieblas. El que ama a su hermano permanece en la luz. — 1 Juan 2:9-10

Lo que me enseñó la Tradición de la iglesia sobre el dolor

El cristianismo no es una religión de respuestas fáciles. Nuestra fe tiene una tradición que sabe que el sufrimiento es real, que la historia es oscura, y que la esperanza cristiana no es optimismo naif sino certeza pascual: la certeza de que la muerte no tiene la última palabra, aunque nos quieran hacer creer que sí.

Los Santos Padres de la Iglesia de Oriente conocieron de primera mano la persecución, el exilio, la destrucción de sus comunidades. San Juan Crisóstomo murió en el camino del exilio al que lo condenó la emperatriz Eudoxia. Los Padres del Desierto vivieron en tierras que hoy son Egipto, Siria, Palestina: las mismas tierras donde hoy sus herederos espirituales resisten bajo la bomba y el muro. La teología ortodoxa nació en ese contexto de fragilidad histórica y aprendió a sostener la fe no a pesar del sufrimiento sino dentro de él.

Hay una oración que rezo con frecuencia, parte de las oraciones vespertinas del Typikon: «En paz, oremos al Señor.» En paz. Irenikon. No como descripción de la situación exterior —que puede ser catastrófica— sino como disposición interior. La Iglesia Ortodoxa en Gaza reza en paz. No porque haya paz afuera, sino porque la paz que da Cristo «no es como la que da el mundo» (Juan 14:27). Y ese testimonio, esa capacidad de mantener encendida la llama de la liturgia en medio de los escombros, me parece uno de los signos más poderosos de la fe que conozco.

El Patriarcado de Jerusalén y su testimonio silencioso 

El Patriarcado Ortodoxo de Jerusalén tiene una posición única en el mundo cristiano: es la iglesia madre, la que custodia los Santos Lugares desde los primeros siglos. El Patriarca Teófilo III ha hablado con claridad sobre lo que está ocurriendo, ha pedido alto el fuego, ha denunciado la destrucción de civiles, ha acompañado a su rebaño palestino en el sufrimiento. Sus palabras, sin embargo, apenas llegan a los medios occidentales. Una declaración de un megaevangélico americano sobre Israel recibe cobertura global. Una declaración del Patriarca de Jerusalén sobre sus propios fieles muertos apenas logra una nota al pie.

Esa asimetría no es un accidente de mercado. Es el reflejo de qué voces decide amplificar el sistema mediático y religioso occidental, y cuáles decide silenciar. Y dice mucho sobre qué tipo de cristianismo ha logrado instalarse como referencia hegemónica en la cultura anglófona global.

La Comunión de los Santos como respuesta política 

Hay algo que la doctrina de la comunión de los santos me ha enseñado y que tiene consecuencias muy concretas en este contexto: los muertos de la Iglesia no están ausentes. Están presentes de una manera que supera la muerte física. Los mártires de Gaza —porque hay que llamarlos así: son personas que murieron por el simple hecho de ser quienes eran y de estar donde estaban— son parte del mismo cuerpo del que somos parte todos los que comulgamos en la misma fe.

Eso significa que su muerte no es un dato estadístico. Es una herida en el cuerpo de Cristo. Una herida que no cicatrizará con silencio ni con neutralidad bien administrada. Una herida que pide, como mínimo, ser nombrada.

Y que yo, desde Ushuaia, en el extremo del mundo, tengo que encontrar la manera de cargar. No con culpa paralizante, sino con la responsabilidad activa de quien sabe que forma parte de algo más grande que sí mismo. La Iglesia es un cuerpo. Cuando uno de sus miembros sufre, todos sufren. San Pablo no lo escribió como metáfora edificante: lo escribió como descripción de la realidad.

Lo que se puede hacer desde acá

Mujer con bandera de Palestina

Una de las tentaciones cuando uno se enfrenta a una injusticia de esta escala es el parálisis. ¿Qué puedo hacer yo desde Ushuaia? ¿Qué cambia un artículo en un blog que leen unos cientos de personas? ¿No es todo esto, al final, una forma de sentirse bien con uno mismo mientras el mundo sigue igual? Me hago esas preguntas. Y no tengo respuestas completamente satisfactorias. Pero sí tengo algunas convicciones que me ayudan a no quedarme paralizado.

La primera es que el testimonio importa aunque no cambie resultados visibles. Los profetas de Israel sabían perfectamente que sus denuncias no iban a detener inmediatamente la injusticia que denunciaban. La denunciaban de todas formas, porque el acto de nombrar la verdad tiene valor en sí mismo, independientemente de sus consecuencias inmediatas. Dios les pedía que hablaran, no que ganaran.

La segunda es que la oración no es una alternativa a la acción sino su fundamento. Rezo por los cristianos de Gaza. Por las familias de Belén. Por los sacerdotes que celebran la Liturgia entre escombros. Por los niños que no conocerán otra realidad que la guerra. No sé si esa oración tiene efectos verificables en el plano de la geopolítica. Sé que transforma a quien ora, que ensancha el corazón, que impide que la indiferencia se instale. Y eso ya es algo.

La tercera es que informarse bien y hablar con claridad es, en este contexto, una forma de resistencia. La máquina de desinformación que rodea el conflicto palestino es enorme y sofisticada. Contrarrestarla con análisis honesto, con datos verificados, con la perspectiva que la fe cristiana histórica ofrece sobre este drama, es una contribución modesta pero real. Si este artículo hace que alguien descubra que existen los cristianos palestinos y empiece a preguntar por ellos, habrá valido la pena escribirlo.

