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¡FELICES PASCUAS 2026! - С праздником Светлой Пасхи 2026!

Cristo ha resucitado

El arribo a la luz de la Pascha

Tras cuarenta días de navegación por las aguas de la Gran Cuaresma, finalmente divisamos el puerto. El mar del ayuno y la introspección queda atrás, no porque el viaje haya terminado, sino porque ha alcanzado su destino final: la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

En la tradición ortodoxa, esta no es una fecha más en el calendario; es el eje sobre el cual gira la existencia. Hemos dejado atrás las tinieblas de la Pasión para ser bañados por la luz del Octavo Día, aquel que no conoce ocaso.

Esa luz no es solo una metáfora: cada año, el milagro del Fuego Santo brota del Santo Sepulcro en Jerusalén para recordarnos que la victoria de Cristo es real y tangible. Desde esa llama que no quema y que se reparte de mano en mano, encendemos nuestras propias velas, pasando el fuego de un corazón a otro hasta iluminar cada rincón del mundo. Es el recordatorio de que ninguna oscuridad es lo suficientemente densa para apagar la presencia de Dios entre nosotros.

El ayuno se transforma hoy en banquete, y el silencio del desierto en el grito jubiloso que resuena en todo el universo:

¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado! (Christos Anesti! Alithos Anesti!)

Como mero capitán de esta bitácora, celebro con ustedes que la muerte ha sido vencida. Que la alegría de esta Santa Pascha inunde sus vidas, recordándonos que, tras toda tormenta y sacrificio, la Luz siempre tiene la última palabra.

¡Feliz y bendecida Pascua de Resurrección!

Путевой дневник веры: Прибытие к Свету Пасхи

После сорока дней плавания по водам Великого поста мы, наконец, увидели порт. Море поста и самопознания осталось позади не потому, что путешествие закончилось, а потому, что оно достигло своей конечной цели: Воскресения Господа нашего Иисуса Христа.

В православной традиции это не просто дата в календаре; это ось, вокруг которой вращается само бытие. Мы оставили позади тьму Страстей, чтобы омыться светом Восьмого дня — того, который не знает заката.

Этот свет — не просто метафора: каждый год чудо Благодатного огня исходит от Гроба Господня в Иерусалиме, напоминая нам, что победа Христа реальна и осязаема. От этого неопаляющего пламени, передаваемого из рук в руки, мы зажигаем свои свечи, передавая огонь от сердца к сердцу, пока он не осветит каждый уголок мира. Это напоминание о том, что никакая тьма не может быть настолько густой, чтобы погасить присутствие Бога среди нас.

Пост сегодня превращается в пир, а тишина пустыни — в ликующий крик, резонирующий во всей вселенной:

Христос Воскресе! Воистину Воскресе!

Как скромный капитан этого дневника, я праздную вместе с вами победу над смертью. Пусть радость этой Святой Пасхи наполнит ваши жизни, напоминая нам, что после каждой бури и жертвы последнее слово всегда остается за Светом.

Счастливой и благословенной Пасхи Христовой!

— Fin del comunicado del capitán—

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LA GRAN ESTAFA DEL DISPENSACIONALISMO

The Israel flag alongside the Union and Ulster flags in Broughshane.The Israeli flag is flown by loyalists occasionally.

El dispensacionalismo y el sionismo cristiano

Cómo una teología inventada en el siglo XIX se convirtió en el soporte ideológico de una de las agendas geopolíticas más cuestionables de la historia moderna

Pocas construcciones teológicas han tenido tanto impacto en la política mundial como el dispensacionalismo y su hijo predilecto, el sionismo cristiano. Lo que comenzó como una curiosa interpretación bíblica en los salones del siglo XIX en Inglaterra y Estados Unidos se ha convertido en una poderosa maquinaria ideológica capaz de movilizar a decenas de millones de creyentes detrás de objetivos geopolíticos muy concretos, ajenos por completo al mensaje original del Evangelio.

Este artículo no fue escrito para atacar la fe sincera (aunque totalmente desviada) de quienes sostienen estas creencias. Muchos de ellos son personas de buena voluntad que creen genuinamente estar siguiendo la voluntad de Dios. Lo que aquí se analiza es el sistema de ideas en sí mismo: sus orígenes, sus inconsistencias teológicas, sus consecuencias históricas y el servicio ideológico que presta a determinados intereses políticos y económicos. La pregunta central que guía estas páginas es sencilla pero poderosa: ¿Cómo fue posible que una teología construida en el siglo XIX lograra convencer a millones de cristianos de que apoyar a un Estado moderno secular es un mandato divino, y que hacerlo es la condición para recibir bendición de Dios?

Los orígenes del dispensacionalismo: Una invención muy reciente

concierto pseudocristiano

John Nelson Darby y los hermanos de Plymouth 

El padre del dispensacionalismo moderno es el pastor irlandés John Nelson Darby (1800-1882), figura clave de los llamados Hermanos de Plymouth, un movimiento evangelista disidente que surgió en las islas británicas en torno a la década de 1820. Darby desarrolló un sistema hermenéutico completamente novedoso para interpretar la Biblia: dividió la historia de la redención humana en siete "dispensaciones" o períodos distintos, en cada uno de los cuales Dios relacionaría con la humanidad según reglas diferentes.

La innovación más radical de Darby fue la distinción tajante entre Israel y la Iglesia. Para él, las promesas del Antiguo Testamento a Israel eran literales y físicas, destinadas a cumplirse en el pueblo judío étnico. La Iglesia, por su parte, era un "paréntesis" en el plan divino, un accidente histórico provocado por el rechazo de los judíos a su Mesías. Una vez que la Iglesia fuera arrebatada (el famoso "Rapto"), Dios retomaría su programa con Israel.

Esta distinción Israel-Iglesia es absolutamente novedosa en la historia cristiana. Ningún Padre de la Iglesia, ningún concilio ecuménico, ningún teólogo medieval y ni siquiera los reformadores del siglo XVI sostuvieron semejante separación. Agustín de Hipona, Tomás de Aquino,  hasta incluso Martín Lutero, Juan Calvino, todos ellos interpretaron que la Iglesia era el Israel espiritual, heredero de las promesas del Antiguo Testamento. 

La biblia Scofield: El vehículo de la difusión masiva de la herejía 

Las ideas de Darby habrían permanecido como curiosidad de nicho si no fuera por un instrumento editorial decisivo: la Biblia de Referencia Scofield, publicada en 1909 por la Oxford University Press y revisada en 1917. Su autor, Cyrus Ingerson Scofield, un abogado y predicador estadounidense de historia personal bastante turbia, tomó las ideas de Darby e insertó sus propias notas explicativas directamente en el texto bíblico.

El genio maligno de este formato fue que miles de lectores leían las notas de Scofield como si fueran parte del texto sagrado. La separación tipográfica entre texto bíblico inpirado y comentario humano se fue borrando en la mente de los lectores. La interpretación dispensacionalista quedó fijada como si fuera la única lectura posible y ortodoxa de la Escritura. La Biblia Scofield se convirtió en uno de los libros religiosos más vendidos de la historia en el mundo angloparlante. Su influencia en los seminarios evangélicos y las megaiglesias del siglo XX fue absolutamente determinante, hasta el punto de que hoy millones de creyentes dan por sentado que el dispensacionalismo es la teología cristiana histórica, ignorando que es una invención reciente sin respaldo en la gran tradición de la Iglesia.

Los pilares doctrinales y sus problemas teológicos 

El dispensacionalismo descansa sobre varios pilares doctrinales que, examinados con rigor, muestran serias grietas tanto en su base bíblica como en su coherencia interna.

El "Rapto" Pre-Tribulacional: Una Doctrina sin Historia 

Uno de los dogmas más populares del dispensacionalismo es la doctrina del Rapto: la idea de que antes de un período de gran tribulación, Jesús regresará secretamente para arrebatar a la Iglesia del mundo. Los creyentes serían físicamente levantados hacia el cielo, desapareciendo de la tierra, mientras el resto de la humanidad queda atrás para enfrentar el juicio.

