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PALESTINA LIBRE: UN GRITO POR LA JUSTICIA

Hombre palestino con bandera de Palestina

فلسطين حرة

Hay momentos en que uno no puede seguir escribiendo sobre teología abstracta sin antes mirar lo que está pasando delante de sus ojos. Este es uno de esos momentos.

Quiero ser honesto desde el principio: no escribo esto desde la distancia fría del analista. Lo escribo como cristiano ortodoxo, como alguien que ha abrazado la fe que nació exactamente en esa tierra, entre ese pueblo, en esas calles que hoy están cubiertas de escombros. Lo escribo desde la indignación, sí, pero sobre todo desde el dolor de hermano. Porque lo que está muriendo en Palestina no es solo una causa política. Es parte de mi familia en la fe. Y eso cambia todo.

Quiero hablar específicamente de algo que los medios de comunicación masivos, los debates geopolíticos y hasta gran parte de la solidaridad internacional dejan sistemáticamente en el costado: los cristianos palestinos. Los descendientes directos de la Iglesia apostólica. Los herederos de aquellos sobre quienes descendió el Espíritu Santo en Pentecostés. Los que llevan dos mil años rezando en esa tierra y que hoy están desapareciendo en silencio, sin que casi nadie en el mundo cristiano occidental sienta la necesidad urgente de nombrarlo.

Este artículo es para ellos. Y es también, con toda humildad, un examen de conciencia para los que nos llamamos cristianos y miramos hacia otro lado.

Mis hermanos que el mundo no ve

la iglesia de San Porfirio junto a una mezquita. Ambas atacadas

Cuando me volví a acercar a la fe verdadera después de un tiempo de apostasía, una de las primeras cosas que me impactó fue la comprensión de la Iglesia como cuerpo vivo que trasciende el tiempo y el espacio. No es una institución con sede central y sucursales. Es una comunión de iglesias locales que comparten la misma fe apostólica, la misma Tradición, los mismos sacramentos. Y entre esas iglesias locales están las iglesias palestinas: la Ortodoxa de Jerusalén, la Greco-Católica Melquita, la Siro-Ortodoxa, la Armenio-Apostólica, la Maronita, la Latina.

Son iglesias más antiguas que cualquier denominación moderna occidental. Son comunidades que oran en árabe, en arameo —la lengua de Jesús— y en griego desde antes de que existiera Europa tal como la conocemos. Y son comunidades que están muriendo.

No es una metáfora. Es un hecho demográfico brutal. Antes de 1948, los cristianos representaban alrededor del 20% de la población palestina. Hoy son menos del 2% en los territorios palestinos. La ocupación, el bloqueo, la confiscación de tierras, la imposibilidad de construir un futuro digno han producido una emigración constante que la guerra actual convirtió en desbandada. Mis hermanos en la fe están huyendo de la Tierra Santa. Y el mundo cristiano occidental, demasiado ocupado aplaudiendo al Estado de Israel como cumplimiento de la profecía bíblica, no parece notarlo.

San Porfirio: La Iglesia más antigua bajo las bombas 

La iglesia de San Porfirio en Gaza lleva el nombre del obispo que evangelizó esa ciudad en el año 400 después de Cristo. El edificio actual data del siglo V. Tiene más de mil seiscientos años. Ha sobrevivido invasiones, cruzadas, terremotos, conquistas. Ha sobrevivido a todo.

En octubre de 2023, un misil impactó en su recinto mientras daba refugio a más de cuatrocientas personas desplazadas por los bombardeos. Al menos diecisiete murieron en ese primer ataque. La iglesia fue alcanzada en varias ocasiones más a lo largo de la guerra. Las imágenes que llegaron —el techo derrumbado, las columnas partidas, los fieles rezando entre los escombros— me dejaron sin palabras durante días.

Pienso en esa iglesia con una frecuencia que no esperaba. Pienso en los sacerdotes que siguieron celebrando la Divina Liturgia entre las ruinas. En los feligreses que siguieron comulgando con los misiles cayendo afuera. En esa continuidad de la fe que ninguna bomba ha podido interrumpir en dieciséis siglos. Y me pregunto qué dice eso sobre mi propia fe, que a veces flaquea ante cosas infinitamente menores.