Y la cuarta es que la solidaridad concreta es posible aunque sea pequeña. Hay organizaciones que trabajan directamente con los cristianos palestinos: Puertas Abiertas, la Custodia de Tierra Santa, el Patriarcado Ortodoxo de Jerusalén, organizaciones locales de Belén y Ramallah. Apoyarlas económicamente, aunque sea con poco, es poner el cuerpo donde está el corazón.

Abre tu boca por el mudo, por la causa de todos los que son dejados solos. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del necesitado. — Proverbios 31:8-9

Conclusión: Tierra Santa, Tierra que Sangra

Mujer palestina con su bandera bajo un cielo azul

Hay una palabra árabe que los palestinos repiten como oración y como resistencia: Sumud. Significa firmeza. La decisión de quedarse. De seguir siendo, incluso cuando todo conspira para borrarte. El Sumud no es violencia ni rendición: es el simple y tenaz acto de existir cuando el poder quiere que desaparezcas.

Los cristianos palestinos practican el Sumud desde hace dos mil años. Han sobrevivido a los romanos, a los cruzados, a los otomanos, a las guerras del siglo XX. Han mantenido encendida la llama de la fe apostólica en la tierra donde esa fe nació. Han rezado en los mismos lugares donde rezó Jesús, donde predicaron los Apóstoles, donde derramaron su sangre los primeros mártires. Y hoy, en el siglo XXI, siguen rezando. Entre los escombros, bajo las bombas, con los hijos emigrados y los olivos cortados y los muros que rodean sus ciudades.

Eso me interpela de una manera que no me deja tranquilo. Mi fe es la misma fe que ellos custodian desde mucho antes de que yo naciera. La liturgia que aprendo a amar es la liturgia que ellos celebran desde hace veinte siglos. Los Santos Padres que leo en la Filocalia bebieron del mismo manantial espiritual que formó a sus ancestros. Somos, en el sentido más literal y más serio de la palabra, familia.

Y la familia no mira hacia otro lado cuando uno de los suyos está en el suelo.

Palestina libre no es un eslogan. Es el nombre de una justicia pendiente. Es la afirmación de que esos dos millones de personas —esos niños, esas madres, esos ancianos, esos sacerdotes que bendicen entre los escombros— tienen derecho a vivir en su tierra con dignidad, a rezar en sus iglesias sin miedo, a enterrar a sus muertos con paz. Es el reconocimiento de que la Tierra Santa no puede seguir siendo una tierra de muerte para los que la habitaron desde el principio.

Dios escucha el clamor del pobre. Lo dice la Escritura con una insistencia que no deja lugar a dudas. Y si Dios lo escucha, quienes intentamos caminar tras Él no tenemos otra opción que intentar escucharlo también.

En nuestra defensa del pueblo palestino, debemos tener claro que defendemos la justicia, la paz y la reconciliación, no contra ningún grupo en particular. Nuestra fe nos llama a amar a todos, a buscar el bienestar de todos y a luchar por un mundo donde todos puedan vivir en armonía. 

La lucha palestina por la libertad y la justicia es un llamado a nuestra conciencia cristiana, un llamado a encarnar los valores de amor, compasión y justicia que Cristo ejemplificó tan profundamente. Es un recordatorio de que, como cristianos, estamos llamados a ser pacificadores, defensores de los oprimidos y defensores de la reconciliación. Es un llamado a la justicia, un llamado a la paz, un llamado a la dignidad y la libertad de todo ser humano.

Estamos en una posición única para desempeñar un papel vital en esta búsqueda de la justicia y la paz. Obligados a defender a los marginados, a defender a los oprimidos y a trabajar incansablemente por la reconciliación. En Tierra Santa, donde nació nuestra fe son profundas, estamos llamados a ser faros de esperanza, voces de compasión y agentes de cambio.

Recordemos que el mensaje cristiano es de amor, de compasión y de esperanza. Es un mensaje que trasciende fronteras, que une a personas de diversos orígenes y creencias. Es un mensaje que puede traer sanación a un mundo marcado por el conflicto y la división.

Seamos las manos y los pies de Cristo en un mundo que tan desesperadamente necesita su amor.

El camino hacia la justicia y la paz no es fácil, pero vale la pena emprenderlo. Es un viaje que puede conducir a un futuro mejor, un futuro en el que el pueblo de Palestina pueda vivir en libertad y dignidad, en el que pueda prosperar sin las limitaciones impuestas desde el exterior.

En este camino, saquemos fuerzas de nuestra fe, de las enseñanzas de Cristo y de los ejemplos de los santos que nos han precedido. Seamos inquebrantables en nuestro compromiso con la justicia, la misericordia y la reconciliación. Seamos inquebrantables en nuestro compromiso con el pueblo palestino y con todos los que sufren en la búsqueda de la libertad y la dignidad.

Para ayudar a quienes sufren en Gaza, considere hacer una donación a través de la campaña de recaudación de fondos de la Sagrada Orden de San Jorge en Gaza.

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Mariano Romero Arregin

¡Hola! Mi nombre es Mariano — Un hombre común y corriente escribiendo sobra la vida. Soy primeramente CRISTIANO. En lo profesional, soy productor agrícola, promotor agroecológico en un cultivar de frutas finas, fermentista y cuando tengo algo de tiempo (y dinero especialmente) un viajero amateur. Además, aquí estoy compartiendo mis historias familiares, mi amor por la vida en los cultivos, la naturaleza, la tecnología y el ocio en general.

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