Esta enseñanza, que ha generado una industria editorial multimillonaria (la serie de novelas "Left Behind" ha vendido más de 65 millones de ejemplares), no aparece formulada de manera explícita en ningún documento cristiano anterior a Darby. La referencia bíblica principal utilizada para defenderla, 1 Tesalonicenses 4:17, ha sido interpretada de manera muy diferente por la inmensa mayoría de comentaristas a lo largo de la historia, como una descripción metafórica del encuentro glorioso con Cristo en su Segunda Venida definitiva.

La doctrina del Rapto pre-tribulacional fue prácticamente desconocida en el cristianismo antes de 1830. Toda la tradición cristiana ortodoxa, tanto la Iglesia Ortodoxa como la Latina y los principales autores de la reforma, enseñaron que la Iglesia atravesaría la tribulación y no sería "escapada" de ella.

Algunos investigadores han señalado que Darby pudo haber tomado la idea de una niña escocesa de quince años, Margaret MacDonald, quien en 1830 tuvo una visión que describía un rapto en dos etapas. Sea cual sea su origen exacto, lo cierto es que se trata de una novedad doctrinal sin precedentes en dos mil años de cristianismo.

La literalización selectiva y arbitraria 

El método hermenéutico dispensacionalista se basa en una literalización de las profecías del Antiguo Testamento referidas a Israel. Sin embargo, esta literalización es profundamente selectiva. Los profetas israelitas prometieron a su pueblo una tierra "desde el río de Egipto hasta el gran río Éufrates" (Génesis 15:18), paz perpetua y prosperidad material. Si el dispensacionalismo fuera coherente en su literalismo, debería esperar el cumplimiento de todas estas promesas al pie de la letra.

Pero hay un problema mayor: las mismas promesas están condicionadas en el texto bíblico a la obediencia del pueblo. El Deuteronomio es meridianamente claro: si Israel abandona la alianza con Dios, perderá la tierra y sufrirá el exilio. El dispensacionalismo resuelve esta dificultad proclamando que las promesas son "incondicionales", una lectura que requiere ignorar sistemáticamente pasajes enteros del Pentateuco y los profetas.

Además, el mismo sistema que literaliza las promesas a Israel espiritualiza las bendiciones destinadas a la Iglesia. Cuando los profetas hablan de la nueva creación, la paz universal o la renovación del templo, se interpreta en clave simbólica. Pero cuando hablan de territorio o de un Estado judío, se interpreta de manera física y literal. Esta asimetría hermenéutica no obedece a criterios textuales objetivos, sino a las conclusiones teológicas previas que se quieren defender.

La ruptura con la eclesiología del Nuevo Testamento 

El Nuevo Testamento presenta de manera consistente a la Iglesia no como un "paréntesis" en el plan divino, sino como su culminación. Pablo escribe en Efesios que el misterio escondido por siglos fue revelado: que en Cristo tanto judíos como gentiles son coherederos del mismo cuerpo (Efesios 3:6). El libro del Apocalipsis describe a la comunidad mesiánica como las verdaderas "doce tribus" y las "ciento cuarenta y cuatro mil" sellados, en un lenguaje claramente simbólico que apunta a la Iglesia universal.

La carta a los Hebreos, por su parte, presenta el sacerdocio de Cristo como el cumplimiento y la superación del sacerdocio levítico. El templo, los sacrificios, el año jubilar: todo encuentra su cumplimiento en el Mesías. El dispensacionalismo, paradójicamente, da marcha atrás y afirma que el templo físico será reconstruido, los sacrificios reanudados y el sistema levítico restaurado. Esto implica, como señaló el teólogo O. Palmer Robertson, un retroceso teológico que contradice el argumento central de la carta a los Hebreos.

El sionismo cristiano: La consecuencia política de la estafa teológica

Mujer palestina

El sionismo cristiano es la aplicación política del dispensacionalismo. Si las promesas a Israel son literales e incondicionales, si el Estado de Israel moderno es el cumplimiento de la profecía bíblica, entonces apoyar a dicho Estado se convierte en un imperativo religioso. La bendición o maldición de las naciones depende de su actitud hacia Israel, según la reinterpretación dispensacionalista de Génesis 12:3.

El imperio de los profetas de megáfono 

El sionismo cristiano ha encontrado en los medios de comunicación modernos su herramienta perfecta de difusión. Predicadores de enorme audiencia como John Hagee, fundador de Christians United for Israel (CUFI), que reúne a millones de miembros, han construido verdaderos imperios mediáticos y de recaudación basados en esta teología.

CUFI, fundada en 2006, es considerada hoy el mayor grupo pro-Israel de Estados Unidos, con más influencia en algunos círculos políticos que incluso el AIPAC tradicional. Sus miembros presionan sistemáticamente al Congreso estadounidense para que adopte políticas favorables al Estado de Israel sin condiciones, incluyendo la oposición a cualquier proceso de paz que implique concesiones territoriales.

El mensaje de estos predicadores tiene una coherencia interna que lo hace seductor: si vas a bendecir a Israel, serás bendecido; si lo maldices, serás maldecido. Cualquier presión diplomática sobre Israel se convierte así en un acto de desobediencia a Dios con consecuencias catastróficas. La política exterior estadounidense queda refrendada teológicamente.

La alianza con el sionismo secular 

Una de las paradojas más llamativas del sionismo cristiano es la alianza que establece entre evangélicos fundamentalistas profundamente religiosos y el sionismo político, que es en su origen un movimiento laico e incluso en algunos casos abiertamente anticlerical. Theodor Herzl, el padre del sionismo moderno, era un intelectual de cultura vienesa que no escondía su alejamiento del judaísmo tradicional. El proyecto sionista del siglo XIX fue esencialmente secular, nacionalista y culturalmente europeo.

Los rabinos ortodoxos de la época rechazaron mayoritariamente el sionismo por considerarlo una usurpación del mesianismo divino mediante medios puramente humanos y políticos. Paradójicamente, los que más entusiastamente apoyaron el proyecto de un Estado judío en Palestina fueron los evangélicos protestantes anglosajones, motivados por su propia interpretación teológica, no por el bien de los judíos.

El interés del sionismo cristiano en el Estado de Israel no es el bienestar del pueblo judío, sino el uso de Israel como instrumento en un escenario escatológico donde los propios judíos son actores de un drama que culmina con su conversión masiva o su destrucción. Es, en el fondo, una forma de antisemitismo teológico disfrazado de amor por Israel.

Esta observación no es de teólogos progresistas: es la conclusión de numerosos pensadores judíos que han examinado el fenómeno con detenimiento y han señalado el componente utilitario y potencialmente inquietante de este supuesto amor cristiano por Israel.

Las consecuencias sobre el conflicto palestino 

Ver: PALESTINA LIBRE: UN GRITO POR LA JUSTICIA

El sionismo cristiano tiene consecuencias políticas muy concretas y muy graves. Al sacralizar las fronteras del Estado de Israel y declarar cualquier compromiso territorial como una traición al plan divino, actúa como un factor de bloqueo sistemático en cualquier intento de solución negociada del conflicto israelí-palestino.

Los palestinos, en su gran mayoría, desaparecen de la ecuación teológica dispensacionalista. Sus derechos, su historia, su presencia en la tierra durante siglos: todo ello queda invisibilizado ante la narrativa del cumplimiento profético. Que entre los palestinos haya una de las más antiguas comunidades cristianas del mundo, heredera directa de la Iglesia apostólica, no conmueve en absoluto a los sionistas cristianos de Texas o de Georgia.

Las iglesias Ortodoxas, armenia, siriaca, maronita, latina y otras tradiciones que han habitado la tierra santa de manera ininterrumpida desde los tiempos de los Apóstoles son tratadas como un detalle insignificante frente a la gran narrativa dispensacionalista. Es difícil imaginar una traición más flagrante a las bases fundamentales que el cristianismo proclama.

El conflicto con la teología cristiana histórica

Iconostasio en una Iglesia Ortodoxa

Lo que hace especialmente grave al fenómeno del dispensacionalismo y el sionismo cristiano es su pretensión de ser la teología ortodoxa, cuando en realidad contradice frontalmente siglos de consenso teológico cristiano.