Antes de la guerra había en Gaza entre mil y mil quinientos cristianos. La mitad huyó o murió. Los que quedaron vivieron meses con el equivalente calórico de los prisioneros de un campo de concentración, según comparaciones de la propia ONU. Sus hospitales destruidos. Sus sacerdotes tratando de atender a los heridos sin medicamentos. Sus muertos sin lugar donde enterrarlos con dignidad.

«Esta guerra hará desaparecer a la Iglesia de Gaza.» — Testimonio recogido por organizaciones de apoyo a cristianos en Oriente Medio, 2024.

Belén, el pesebre rodeado de muros 

Belén: La ciudad donde nació Jesucristo. Hoy está rodeada por el muro de separación israelí. No es una imagen poética: es un muro de hormigón de ocho metros de altura que rodea prácticamente toda la ciudad, con torres de vigilancia, que convierte a Belén en lo que muchos —incluidos israelíes críticos— llaman un bantustán, un gueto geográfico.

Los peregrinos que llegan a Belén desde el aeropuerto de Tel Aviv pasan por un control militar. Los betlemitas que quieren visitar Jerusalén —a diez kilómetros de distancia— necesitan permisos especiales que frecuentemente se deniegan. Los jóvenes que estudian en universidades de Cisjordania no pueden cruzar libremente al trabajo. El tejido social, económico y familiar de una comunidad cristiana que lleva dos mil años en ese lugar está siendo desintegrado metódica y sistemáticamente.

La Basílica de la Natividad, Patrimonio de la Humanidad, está intacta. El turismo puede llegar, hacer su foto y volver. Lo que no se fotografía tan fácilmente es la emigración silenciosa de las familias cristianas que van cerrando sus casas una por una, convencidas de que no hay futuro allí para sus hijos. En 1950, los cristianos eran el 85% de la población de Belén. Hoy son menos del 12%.

Taybeh: El último pueblo íntegramente cristiano 

Taybeh es el único pueblo íntegramente cristiano que queda en Cisjordania. Sus habitantes son mayoritariamente ortodoxos y católicos. Tienen una pequeña cervecería artesanal —la única de Palestina— que es a la vez símbolo de resistencia y fuente de orgullo local. Y están siendo asfixiados, lenta pero imparablemente, por la expansión de los asentamientos israelíes que rodean sus tierras. He leído testimonios de familias de Taybeh que describen cómo los colonos cortan sus olivos —árboles de cien, doscientos años, que son la memoria viva de una familia— para ampliar sus tierras. Cómo los caminos que siempre usaron para llegar a sus parcelas son bloqueados de un día para otro. Cómo los jóvenes, sin perspectiva de futuro, emigran a Chile, a Honduras, a Estados Unidos, a cualquier lugar donde puedan vivir con dignidad. Y Taybeh se va vaciando.

Me resulta difícil leer eso sin sentir una rabia que tengo que aprender a transformar en oración. Porque eso también me lo enseñó la fe ortodoxa: que la ira justa no se extingue callándola, sino ofreciéndola. Que el escándalo ante la injusticia puede ser, si se lo lleva correctamente, una forma de amor.

La paradoja que me parte el alma

Scouts cristianos palestinos

Hay una paradoja en todo esto que me parece, honestamente, una de las más dolorosas que he encontrado en mi recorrido por el mundo cristiano contemporáneo. Y es esta: los que más ruidosamente proclaman su amor por Israel, los que llenan estadios cantando bendiciones sobre el Estado judío, los que donan millones de dólares a organizaciones de colonos en Cisjordania —los sionistas cristianos evangélicos— son perfectamente capaces de ignorar que con ese gesto están financiando la destrucción de sus hermanos más antiguos en la fe.

No lo hacen por maldad, probablemente (quiero creer). Lo hacen porque el sistema teológico que habitan —el dispensacionalismo, que ya analicé en detalle en estas páginas— literalmente no tiene lugar para los palestinos en su esquema profético. Israel ocupa el centro del guión escatológico. Los palestinos, incluso los palestinos cristianos, son un dato irrelevante. Un detalle histórico que no afecta la narrativa principal.

Pero hay algo que el dispensacionalismo no puede borrar de los Hechos de los Apóstoles: la primera comunidad cristiana de Jerusalén estaba compuesta en su totalidad por judíos y por habitantes de esa tierra. La Iglesia de Jerusalén —que hoy es la Iglesia Ortodoxa de Jerusalén, gobernada por el Patriarca Teófilo III— es la madre de todas las iglesias. No metafóricamente: literalmente. Toda iglesia cristiana en el mundo, sea ortodoxa, católica, protestante o evangelikal, es hija de esa primera comunidad que rezaba en el Cenáculo y que fue dispersada por la persecución hacia todos los confines del mundo.

Atacar a los herederos de esa comunidad no es un asunto político menor. Es un asunto eclesiológico de primera magnitud. Y que el mundo evangélico occidental pueda hacerlo sin aparente crisis de conciencia dice más sobre el estado de su teología que cualquier debate doctrinal abstracto.

Quien dice que está en la luz y odia a su hermano, está todavía en las tinieblas. El que ama a su hermano permanece en la luz. — 1 Juan 2:9-10

Lo que me enseñó la Tradición de la iglesia sobre el dolor

El cristianismo no es una religión de respuestas fáciles. Nuestra fe tiene una tradición que sabe que el sufrimiento es real, que la historia es oscura, y que la esperanza cristiana no es optimismo naif sino certeza pascual: la certeza de que la muerte no tiene la última palabra, aunque nos quieran hacer creer que sí.

Los Santos Padres de la Iglesia de Oriente conocieron de primera mano la persecución, el exilio, la destrucción de sus comunidades. San Juan Crisóstomo murió en el camino del exilio al que lo condenó la emperatriz Eudoxia. Los Padres del Desierto vivieron en tierras que hoy son Egipto, Siria, Palestina: las mismas tierras donde hoy sus herederos espirituales resisten bajo la bomba y el muro. La teología ortodoxa nació en ese contexto de fragilidad histórica y aprendió a sostener la fe no a pesar del sufrimiento sino dentro de él.

Hay una oración que rezo con frecuencia, parte de las oraciones vespertinas del Typikon: «En paz, oremos al Señor.» En paz. Irenikon. No como descripción de la situación exterior —que puede ser catastrófica— sino como disposición interior. La Iglesia Ortodoxa en Gaza reza en paz. No porque haya paz afuera, sino porque la paz que da Cristo «no es como la que da el mundo» (Juan 14:27). Y ese testimonio, esa capacidad de mantener encendida la llama de la liturgia en medio de los escombros, me parece uno de los signos más poderosos de la fe que conozco.

El Patriarcado de Jerusalén y su testimonio silencioso 

El Patriarcado Ortodoxo de Jerusalén tiene una posición única en el mundo cristiano: es la iglesia madre, la que custodia los Santos Lugares desde los primeros siglos. El Patriarca Teófilo III ha hablado con claridad sobre lo que está ocurriendo, ha pedido alto el fuego, ha denunciado la destrucción de civiles, ha acompañado a su rebaño palestino en el sufrimiento. Sus palabras, sin embargo, apenas llegan a los medios occidentales. Una declaración de un megaevangélico americano sobre Israel recibe cobertura global. Una declaración del Patriarca de Jerusalén sobre sus propios fieles muertos apenas logra una nota al pie.

Esa asimetría no es un accidente de mercado. Es el reflejo de qué voces decide amplificar el sistema mediático y religioso occidental, y cuáles decide silenciar. Y dice mucho sobre qué tipo de cristianismo ha logrado instalarse como referencia hegemónica en la cultura anglófona global.

La Comunión de los Santos como respuesta política 

Hay algo que la doctrina de la comunión de los santos me ha enseñado y que tiene consecuencias muy concretas en este contexto: los muertos de la Iglesia no están ausentes. Están presentes de una manera que supera la muerte física. Los mártires de Gaza —porque hay que llamarlos así: son personas que murieron por el simple hecho de ser quienes eran y de estar donde estaban— son parte del mismo cuerpo del que somos parte todos los que comulgamos en la misma fe.