La teología de la sustitución, o más correctamente la "teología del cumplimiento", que es la posición histórica mayoritaria del cristianismo, enseña que las promesas del Antiguo Testamento encontraron su cumplimiento definitivo en Cristo y en la Iglesia, entendida como el Israel espiritual y universal. Esto no implica que los judíos sean odiados o perseguidos, como tristemente a veces ocurrió en la historia. Implica que el proyecto de Dios siempre fue uno: crear un pueblo de todas las naciones, unido en el Mesías.

Esta visión está respaldada por la práctica totalidad de la tradición patrística, por la teología medieval, por la reforma protestante y por la iglesia latina postconciliar. El dispensacionalismo, al contrario, es una ruptura radical con esta tradición, presentada engañosamente como un redescubrimiento de la verdad apostólica.

Las Iglesias Ortodoxas como las no calcedonianas, la iglesia latina, hasta las principales corrientes protestantes, rechazan el sionismo cristiano y el dispensacionalismo como incompatibles con la fe apostólica. El Consejo Mundial de Iglesias ha emitido declaraciones explícitas en este sentido. Son las corrientes evangelicales más recientes, especialmente las iglesias independientes y no denominacionales del mundo anglosajón, las que han adoptado masivamente esta teología.

El problema del dinero y el poder

Intercambio de dinero

Sería ingenuo analizar el fenómeno del sionismo cristiano sin hablar del dinero. Las organizaciones que promueven esta teología manejan presupuestos colosales. John Hagee Ministries y CUFI recaudan decenas de millones de dólares anuales. Una parte significativa de esos fondos se destina a financiar la emigración de judíos de la diáspora a Israel, a apoyar programas de colonización en Cisjordania y a ejercer presión política en Washington.

El ciclo es perfecto: la teología dispensacionalista genera miedo escatológico, el miedo escatológico genera donaciones, las donaciones financian la propaganda política, la propaganda política genera más adhesiones, y las adhesiones producen más donaciones. Las megaiglesias del Bible Belt americano son máquinas de recaudación enormemente eficientes, lubricadas por una teología que convierte el apoyo financiero a Israel en una inversión espiritual con retorno garantizado.

Mientras tanto, los verdaderos beneficiarios de este flujo financiero no son los judíos en general, sino las organizaciones de extrema derecha israelí y los grupos de colonos que actúan de facto como el brazo armado de un proyecto de expansión territorial contrario al derecho internacional.

Conclusiones finales

El dispensacionalismo y el sionismo cristiano representan una de las desviaciones teológicas más exitosas de la historia moderna. Su éxito no se mide en verdad teológica, sino en poder mediático, financiero y político. Han logrado convencer a decenas de millones de personas de que una teología de apenas doscientos años es la verdad eterna del Evangelio, y de que apoyar los intereses de un Estado moderno secular es un acto de obediencia a Dios.

Las consecuencias son devastadoras: en el plano espiritual, distorsionan la comprensión del Evangelio y del papel de la Iglesia; en el plano político, actúan como un factor de bloqueo para la paz y la justicia en Oriente Medio; en el plano eclesiológico, dividen al cuerpo de Cristo al invisibilizar a los hermanos y hermanas en la fe que viven bajo ocupación militar.

El antídoto es el regreso a la fe apostólica, a la teología patrística, a la lectura cristocéntrica de las Escrituras. Es reconocer que Dios no tiene un plan A para Israel y un plan B para la Iglesia, sino un único y grandioso plan de redención para toda la humanidad, culminado en Jesucristo, en quien no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer (Gálatas 3:28).

Reconocer la gran estafa del dispensacionalismo no es un acto de hostilidad hacia nadie. Es un acto de integridad intelectual, de fidelidad histórica y, sobre todo, de amor a la verdad que todo cristiano está llamado a defender, aunque esa verdad resulte incómoda para los poderes establecidos de este mundo.

— Fin del comunicado del capitán—

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METANOIA INTERIOR Y CULTIVOS EN USHUAIA. UN VIAJE AL ALMA Y A LA TIERRA

Nada como tirarse en el campo y levantar la vista al cielo

Hoy no es un día cualquiera. O tal vez sí, pero con una diferencia sutil: por primera vez en mucho tiempo, me detuve a mirar atrás sin que el peso de las culpas me aplastara el pecho. El sol entra tibio por la ventana, y en este silencio de tarde —solo roto por el murmullo de la construcción de mis vecinos— siento que algo se aquieta adentro. Como si, después de años de huir, finalmente me permitiera respirar. 
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EL SUSURRO DE LA MAÑANA

Muchas veces no vemos el milagro que nos rodea

En el susurro de la brisa matutina, encuentro la voz de lo divino, la melodía celestial que acaricia mi alma al despertar. Es un eco suave, pero penetrante, una caricia del universo que me recuerda la mano que me sostiene en cada paso que doy, en cada suspiro que exhala mi ser. A veces, lamentablemente, nos sumergimos en la rutina del día a día y olvidamos la magnitud del milagro que es estar aquí, en este precioso instante de existencia.

Damos por sentado el regalo de la vida, la oportunidad de sentir, de amar, de aprender. No reparamos en la maravilla que significa simplemente ser, y mucho menos en el prodigio de poder compartir esta experiencia, de tener la oportunidad de conectar nuestras almas a través de las palabras, de los sueños, de las historias.

Hasta ayer, éramos como huesos secos en el vasto desierto del pecado, arrastrando nuestras almas sedientas en busca de redención. Algunos de nosotros habíamos caído en la trampa de la idolatría, adorando los efímeros becerros de oro contemporáneos, perdiendo de vista la esencia divina que mora en lo más profundo de nuestro ser. Sí, la idolatría persiste en nuestros días, como un eco distorsionado de aquella antigua adoración que conducía al pueblo de Moisés.

¿Vieron o mejor dicho escucharon a esos que dicen “si yo hubiera vivido en los tiempos de Jesús, seguramente lo habría seguido”? o eso de que, seguramente si habrían existido en la época de los profetas del antiguo testamento, casi con total seguridad de que los hubieran escuchado. En muchos casos dudo de que sea posible tal afirmación y seguramente, si hubiera sido mi caso, estoy totalmente convencido de qué conociéndome, habría sido uno de los que gritaban que crucifiquen a nuestro Señor y suelten al ladrón. Sí, yo soy uno de los que puso a Cristo en esa cruz

Sin embargo, aquí estoy, inmerso en la gracia divina, deleitándome en la suave caricia de la brisa matutina y en los primeros destellos de luz que se filtran a través de mis cortinas. Me sumerjo en la maravilla de respirar, de sentir el latido de la vida que fluye a través de mis venas. Confieso mi amor por Dios, con cada fibra de mi ser, con cada latido de mi corazón, y al mismo tiempo, imploro su misericordia, consciente de mis propias flaquezas y pecados.

Porque sé que soy humano, frágil y falible, propenso a tropezar en el camino, a perderme en la oscuridad de mis propias debilidades. Pero también sé que en cada caída, en cada error, hay una oportunidad para levantarme, para aprender, para crecer en la luz del amor divino.

Así que hoy, en medio de este nuevo amanecer, elijo abrazar la gracia que me rodea, el regalo de la vida que se despliega ante mis ojos. Me comprometo a caminar con humildad y gratitud, consciente de la presencia divina que guía mis pasos, que me sostiene en cada desafío, que me susurra al oído la melodía eterna del amor incondicional.

Y mientras el sol asciende en el horizonte, iluminando el mundo con su cálido resplandor, yo me sumerjo en la belleza de este instante, en la certeza de que Dios está aquí, en cada suspiro, en cada latido, en cada brizna de hierba que baila al compás de la brisa matutina. Y en ese entendimiento, encuentro paz, encuentro consuelo, encuentro la certeza de que nunca estoy solo, que siempre soy amado, que siempre soy sostenido por el amor infinito del Creador.