Eso significa que su muerte no es un dato estadístico. Es una herida en el cuerpo de Cristo. Una herida que no cicatrizará con silencio ni con neutralidad bien administrada. Una herida que pide, como mínimo, ser nombrada.

Y que yo, desde Ushuaia, en el extremo del mundo, tengo que encontrar la manera de cargar. No con culpa paralizante, sino con la responsabilidad activa de quien sabe que forma parte de algo más grande que sí mismo. La Iglesia es un cuerpo. Cuando uno de sus miembros sufre, todos sufren. San Pablo no lo escribió como metáfora edificante: lo escribió como descripción de la realidad.

Lo que se puede hacer desde acá

Mujer con bandera de Palestina

Una de las tentaciones cuando uno se enfrenta a una injusticia de esta escala es el parálisis. ¿Qué puedo hacer yo desde Ushuaia? ¿Qué cambia un artículo en un blog que leen unos cientos de personas? ¿No es todo esto, al final, una forma de sentirse bien con uno mismo mientras el mundo sigue igual? Me hago esas preguntas. Y no tengo respuestas completamente satisfactorias. Pero sí tengo algunas convicciones que me ayudan a no quedarme paralizado.

La primera es que el testimonio importa aunque no cambie resultados visibles. Los profetas de Israel sabían perfectamente que sus denuncias no iban a detener inmediatamente la injusticia que denunciaban. La denunciaban de todas formas, porque el acto de nombrar la verdad tiene valor en sí mismo, independientemente de sus consecuencias inmediatas. Dios les pedía que hablaran, no que ganaran.

La segunda es que la oración no es una alternativa a la acción sino su fundamento. Rezo por los cristianos de Gaza. Por las familias de Belén. Por los sacerdotes que celebran la Liturgia entre escombros. Por los niños que no conocerán otra realidad que la guerra. No sé si esa oración tiene efectos verificables en el plano de la geopolítica. Sé que transforma a quien ora, que ensancha el corazón, que impide que la indiferencia se instale. Y eso ya es algo.

La tercera es que informarse bien y hablar con claridad es, en este contexto, una forma de resistencia. La máquina de desinformación que rodea el conflicto palestino es enorme y sofisticada. Contrarrestarla con análisis honesto, con datos verificados, con la perspectiva que la fe cristiana histórica ofrece sobre este drama, es una contribución modesta pero real. Si este artículo hace que alguien descubra que existen los cristianos palestinos y empiece a preguntar por ellos, habrá valido la pena escribirlo.

Y la cuarta es que la solidaridad concreta es posible aunque sea pequeña. Hay organizaciones que trabajan directamente con los cristianos palestinos: Puertas Abiertas, la Custodia de Tierra Santa, el Patriarcado Ortodoxo de Jerusalén, organizaciones locales de Belén y Ramallah. Apoyarlas económicamente, aunque sea con poco, es poner el cuerpo donde está el corazón.

Abre tu boca por el mudo, por la causa de todos los que son dejados solos. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del necesitado. — Proverbios 31:8-9

Conclusión: Tierra Santa, Tierra que Sangra

Mujer palestina con su bandera bajo un cielo azul

Hay una palabra árabe que los palestinos repiten como oración y como resistencia: Sumud. Significa firmeza. La decisión de quedarse. De seguir siendo, incluso cuando todo conspira para borrarte. El Sumud no es violencia ni rendición: es el simple y tenaz acto de existir cuando el poder quiere que desaparezcas.

Los cristianos palestinos practican el Sumud desde hace dos mil años. Han sobrevivido a los romanos, a los cruzados, a los otomanos, a las guerras del siglo XX. Han mantenido encendida la llama de la fe apostólica en la tierra donde esa fe nació. Han rezado en los mismos lugares donde rezó Jesús, donde predicaron los Apóstoles, donde derramaron su sangre los primeros mártires. Y hoy, en el siglo XXI, siguen rezando. Entre los escombros, bajo las bombas, con los hijos emigrados y los olivos cortados y los muros que rodean sus ciudades.

Eso me interpela de una manera que no me deja tranquilo. Mi fe es la misma fe que ellos custodian desde mucho antes de que yo naciera. La liturgia que aprendo a amar es la liturgia que ellos celebran desde hace veinte siglos. Los Santos Padres que leo en la Filocalia bebieron del mismo manantial espiritual que formó a sus ancestros. Somos, en el sentido más literal y más serio de la palabra, familia.

Y la familia no mira hacia otro lado cuando uno de los suyos está en el suelo.

Palestina libre no es un eslogan. Es el nombre de una justicia pendiente. Es la afirmación de que esos dos millones de personas —esos niños, esas madres, esos ancianos, esos sacerdotes que bendicen entre los escombros— tienen derecho a vivir en su tierra con dignidad, a rezar en sus iglesias sin miedo, a enterrar a sus muertos con paz. Es el reconocimiento de que la Tierra Santa no puede seguir siendo una tierra de muerte para los que la habitaron desde el principio.

Dios escucha el clamor del pobre. Lo dice la Escritura con una insistencia que no deja lugar a dudas. Y si Dios lo escucha, quienes intentamos caminar tras Él no tenemos otra opción que intentar escucharlo también.

En nuestra defensa del pueblo palestino, debemos tener claro que defendemos la justicia, la paz y la reconciliación, no contra ningún grupo en particular. Nuestra fe nos llama a amar a todos, a buscar el bienestar de todos y a luchar por un mundo donde todos puedan vivir en armonía. 

La lucha palestina por la libertad y la justicia es un llamado a nuestra conciencia cristiana, un llamado a encarnar los valores de amor, compasión y justicia que Cristo ejemplificó tan profundamente. Es un recordatorio de que, como cristianos, estamos llamados a ser pacificadores, defensores de los oprimidos y defensores de la reconciliación. Es un llamado a la justicia, un llamado a la paz, un llamado a la dignidad y la libertad de todo ser humano.

Estamos en una posición única para desempeñar un papel vital en esta búsqueda de la justicia y la paz. Obligados a defender a los marginados, a defender a los oprimidos y a trabajar incansablemente por la reconciliación. En Tierra Santa, donde nació nuestra fe son profundas, estamos llamados a ser faros de esperanza, voces de compasión y agentes de cambio.

Recordemos que el mensaje cristiano es de amor, de compasión y de esperanza. Es un mensaje que trasciende fronteras, que une a personas de diversos orígenes y creencias. Es un mensaje que puede traer sanación a un mundo marcado por el conflicto y la división.

Seamos las manos y los pies de Cristo en un mundo que tan desesperadamente necesita su amor.

El camino hacia la justicia y la paz no es fácil, pero vale la pena emprenderlo. Es un viaje que puede conducir a un futuro mejor, un futuro en el que el pueblo de Palestina pueda vivir en libertad y dignidad, en el que pueda prosperar sin las limitaciones impuestas desde el exterior.

En este camino, saquemos fuerzas de nuestra fe, de las enseñanzas de Cristo y de los ejemplos de los santos que nos han precedido. Seamos inquebrantables en nuestro compromiso con la justicia, la misericordia y la reconciliación. Seamos inquebrantables en nuestro compromiso con el pueblo palestino y con todos los que sufren en la búsqueda de la libertad y la dignidad.

Para ayudar a quienes sufren en Gaza, considere hacer una donación a través de la campaña de recaudación de fondos de la Sagrada Orden de San Jorge en Gaza.

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UN MUNDO MÁS JUSTO

Una protesta en búsqueda de "Justicia Social"

La importancia de las comunidades locales y la descentralización del poder para un mundo más justo y sostenible

En un mundo cada vez más globalizado y dominado por estructuras gigantes, es crucial reflexionar sobre la importancia de las comunidades locales y la descentralización del poder. Leopold Kohr, un destacado pensador político y filósofo, nos invita a cuestionar el gigantismo y a considerar el "tamaño justo" como base para una sociedad más justa y sostenible. En este artículo, exploraremos la visión de Kohr y examinaremos ejemplos concretos que demuestran cómo la descentralización puede conducir a una mayor participación, eficiencia y bienestar.