Fuente de la imagen: Ver aquí (se abrirá en una nueva ventana)

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NOSOTROS NO CELEBRAMOS HALLOWEEN

¿Calabazas? Mejor para comer

Halloween, esa festividad importada que ha ganado popularidad en muchos lugares del mundo, incluyendo lamentablemente Argentina, es un tema que ha suscitado una serie de opiniones encontradas. Desde mi perspectiva, veo Halloween como una festividad que no forma parte de la identidad argentina ni mucho menos de la identidad cristiana. A lo largo de este extenso texto, exploraré en detalle mis razones para mantener una opinión negativa sobre Halloween en el contexto de Argentina y desde una perspectiva cristiana.

Antes de profundizar en los argumentos en contra de Halloween, es importante comprender el origen de esta celebración y cómo ha evolucionado a lo largo del tiempo. Halloween tiene sus raíces en la antigua festividad celta de Samhain, que marcaba el final del verano y el comienzo del invierno. Los celtas creían que en esta fecha, los espíritus de los muertos volvían a la Tierra, y para protegerse de los espíritus malignos, encendían hogueras y usaban disfraces.

Con la expansión del cristianismo, la Iglesia Católica Romana intentó cristianizar las festividades paganas, y Samhain se fusionó con el Día de Todos los Santos, que se celebraba el 1 de noviembre. De esta manera, la noche anterior a Todos los Santos se convirtió en la víspera de "All Hallows' Eve," lo que finalmente derivó en Halloween.

Sin embargo, el Halloween que conocemos hoy en día tiene sus orígenes en América del Norte. Fue llevado a América por los colonos europeos y se ha convertido en una festividad comercial y culturalmente importante en Estados Unidos, donde la influencia de la industria del entretenimiento, la publicidad y el comercio ha hecho que esta festividad sea celebrada de manera masiva y, en ocasiones, excesiva.

En Argentina, Halloween ha ido ganando terreno en las últimas décadas, especialmente entre los más jóvenes. Pero a pesar de su creciente popularidad, muchos argentinos (incluyéndome por supuesto) se mantienen reacios a adoptarla como parte de su cultura. Aquí es donde comienzan las opiniones negativas sobre Halloween.

Primeramente y desde mi perspectiva como cristiano, Halloween se presenta como una celebración que promueve el culto a lo oculto y lo maligno. La representación de brujas, fantasmas y monstruos puede ser perturbadora y contribuir a una visión distorsionada de lo que es el bien y el mal. En lugar de celebrar la vida y la luz, Halloween se centra en la oscuridad y la muerte. Esta contradicción con los principios cristianos hace que sea difícil para mí, y para muchos cristianos, aceptar Halloween como una festividad inofensiva o divertida.

El énfasis en el aspecto tenebroso y macabro de Halloween también puede ser problemático para algunos padres y profesionales de la educación en Argentina. La exposición a imágenes y temas de terror puede ser inapropiada para niños pequeños y puede contribuir a una cultura de violencia y miedo en lugar de promover valores más positivos y constructivos. Como padre, me preocupa que mis hijos sean expuestos a contenidos que puedan perturbar su mente o que promuevan una visión distorsionada de la realidad. Prefiero fomentar en ellos valores de amor, bondad y respeto por la vida, en lugar de celebrar una festividad que gira en torno al miedo y la muerte.

Otro de los principales argumentos en contra de Halloween en Argentina es que es una festividad ajena a nuestra cultura. Nuestra nación tiene una rica historia de tradiciones y festividades propias, como el Día de la Independencia, el Día de la Revolución de Mayo y el Día de la Tradición (que por cierto hay gente que no tiene idea de cuando es), entre otros. Estas festividades reflejan la identidad argentina y su historia. Halloween, en contraste, es una celebración que no tiene raíces en la cultura argentina y que se ha importado principalmente a través de influencias extranjeras, en particular, de los Estados Unidos.

En esencia, como argentino, veo la adopción de Halloween como una pérdida de la riqueza de nuestras tradiciones y un desvío de nuestra identidad cultural. En lugar de celebrar festividades que nos conecten con nuestra historia y raíces, estamos adoptando una festividad que no tiene ningún vínculo con nuestra tierra ni con nuestra gente. Esto puede llevar a una dilución de nuestra identidad cultural y una adhesión acrítica a lo peor de las modas extranjeras.

Otra cosa absurda de esta "fiesta" es el aspecto comercial que tiene Halloween. Al igual que en muchos otros lugares, varias tiendas y empresas argentinas aprovechan esta festividad para vender disfraces, decoraciones y caramelos, lo que lleva a un aumento irracional de los gastos en una época del año en la que muchas familias argentinas ya no saben cómo seguir económicamente. La crítica al aspecto comercial de Halloween no se limita solo a los gastos. También se argumenta que esta festividad promueve el consumismo y la cultura de lo desechable. 

En resumen, desde mi perspectiva personal, Halloween es una festividad que no forma parte de la identidad argentina ni cristiana. La adopción de Halloween en Argentina se percibe como una pérdida de nuestra rica tradición cultural y un alejamiento de nuestras creencias religiosas. La promoción de lo macabro y lo tenebroso choca con los valores cristianos y puede tener un impacto negativo en la mente de los niños. Además, el aspecto comercial de Halloween puede llevar a un

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PALESTINA LIBRE: UN GRITO POR LA JUSTICIA

Hombre palestino con bandera de Palestina

فلسطين حرة

Hay momentos en que uno no puede seguir escribiendo sobre teología abstracta sin antes mirar lo que está pasando delante de sus ojos. Este es uno de esos momentos.

Quiero ser honesto desde el principio: no escribo esto desde la distancia fría del analista. Lo escribo como cristiano ortodoxo, como alguien que ha abrazado la fe que nació exactamente en esa tierra, entre ese pueblo, en esas calles que hoy están cubiertas de escombros. Lo escribo desde la indignación, sí, pero sobre todo desde el dolor de hermano. Porque lo que está muriendo en Palestina no es solo una causa política. Es parte de mi familia en la fe. Y eso cambia todo.

Quiero hablar específicamente de algo que los medios de comunicación masivos, los debates geopolíticos y hasta gran parte de la solidaridad internacional dejan sistemáticamente en el costado: los cristianos palestinos. Los descendientes directos de la Iglesia apostólica. Los herederos de aquellos sobre quienes descendió el Espíritu Santo en Pentecostés. Los que llevan dos mil años rezando en esa tierra y que hoy están desapareciendo en silencio, sin que casi nadie en el mundo cristiano occidental sienta la necesidad urgente de nombrarlo.

Este artículo es para ellos. Y es también, con toda humildad, un examen de conciencia para los que nos llamamos cristianos y miramos hacia otro lado.

Mis hermanos que el mundo no ve

la iglesia de San Porfirio junto a una mezquita. Ambas atacadas

Cuando me volví a acercar a la fe verdadera después de un tiempo de apostasía, una de las primeras cosas que me impactó fue la comprensión de la Iglesia como cuerpo vivo que trasciende el tiempo y el espacio. No es una institución con sede central y sucursales. Es una comunión de iglesias locales que comparten la misma fe apostólica, la misma Tradición, los mismos sacramentos. Y entre esas iglesias locales están las iglesias palestinas: la Ortodoxa de Jerusalén, la Greco-Católica Melquita, la Siro-Ortodoxa, la Armenio-Apostólica, la Maronita, la Latina.

Son iglesias más antiguas que cualquier denominación moderna occidental. Son comunidades que oran en árabe, en arameo —la lengua de Jesús— y en griego desde antes de que existiera Europa tal como la conocemos. Y son comunidades que están muriendo.

No es una metáfora. Es un hecho demográfico brutal. Antes de 1948, los cristianos representaban alrededor del 20% de la población palestina. Hoy son menos del 2% en los territorios palestinos. La ocupación, el bloqueo, la confiscación de tierras, la imposibilidad de construir un futuro digno han producido una emigración constante que la guerra actual convirtió en desbandada. Mis hermanos en la fe están huyendo de la Tierra Santa. Y el mundo cristiano occidental, demasiado ocupado aplaudiendo al Estado de Israel como cumplimiento de la profecía bíblica, no parece notarlo.