La política local y la toma de decisiones:

En el ámbito político, Kohr defendía la importancia de las comunidades locales en la toma de decisiones. A diferencia de las estructuras centralizadas, las autoridades locales tienen un conocimiento más profundo de las necesidades y deseos de su comunidad. Un ejemplo claro de esto es el gobierno municipal, donde los representantes elegidos son responsables de tomar decisiones que impactan directamente en la vida de los ciudadanos. Al descentralizar el poder político, se fomenta una participación más activa de los ciudadanos y se fortalece la democracia local.

Economía local y desarrollo sostenible:

En el ámbito económico, Kohr abogaba por una economía basada en comunidades locales autosuficientes. Frente a la globalización y la dependencia de las grandes empresas, la promoción de una economía local permite una mayor diversificación económica y la creación de empleo. Ejemplos de esto se pueden encontrar en las cooperativas locales, donde los productores y consumidores se unen para desarrollar una economía más justa y sostenible. Asimismo, los mercados de agricultores y las empresas de propiedad comunitaria son ejemplos concretos de cómo la descentralización económica puede generar beneficios tangibles para las comunidades locales.

Educación centrada en las necesidades locales:

Kohr también aplicó su visión del tamaño justo al sistema educativo. Sostenía que las escuelas más pequeñas y descentralizadas podían ofrecer una educación de mayor calidad. En este sentido, las escuelas comunitarias son un ejemplo destacado, ya que permiten una mayor participación de los estudiantes y los padres, y se adaptan mejor a las necesidades específicas de cada comunidad. Estas escuelas fomentan un ambiente de aprendizaje cercano, donde los estudiantes se sienten valorados y tienen la oportunidad de desarrollar su máximo potencial.

El papel de las organizaciones no gubernamentales locales:

Kohr argumentaba que las organizaciones no gubernamentales (ONG) a pequeña escala eran más efectivas para abordar problemas sociales y ambientales. Mientras que las grandes ONG internacionales a menudo enfrentan dificultades para adaptarse a contextos locales y lidiar con la burocracia, las organizaciones locales están mejor posicionadas para comprender las necesidades de sus comunidades y actuar de manera efectiva. Un ejemplo concreto de esto podría ser una ONG local enfocada en la protección del medio ambiente en una determinada área geográfica, trabajando directamente con los habitantes y promoviendo soluciones sostenibles adaptadas a las condiciones locales.

Hacia un mundo más justo y sostenible:

En resumen, la visión de Leopold Kohr nos insta a reflexionar sobre el valor de las comunidades locales y la descentralización del poder en la búsqueda de un mundo más justo y sostenible. Los ejemplos presentados en este artículo demuestran cómo la política local, la economía comunitaria, la educación centrada en las necesidades locales y las organizaciones no gubernamentales a pequeña escala pueden generar beneficios significativos. Al fortalecer las comunidades locales, fomentamos la participación ciudadana, la eficiencia y la responsabilidad individual, sentando las bases para una sociedad más equitativa y sostenible.

En última instancia, la implementación de estas ideas requiere un cambio de paradigma y una voluntad política tanto a nivel local como global. La descentralización no busca negar la importancia de las estructuras más grandes, sino encontrar un equilibrio adecuado que promueva la subsidiariedad y la autonomía de las comunidades locales. Al adoptar un enfoque centrado en el "tamaño justo", podemos trabajar juntos para construir un mundo donde la voz de cada individuo y comunidad sea valorada y donde el desarrollo sostenible sea una realidad.

Palabras finales:

Leopold Kohr nos ha dejado un legado importante en su defensa del "tamaño justo". Su pensamiento invita a repensar nuestras estructuras políticas, económicas y sociales para promover una sociedad más justa y sostenible. A través de la descentralización y el fortalecimiento de las comunidades locales, podemos construir una sociedad en la que cada individuo tenga la oportunidad de participar activamente, prosperar y contribuir al bienestar colectivo. Es hora de reflexionar sobre estas ideas y tomar medidas concretas para un mundo mejor.