San Porfirio: La Iglesia más antigua bajo las bombas 

La iglesia de San Porfirio en Gaza lleva el nombre del obispo que evangelizó esa ciudad en el año 400 después de Cristo. El edificio actual data del siglo V. Tiene más de mil seiscientos años. Ha sobrevivido invasiones, cruzadas, terremotos, conquistas. Ha sobrevivido a todo.

En octubre de 2023, un misil impactó en su recinto mientras daba refugio a más de cuatrocientas personas desplazadas por los bombardeos. Al menos diecisiete murieron en ese primer ataque. La iglesia fue alcanzada en varias ocasiones más a lo largo de la guerra. Las imágenes que llegaron —el techo derrumbado, las columnas partidas, los fieles rezando entre los escombros— me dejaron sin palabras durante días.

Pienso en esa iglesia con una frecuencia que no esperaba. Pienso en los sacerdotes que siguieron celebrando la Divina Liturgia entre las ruinas. En los feligreses que siguieron comulgando con los misiles cayendo afuera. En esa continuidad de la fe que ninguna bomba ha podido interrumpir en dieciséis siglos. Y me pregunto qué dice eso sobre mi propia fe, que a veces flaquea ante cosas infinitamente menores.

Antes de la guerra había en Gaza entre mil y mil quinientos cristianos. La mitad huyó o murió. Los que quedaron vivieron meses con el equivalente calórico de los prisioneros de un campo de concentración, según comparaciones de la propia ONU. Sus hospitales destruidos. Sus sacerdotes tratando de atender a los heridos sin medicamentos. Sus muertos sin lugar donde enterrarlos con dignidad.

«Esta guerra hará desaparecer a la Iglesia de Gaza.» — Testimonio recogido por organizaciones de apoyo a cristianos en Oriente Medio, 2024.

Belén, el pesebre rodeado de muros 

Belén: La ciudad donde nació Jesucristo. Hoy está rodeada por el muro de separación israelí. No es una imagen poética: es un muro de hormigón de ocho metros de altura que rodea prácticamente toda la ciudad, con torres de vigilancia, que convierte a Belén en lo que muchos —incluidos israelíes críticos— llaman un bantustán, un gueto geográfico.

Los peregrinos que llegan a Belén desde el aeropuerto de Tel Aviv pasan por un control militar. Los betlemitas que quieren visitar Jerusalén —a diez kilómetros de distancia— necesitan permisos especiales que frecuentemente se deniegan. Los jóvenes que estudian en universidades de Cisjordania no pueden cruzar libremente al trabajo. El tejido social, económico y familiar de una comunidad cristiana que lleva dos mil años en ese lugar está siendo desintegrado metódica y sistemáticamente.

La Basílica de la Natividad, Patrimonio de la Humanidad, está intacta. El turismo puede llegar, hacer su foto y volver. Lo que no se fotografía tan fácilmente es la emigración silenciosa de las familias cristianas que van cerrando sus casas una por una, convencidas de que no hay futuro allí para sus hijos. En 1950, los cristianos eran el 85% de la población de Belén. Hoy son menos del 12%.

Taybeh: El último pueblo íntegramente cristiano 

Taybeh es el único pueblo íntegramente cristiano que queda en Cisjordania. Sus habitantes son mayoritariamente ortodoxos y católicos. Tienen una pequeña cervecería artesanal —la única de Palestina— que es a la vez símbolo de resistencia y fuente de orgullo local. Y están siendo asfixiados, lenta pero imparablemente, por la expansión de los asentamientos israelíes que rodean sus tierras. He leído testimonios de familias de Taybeh que describen cómo los colonos cortan sus olivos —árboles de cien, doscientos años, que son la memoria viva de una familia— para ampliar sus tierras. Cómo los caminos que siempre usaron para llegar a sus parcelas son bloqueados de un día para otro. Cómo los jóvenes, sin perspectiva de futuro, emigran a Chile, a Honduras, a Estados Unidos, a cualquier lugar donde puedan vivir con dignidad. Y Taybeh se va vaciando.

Me resulta difícil leer eso sin sentir una rabia que tengo que aprender a transformar en oración. Porque eso también me lo enseñó la fe ortodoxa: que la ira justa no se extingue callándola, sino ofreciéndola. Que el escándalo ante la injusticia puede ser, si se lo lleva correctamente, una forma de amor.

La paradoja que me parte el alma

Scouts cristianos palestinos

Hay una paradoja en todo esto que me parece, honestamente, una de las más dolorosas que he encontrado en mi recorrido por el mundo cristiano contemporáneo. Y es esta: los que más ruidosamente proclaman su amor por Israel, los que llenan estadios cantando bendiciones sobre el Estado judío, los que donan millones de dólares a organizaciones de colonos en Cisjordania —los sionistas cristianos evangélicos— son perfectamente capaces de ignorar que con ese gesto están financiando la destrucción de sus hermanos más antiguos en la fe.

No lo hacen por maldad, probablemente (quiero creer). Lo hacen porque el sistema teológico que habitan —el dispensacionalismo, que ya analicé en detalle en estas páginas— literalmente no tiene lugar para los palestinos en su esquema profético. Israel ocupa el centro del guión escatológico. Los palestinos, incluso los palestinos cristianos, son un dato irrelevante. Un detalle histórico que no afecta la narrativa principal.

Pero hay algo que el dispensacionalismo no puede borrar de los Hechos de los Apóstoles: la primera comunidad cristiana de Jerusalén estaba compuesta en su totalidad por judíos y por habitantes de esa tierra. La Iglesia de Jerusalén —que hoy es la Iglesia Ortodoxa de Jerusalén, gobernada por el Patriarca Teófilo III— es la madre de todas las iglesias. No metafóricamente: literalmente. Toda iglesia cristiana en el mundo, sea ortodoxa, católica, protestante o evangelikal, es hija de esa primera comunidad que rezaba en el Cenáculo y que fue dispersada por la persecución hacia todos los confines del mundo.

Atacar a los herederos de esa comunidad no es un asunto político menor. Es un asunto eclesiológico de primera magnitud. Y que el mundo evangélico occidental pueda hacerlo sin aparente crisis de conciencia dice más sobre el estado de su teología que cualquier debate doctrinal abstracto.

Quien dice que está en la luz y odia a su hermano, está todavía en las tinieblas. El que ama a su hermano permanece en la luz. — 1 Juan 2:9-10

Lo que me enseñó la Tradición de la iglesia sobre el dolor

El cristianismo no es una religión de respuestas fáciles. Nuestra fe tiene una tradición que sabe que el sufrimiento es real, que la historia es oscura, y que la esperanza cristiana no es optimismo naif sino certeza pascual: la certeza de que la muerte no tiene la última palabra, aunque nos quieran hacer creer que sí.

Los Santos Padres de la Iglesia de Oriente conocieron de primera mano la persecución, el exilio, la destrucción de sus comunidades. San Juan Crisóstomo murió en el camino del exilio al que lo condenó la emperatriz Eudoxia. Los Padres del Desierto vivieron en tierras que hoy son Egipto, Siria, Palestina: las mismas tierras donde hoy sus herederos espirituales resisten bajo la bomba y el muro. La teología ortodoxa nació en ese contexto de fragilidad histórica y aprendió a sostener la fe no a pesar del sufrimiento sino dentro de él.

Hay una oración que rezo con frecuencia, parte de las oraciones vespertinas del Typikon: «En paz, oremos al Señor.» En paz. Irenikon. No como descripción de la situación exterior —que puede ser catastrófica— sino como disposición interior. La Iglesia Ortodoxa en Gaza reza en paz. No porque haya paz afuera, sino porque la paz que da Cristo «no es como la que da el mundo» (Juan 14:27). Y ese testimonio, esa capacidad de mantener encendida la llama de la liturgia en medio de los escombros, me parece uno de los signos más poderosos de la fe que conozco.

El Patriarcado de Jerusalén y su testimonio silencioso 

El Patriarcado Ortodoxo de Jerusalén tiene una posición única en el mundo cristiano: es la iglesia madre, la que custodia los Santos Lugares desde los primeros siglos. El Patriarca Teófilo III ha hablado con claridad sobre lo que está ocurriendo, ha pedido alto el fuego, ha denunciado la destrucción de civiles, ha acompañado a su rebaño palestino en el sufrimiento. Sus palabras, sin embargo, apenas llegan a los medios occidentales. Una declaración de un megaevangélico americano sobre Israel recibe cobertura global. Una declaración del Patriarca de Jerusalén sobre sus propios fieles muertos apenas logra una nota al pie.

Esa asimetría no es un accidente de mercado. Es el reflejo de qué voces decide amplificar el sistema mediático y religioso occidental, y cuáles decide silenciar. Y dice mucho sobre qué tipo de cristianismo ha logrado instalarse como referencia hegemónica en la cultura anglófona global.

La Comunión de los Santos como respuesta política 

Hay algo que la doctrina de la comunión de los santos me ha enseñado y que tiene consecuencias muy concretas en este contexto: los muertos de la Iglesia no están ausentes. Están presentes de una manera que supera la muerte física. Los mártires de Gaza —porque hay que llamarlos así: son personas que murieron por el simple hecho de ser quienes eran y de estar donde estaban— son parte del mismo cuerpo del que somos parte todos los que comulgamos en la misma fe.

Eso significa que su muerte no es un dato estadístico. Es una herida en el cuerpo de Cristo. Una herida que no cicatrizará con silencio ni con neutralidad bien administrada. Una herida que pide, como mínimo, ser nombrada.

Y que yo, desde Ushuaia, en el extremo del mundo, tengo que encontrar la manera de cargar. No con culpa paralizante, sino con la responsabilidad activa de quien sabe que forma parte de algo más grande que sí mismo. La Iglesia es un cuerpo. Cuando uno de sus miembros sufre, todos sufren. San Pablo no lo escribió como metáfora edificante: lo escribió como descripción de la realidad.

Lo que se puede hacer desde acá

Mujer con bandera de Palestina

Una de las tentaciones cuando uno se enfrenta a una injusticia de esta escala es el parálisis. ¿Qué puedo hacer yo desde Ushuaia? ¿Qué cambia un artículo en un blog que leen unos cientos de personas? ¿No es todo esto, al final, una forma de sentirse bien con uno mismo mientras el mundo sigue igual? Me hago esas preguntas. Y no tengo respuestas completamente satisfactorias. Pero sí tengo algunas convicciones que me ayudan a no quedarme paralizado.

La primera es que el testimonio importa aunque no cambie resultados visibles. Los profetas de Israel sabían perfectamente que sus denuncias no iban a detener inmediatamente la injusticia que denunciaban. La denunciaban de todas formas, porque el acto de nombrar la verdad tiene valor en sí mismo, independientemente de sus consecuencias inmediatas. Dios les pedía que hablaran, no que ganaran.

La segunda es que la oración no es una alternativa a la acción sino su fundamento. Rezo por los cristianos de Gaza. Por las familias de Belén. Por los sacerdotes que celebran la Liturgia entre escombros. Por los niños que no conocerán otra realidad que la guerra. No sé si esa oración tiene efectos verificables en el plano de la geopolítica. Sé que transforma a quien ora, que ensancha el corazón, que impide que la indiferencia se instale. Y eso ya es algo.

La tercera es que informarse bien y hablar con claridad es, en este contexto, una forma de resistencia. La máquina de desinformación que rodea el conflicto palestino es enorme y sofisticada. Contrarrestarla con análisis honesto, con datos verificados, con la perspectiva que la fe cristiana histórica ofrece sobre este drama, es una contribución modesta pero real. Si este artículo hace que alguien descubra que existen los cristianos palestinos y empiece a preguntar por ellos, habrá valido la pena escribirlo.

Y la cuarta es que la solidaridad concreta es posible aunque sea pequeña. Hay organizaciones que trabajan directamente con los cristianos palestinos: Puertas Abiertas, la Custodia de Tierra Santa, el Patriarcado Ortodoxo de Jerusalén, organizaciones locales de Belén y Ramallah. Apoyarlas económicamente, aunque sea con poco, es poner el cuerpo donde está el corazón.

Abre tu boca por el mudo, por la causa de todos los que son dejados solos. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del necesitado. — Proverbios 31:8-9

Conclusión: Tierra Santa, Tierra que Sangra

Mujer palestina con su bandera bajo un cielo azul

Hay una palabra árabe que los palestinos repiten como oración y como resistencia: Sumud. Significa firmeza. La decisión de quedarse. De seguir siendo, incluso cuando todo conspira para borrarte. El Sumud no es violencia ni rendición: es el simple y tenaz acto de existir cuando el poder quiere que desaparezcas.

Los cristianos palestinos practican el Sumud desde hace dos mil años. Han sobrevivido a los romanos, a los cruzados, a los otomanos, a las guerras del siglo XX. Han mantenido encendida la llama de la fe apostólica en la tierra donde esa fe nació. Han rezado en los mismos lugares donde rezó Jesús, donde predicaron los Apóstoles, donde derramaron su sangre los primeros mártires. Y hoy, en el siglo XXI, siguen rezando. Entre los escombros, bajo las bombas, con los hijos emigrados y los olivos cortados y los muros que rodean sus ciudades.

Eso me interpela de una manera que no me deja tranquilo. Mi fe es la misma fe que ellos custodian desde mucho antes de que yo naciera. La liturgia que aprendo a amar es la liturgia que ellos celebran desde hace veinte siglos. Los Santos Padres que leo en la Filocalia bebieron del mismo manantial espiritual que formó a sus ancestros. Somos, en el sentido más literal y más serio de la palabra, familia.

Y la familia no mira hacia otro lado cuando uno de los suyos está en el suelo.

Palestina libre no es un eslogan. Es el nombre de una justicia pendiente. Es la afirmación de que esos dos millones de personas —esos niños, esas madres, esos ancianos, esos sacerdotes que bendicen entre los escombros— tienen derecho a vivir en su tierra con dignidad, a rezar en sus iglesias sin miedo, a enterrar a sus muertos con paz. Es el reconocimiento de que la Tierra Santa no puede seguir siendo una tierra de muerte para los que la habitaron desde el principio.

Dios escucha el clamor del pobre. Lo dice la Escritura con una insistencia que no deja lugar a dudas. Y si Dios lo escucha, quienes intentamos caminar tras Él no tenemos otra opción que intentar escucharlo también.

En nuestra defensa del pueblo palestino, debemos tener claro que defendemos la justicia, la paz y la reconciliación, no contra ningún grupo en particular. Nuestra fe nos llama a amar a todos, a buscar el bienestar de todos y a luchar por un mundo donde todos puedan vivir en armonía. 

La lucha palestina por la libertad y la justicia es un llamado a nuestra conciencia cristiana, un llamado a encarnar los valores de amor, compasión y justicia que Cristo ejemplificó tan profundamente. Es un recordatorio de que, como cristianos, estamos llamados a ser pacificadores, defensores de los oprimidos y defensores de la reconciliación. Es un llamado a la justicia, un llamado a la paz, un llamado a la dignidad y la libertad de todo ser humano.

Estamos en una posición única para desempeñar un papel vital en esta búsqueda de la justicia y la paz. Obligados a defender a los marginados, a defender a los oprimidos y a trabajar incansablemente por la reconciliación. En Tierra Santa, donde nació nuestra fe son profundas, estamos llamados a ser faros de esperanza, voces de compasión y agentes de cambio.

Recordemos que el mensaje cristiano es de amor, de compasión y de esperanza. Es un mensaje que trasciende fronteras, que une a personas de diversos orígenes y creencias. Es un mensaje que puede traer sanación a un mundo marcado por el conflicto y la división.

Seamos las manos y los pies de Cristo en un mundo que tan desesperadamente necesita su amor.

El camino hacia la justicia y la paz no es fácil, pero vale la pena emprenderlo. Es un viaje que puede conducir a un futuro mejor, un futuro en el que el pueblo de Palestina pueda vivir en libertad y dignidad, en el que pueda prosperar sin las limitaciones impuestas desde el exterior.