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RECORDANDO EL GENOCIDIO ARMENIO

24 de abril. Hoy se conmemora en Argentina el "Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos" en concordancia con un nuevo aniversario del Genocidio Armenio.

Antes que nada, quiero dejar en claro que hablo desde el amor, desde el cariño profundo que tengo hacia la gente de Armenia y su lucha histórica. Porque el pueblo armenio es uno de los más antiguos del mundo, con una rica cultura, tradiciones y una historia que ha sido marcada por el dolor y la resistencia. Como argentino, me siento muy orgulloso de que nuestro país haya sido uno de los primeros en reconocer el genocidio armenio como tal. Este gesto de solidaridad y reconocimiento por parte de nuestro país, es un ejemplo a seguir para el resto del mundo.

Y es que hace más de un siglo, en 1915, el Imperio Otomano, liderado por los Jóvenes Turcos, llevó a cabo un acto de barbarie que todavía hoy sigue siendo negado y minimizado por el Estado turco. Durante años, han negado la existencia de este genocidio, que se cobró la vida de más de un millón y medio de armenios. Pero no hay duda de que fue un hecho real, sistemático y planificado, que buscó la eliminación total de los armenios como pueblo.

Los armenios fueron deportados en masa, asesinados a sangre fría, torturados y violados. Fueron víctimas de un odio racial que no tenía límites, que no distinguía entre hombres, mujeres, ancianos o niños. Y todo esto fue llevado a cabo con la complicidad y el apoyo del Estado turco.

A pesar de que han pasado más de cien años, todavía hoy el pueblo armenio sigue luchando por la verdad, la justicia y el reconocimiento de este genocidio. Y es nuestro deber, como ciudadanos del mundo, apoyar esta lucha y exigir que se haga justicia.

Es hora de que la comunidad internacional condene el actuar y la negación por parte del Estado turco en su responsabilidad en este genocidio. Es hora de que se exija una reparación histórica y moral para el pueblo armenio. Y es hora de que se reconozca públicamente este crimen de lesa humanidad y se honre la memoria de las víctimas.

Por eso, hoy quiero rendir un homenaje a todas las víctimas del genocidio armenio. A los hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, que perdieron la vida de forma cruel e inhumana. A los que fueron desplazados de sus hogares, a los que sufrieron la violencia y el dolor. A todos ellos, mi más profundo respeto y admiración.

Y quiero pedirles a todos ustedes, a los que me están leyendo, que se sumen a esta lucha. Que levanten su voz en defensa del pueblo armenio y exijan la verdad y la justicia. Que apoyen las iniciativas y las acciones que buscan honrar la memoria de las víctimas y exigir la reparación y el reconocimiento que se merecen.

Porque este genocidio no puede ser olvidado ni minimizado como continuamente pretende la propaganda turca. No podemos permitir que la historia se repita y que los crímenes de odio y discriminación queden impunes. Es nuestro deber como ciudadanos del mundo defender los derechos humanos y luchar contra la injusticia y la impunidad. Por eso reitero, hoy quiero invitarlos a sumarse a esta lucha. A conocer más sobre el genocidio armenio, a escuchar la voz de los sobrevivientes y sus descendientes, a apoyar las iniciativas que buscan hacer justicia y reconocer este crimen de lesa humanidad.

Juntos podemos lograr que el pueblo armenio reciba la reparación y el reconocimiento que se merece. Juntos podemos construir un mundo más justo y solidario, en el que nunca más se repitan los horrores del genocidio armenio.

¡Viva Armenia! 

Autor de la imagen: https://commons.wikimedia.org/wiki/User:Aschroet
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DOMINGO DEL JUICIO FINAL


Hoy es un nuevo domingo de Divina Liturgia. Es el "Domingo del Juicio Final" y estamos a una semana del inicio de la Gran Cuaresma.