En este camino, saquemos fuerzas de nuestra fe, de las enseñanzas de Cristo y de los ejemplos de los santos que nos han precedido. Seamos inquebrantables en nuestro compromiso con la justicia, la misericordia y la reconciliación. Seamos inquebrantables en nuestro compromiso con el pueblo palestino y con todos los que sufren en la búsqueda de la libertad y la dignidad.

Para ayudar a quienes sufren en Gaza, considere hacer una donación a través de la campaña de recaudación de fondos de la Sagrada Orden de San Jorge en Gaza.

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PEREGRINOS EN UN MUNDO HOSTIL

Nuestro paso por la vida terrenal

En el fragor de esta travesía en la que los pasos se deslizan sobre el suelo terrenal, mi corazón late al compás de un propósito divino. Soy un peregrino en un mundo hostil, un caminante en esta senda de luces y sombras, donde la fe es mi brújula y la Palabra de Dios, mi escudo (Efesios 6:16). Las estrellas en el vasto firmamento parecen guiarnos, como lo hicieron con los sabios de oriente en su búsqueda del Niño Jesús (Mateo 2:9), y mi alma anhela un hogar que no puede ser encontrado en este mundo fugaz.

Mis pies están en la tierra, pero mi espíritu se eleva hacia el cielo. Cada paso en este viaje es un recordatorio constante de que somos ciudadanos del cielo, forasteros en la tierra, y nuestra verdadera herencia está en un reino celestial. La tierra que pisamos es un regalo de Dios, pero no es nuestro destino final. Somos peregrinos en este mundo efímero, y aunque las pruebas y tribulaciones puedan ser numerosas, nuestra esperanza en Cristo es inquebrantable (Hebreos 6:19).

Las tentaciones de este mundo hostil nos rodean, como depredadores al acecho de sus presas. En el jardín del Edén, la serpiente susurró mentiras tentadoras a nuestros primeros padres, y desde entonces, el engaño y la tentación se han convertido en compañeros constantes en nuestra peregrinación. El apóstol Pedro advirtió con sabiduría: "Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar" (1 Pedro 5:8).

Sin embargo, no estamos impotentes en medio de este asedio espiritual. Estamos equipados con la armadura de Dios, que nos protege de los dardos del maligno (Efesios 6:11). Nuestra fe es como un escudo que apaga las flechas encendidas del enemigo, y la Palabra de Dios es nuestra espada, lista para ser desenfundada en la batalla espiritual (Efesios 6:17). En cada encrucijada, en cada momento de debilidad, tenemos de nuestro lado la grandiosa obra de Jesús.

Como peregrinos, llevamos en nuestros corazones la certeza de que nuestra lucha no es en vano. Cada batalla es una oportunidad para crecer en la fe y acercarnos más a nuestro Salvador. El apóstol Pablo nos insta a "poner los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe" (Hebreos 12:2). En medio de las adversidades, fijamos nuestra mirada en Aquel que ha vencido al mundo (Juan 16:33) y confiamos en que Él nos fortalecerá para superar cualquier obstáculo en nuestro camino.

Nuestra "instante terrenal" es un testimonio vivo de nuestra devoción a Dios. En un mundo que a menudo se desvía hacia la búsqueda de riquezas materiales y placeres temporales, nosotros elegimos seguir el camino angosto que conduce a la vida eterna (Mateo 7:13-14). Las palabras de Jesús resuenan en nuestros oídos como un llamado constante a la santidad y la fidelidad: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él" (1 Juan 2:15).

La riqueza y el poder terrenal son como espejismos en el desierto, seductores pero vacíos. Las Escrituras nos advierten contra el afán de acumular tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corroen, y los ladrones pueden robar (Mateo 6:19). En cambio, nos instan a acumular tesoros en el cielo, donde nada puede destruirlos y donde nuestro corazón encontrará su verdadera satisfacción (Mateo 6:20).

En medio de este mundo hostil, nuestra fe se fortalece a medida que enfrentamos las pruebas con paciencia y confianza en Dios. El apóstol Santiago nos anima a considerar como "de muy grande gozo" las aflicciones que encontramos, porque producen paciencia y nos perfeccionan (Santiago 1:2-4). Cada dificultad en el camino es una oportunidad para crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 Pedro 3:18).

La esperanza en la recompensa eterna nos sostiene en los momentos de tribulación. En la epístola a los Romanos, el apóstol Pablo escribe: "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse" (Romanos 8:18). Esta promesa nos infunde coraje para seguir adelante, sabiendo que la gloria eterna supera con creces cualquier sufrimiento temporal.

Nuestra peregrinación también es un llamado a la santificación. Como escribió el apóstol Pedro: "sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir" (1 Pedro 1:15). En un mundo que a menudo abraza la inmoralidad y la corrupción, somos llamados a vivir vidas que reflejen la santidad de Dios. Nuestra luz debe brillar en medio de la oscuridad, para que otros vean nuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos (Mateo 5:16, 1 Pedro 2:12, Juan 15:8). También implica llevar la carga de los demás, siguiendo el mandato de amar y servir a nuestros semejantes (Gálatas 6:2, Juan 13:34, 1 Juan 4:21, Santiago 2:8). En una sociedad fuertemente marcada por el egoísmo y la indiferencia, somos llamados a ser la voz de compasión y el brazo de ayuda para aquellos que sufren. En nuestro caminar como peregrinos, recordamos las palabras de Jesús: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22:39). Nuestra fe se manifiesta en el amor que mostramos a los que nos rodean, en la empatía que brindamos a los necesitados, y en la compasión que compartimos con los que sufren.

A lo largo de este camino, también podemos encontramos con momentos de soledad y desánimo. En medio de las pruebas y tribulaciones, es natural sentirnos abrumados en ocasiones. Sin embargo, las Escrituras nos aseguran que no estamos solos. Dios camina a nuestro lado, como lo prometió (Juan 10:10, Juan 8:12, Santiago 1:11) La peregrinación nos lleva a través de paisajes diversos, a menudo marcados por montañas y valles. En los momentos de ascenso, nos aferramos a la esperanza, recordando que el Señor es nuestra fortaleza y salvación (Salmo 28 [27]:1). En los valles oscuros, encontramos consuelo en las palabras de Dios "Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento(Salmo 24 [23]:4). No será un viaje fácil y no estará exenta de momentos de duda y desafío. Como el apóstol Tomás, a veces necesitamos ver para creer (Juan 20:25). Sin embargo, Dios es paciente con nosotros y nos invita a acercarnos a Él con nuestras preguntas y preocupaciones. En momentos de incertidumbre, oramos con esas hermosas palabras: "Señor, aumenta nuestra fe" (Lucas 17:5). La fe es un regalo divino, y confiamos en que Dios nos fortalecerá en nuestro viaje. En esta travesía de fe, ¿Y qué es la fe? La Biblia nos dice que es "la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (Hebreos 11:1). En los momentos de incertidumbre, aferramos nuestras almas a la fe en Dios, recordando que Él es fiel a sus promesas. Como Moisés dijo al pueblo de Israel en su propia peregrinación: "No os dejaré ni os desampararé" (Deuteronomio 31:6, Josué 1:9, Josué 10:25, Isaías 41:10). En los desiertos de la vida, confiamos en que Dios proveerá, como lo hizo con los israelitas en el desierto al darles maná del cielo (Éxodo 16).

Nuestro viaje es un recordatorio constante de que esta vida terrenal es efímera, como una flor que florece por un breve momento y luego se marchita. El salmista escribió: "La vida del hombre es como la hierba; florece como la flor del campo, que se marchita" (Salmo 104 [103]:15-16). Esta perspectiva nos invita a vivir con gratitud y humildad, reconociendo que cada día es un regalo de Dios. También es un llamado a la comunidad y la comunión. Jesús nos animó a congregarnos en su nombre, prometiendo estar presente donde dos o tres se reúnan (Mateo 18:20). En la compañía de otros creyentes, encontramos aliento y apoyo. Nos ayudamos mutuamente a cargar las cargas, oramos unos por otros y compartimos el pan de la comunión en memoria de Cristo.