El "temor a Dios" es algo que lamentablemente muchos han perdido. En muchas "iglesias" que he visitado, principalmente de corte neopentecostal ya no se habla de pecado ni mucho menos de arrepentimiento. Todo es un show, todo es traer el mundo a un lugar donde supuestamente se debe enseñar de Jesús. Es lisa y llanamente un adoctrinamiento con base en el entretenimiento. Recuerdo con profunda tristeza el momento en que los adolescentes salían de la discoteca y continuaban la "fiesta" en el templo con las canciones que fomentan la prosperidad económica antes que el perdón de los pecados. Se hablaba de los resultados de la fecha del fútbol argentino y del internacional, de los asados por venir y de los congresos de los súperapóstoles antes de que había habido un Dios hecho hombre entre nosotros que dio Su vida para que hoy podamos ser comprados por Su sangre. Así son estos lugares y yo estaba entre medio de ellos. Ingresé con muchísimos pecados y salí al mundo con muchos más. Tantos son que no podría llegar a contarlos.

No es tarde para poder arrepentirnos, para no seguir cargando siempre con las mismas debilidades y renovar las fuerzas que solo en nuestro Seños Jesucristo son posibles. Todos cometemos errores, pero a todos también se nos da la oportunidad del perdón de Dios y de actuar a la altura de ser un hijo de Dios, haciendo su buena obra y también nosotros perdonando a otros, para que cuando llegue el momento de que Dios decida que es nuestro final, estemos en paz y con la certeza de que en nosotros está la santidad perfecta para poder estar delante del tribunal celestial junto a las ovejas para vida eterna y no con los cabritos para perdición.
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LA JUSTICIA Y YO


"Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del menesteroso." (Proverbios 31:9 RVR1960)

Hoy estuve nuevamente en la sede de la Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires en Mar del Plata con la plena confianza de estar haciendo las cosas correctamente en favor de la salud y el bienestar de mis abuelos. Estoy tranquilo, sabiendo que puedo confiar ciegamente en Dios. Que aunque a veces las cosas parecen salir de la forma que uno no se lo propuso inicialmente, todo está bajo su perfecta voluntad. Esto era algo que hasta hace un tiempo, guiado por doctrinas extrañas y mi malvado corazón, no lograba comprender del todo. Dios es soberano en todo su hacer y yo no tengo ningún tipo de poder especial para torcer ninguna de sus decisiones. ¡Qué se haga Tu (de Dios) voluntad! Fueron las palabras exactas que usó nuestro Señor Jesucristo para enseñarnos como debemos proceder en nuestras oraciones al Padre Celestial (Mateo 6:10 y Lucas 11:2). Tanto tiempo tan claramente en la Palabra y yo lo había pasado por alto (o ignorado) ¡Gloria a Dios porque sigue trabajando en mi vida y perfeccionando lo que estaba (y está) mal ¡Se que soy una persona llena de errores! Hoy soy de los que se sienten "como un gusano" y que tal vez es desaprobado por todos tal como el Rey David escribió alguna vez (Salmos 22:6)

Volviendo al punto inicial de esta entrada, hoy se destaca entonces, el inicio del oficio que muy amablemente me asesoran desde hermanos en Cristo hasta le Defensoría para llevar adelante un recurso contra la falta de cobertura (o falla de ella) que la obra social de mis abuelos (PAMI) mantiene con ellos generando serios trastornos económicos. Así cómo en una entrada anterior remarcaba la buena atención de siempre del personal del Hospital Privado de Comunidad, hoy también lo hago con los administrativos y la abogada que lleva adelante el caso. En un tiempo donde se habla tan mal del proceder de la justicia y donde sólo son "famosos" los malos de la película, nuestro deber es hacer notar a todos, que no siempre es así y que hay de todo y para todos, desde los piadosos, honorables y justos, hasta los estandartes de la corrupción y la injusticia.

Fuente de la imagen: Image by mohamed Hassan from Pixabay
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Mariano Romero Arregin

¡Hola! Mi nombre es Mariano — Un hombre común y corriente escribiendo sobra la vida. Soy primeramente CRISTIANO. En lo profesional, soy productor agrícola, promotor agroecológico en un cultivar de frutas finas, fermentista y cuando tengo algo de tiempo (y dinero especialmente) un viajero amateur. Además, aquí estoy compartiendo mis historias familiares, mi amor por la vida en los cultivos, la naturaleza, la tecnología y el ocio en general.

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