El apóstol Pablo comparó la iglesia con un cuerpo, donde cada miembro tiene un papel esencial (1 Corintios 12:12-27). En nuestra peregrinación, somos miembros de la misma familia espiritual, unidos por nuestra fe en Cristo. Recordamos las palabras de Jesús: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos con los otros" (Juan 13:35).

Las Santas Escrituras a la luz de las enseñanzas de la Santa Tradición de la Iglesia son la guía en nuestra peregrinación, iluminando nuestro camino y revelando la verdad de Dios. Como el salmista proclamó: "Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino" (Salmo 120 [119]:105). En sus páginas encontramos dirección, consuelo y sabiduría para enfrentar los desafíos del camino.

Todos nosotros estamos es una carrera, como lo expresó el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe" (2 Timoteo 4:7). Esta carrera no es una carrera terrenal, sino una carrera hacia la eternidad. Cada paso que damos, cada decisión que tomamos, nos acerca más a la meta final: la bienaventuranza eterna en la presencia de Dios.

Por nuestro paso, encontramos bendiciones innumerables. Las Escrituras nos aseguran que "todas las cosas cooperan para bien a los que aman a Dios" (Romanos 8:28). A medida que caminamos como peregrinos, reconocemos las bendiciones de la comunión con Dios, la paz que sobrepasa todo entendimiento, y la esperanza que no defrauda.

Nuestra peregrinación es una oportunidad para glorificar a Dios. Como escribió el apóstol Pablo: "Así que, ya comáis, o bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31). En cada paso de nuestro viaje, busquemos honrar a nuestro Creador y reflejar su luz en un mundo que necesita desesperadamente Su amor y verdad.

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ATRAVESANDO LA TORMENTA

Cruzando tempestades

En la vastedad del océano de la vida, a menudo me encontré navegando con un falso sentido de poder y control. Durante mucho tiempo, creí que podía manejar el timón de mi propia existencia, como si fuera el único capitán de este barco que es mi vida. Esta creencia en mi autosuficiencia me llevó a creer que podía dirigir mi nave hacia cualquier destino, sin necesidad de ayuda o guía externa. Pero, como pronto descubriría, esta soberbia visión de mí mismo estuvo a punto de llevarme a la total perdición.

En mi arrogancia, ignoré las advertencias sutiles de muchas de las personas que me rodeaban. Las aguas de la mundanalidad, plagadas de placeres efímeros y tentaciones irresistibles, me llamaban constantemente. Pensé que podía navegar por estas aguas sin ser afectado, que mis propias fuerzas me mantendrían a salvo. Sin embargo, cuanto más me adentraba en estas aguas traicioneras, más me daba cuenta de lo cerca que estaba de perderme en la tormenta.

Fue entonces, cuando las olas amenazadoras comenzaron a sacudir mi barco, que la vida me brindó una lección inestimable. Me recordó, con una fuerza inquebrantable, la importancia de reconocer mis propias limitaciones. En medio de la tempestad, comprendí que mi arrogancia y mi confianza excesiva en mis propias decisiones me habían llevado al borde del abismo.

Ese grito a la consciencia, en su sabiduría inescrutable, me mostró que no podía navegar este mar tumultuoso por mi cuenta. Mis deseos y mi egoísmo eran un timón defectuoso, y mi presunción me había dejado a merced de las tormentas. En ese momento de desesperación, tuve que rendirme. Tuve que decir ¡Hasta acá llegue yo! Fue entonces cuando decidí soltar el timón y buscar a un capitán muchísimo más sabio y poderoso que yo mismo.

En mi búsqueda de guía y protección, encontré a Jesús o mejor dicho... él me buscó primero.. Porque fu Él el que me amó primeramente. Él se convirtió en el capitán de mi alma y el guardián de mi travesía. En sus manos, descubrí la seguridad y la dirección que tanto necesitaba. Cuando confié mi vida a Él, experimenté una paz que sobrepasaba todo entendimiento. Las tormentas, que una vez me aterrorizaban, ahora eran solo desafíos en mi viaje, pruebas de mi fe y oportunidades para crecer.

Jesús me llevó a través de las aguas agitadas, me rescató en los momentos de naufragio y me condujo hacia un puerto seguro. Ese puerto seguro no era solo un destino físico, sino un estado de plenitud y tranquilidad que encontré en su amor y gracia. Me di cuenta de que, con Jesús como mi guía, ya no tenía que temer a las tormentas, porque Él estaba conmigo en cada momento, en cada desafío.

Mi rendición a Jesús no fue un acto de debilidad, sino un acto de sabiduría. Aceptar que no puedo controlarlo todo me liberó de la ansiedad y el temor constante. Aprendí a decir, con humildad y confianza, "¡Sí, Señor! ¡Que se haga tu voluntad!" en lugar de tratar de imponer la mía sobre todas las circunstancias de la vida.

Con Jesús como mi guía, cada día se convirtió en un viaje de fe. Aprendí a confiar en que Él me llevaría exactamente donde necesitaba estar, incluso cuando los vientos y las corrientes parecían contrarios a mis deseos. Mi fe se fortaleció con cada desafío superado, con cada obstáculo sorteado y con cada momento en el que su presencia fue mi única certeza.

Cristo, con su amor incondicional, se convirtió en mi faro en la oscuridad. Su luz me iluminaba en los momentos más oscuros, cuando todo parecía perdido. Su amor, que no conoce límites, se convirtió en mi refugio en medio de la adversidad. A través de Él, encontré la esperanza y la fuerza para seguir adelante, incluso cuando la vida se volvía más difícil.

Me enseñó que la verdadera fortaleza no reside en la arrogancia ni en el control, sino en la humildad y la confianza en algo más grande que yo mismo. Descubrí que, en lugar de resistir las olas y luchar contra las corrientes, podía descansar en los brazos de Jesús y permitir que Él dirigiera mi camino. En esa confianza, encontré una paz que nunca había experimentado antes.

Hoy, estoy seguro de que no importa cuán agitado esté el mar de mi etapa de vida terrenal, con Jesús como mi guía, siempre llegaré a un puerto seguro. Cada día es una oportunidad para aprender de Él, para crecer en mi fe y para experimentar la gracia y el amor que fluyen desde Su corazón.

Mi vida ya no es un intento desesperado de controlar mi destino, sino un viaje de confianza y entrega. Cada desafío es una oportunidad para recordar que no estoy solo, que tengo un Capitán que cuida de mí en cada paso del camino. En Jesús, encontré un amor que nunca falla, una dirección que nunca se pierde y una paz que trasciende las tormentas.

Así que, en este viaje de la vida, continúo diciendo "¡Sí, Señor!" A cada desafío, a cada giro inesperado y a cada nueva lección que se presenta. Con Jesús como mi guía, no temo el futuro, porque sé que mi destino está en manos seguras.

Que esta historia de rendición y confianza te inspire a reflexionar sobre tu propio viaje. A veces, soltar el timón y confiar en algo más grande que uno mismo es el camino hacia la verdadera paz y realización. Jesús espera con los brazos abiertos para ser el Capitán de tu vida, guiándote hacia un puerto seguro de amor, gracia y propósito. ¿Te atreves a decir "¡Sí, Señor!" y embarcarte en esta maravillosa travesía de fe?

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LA IMPORTANCIA DEL TRABAJO. UNA PERSPECTIVA CRISTIANA

En la sociedad, el trabajo y la productividad se han convertido en elementos fundamentales que definen nuestras vidas. El rechazo a la procrastinación y un enfoque cristiano sobre la dignidad que otorga el poder trabajar son temas cruciales en este artículo que les quiero escribir. Además, la Biblia nos proporciona valiosas enseñanzas sobre el deber del trabajo y la responsabilidad de aportar a nuestras casas. Exploremos juntos esto de la "cultura del trabajo" en contraposición a la "cultura de la vagancia" y abordemos el tema de aquellos que dependen de las migajas del estado.

El Valor del Trabajo en la Sociedad Actual

El trabajo es una parte integral de la vida de las personas en la sociedad moderna. No solo proporciona los recursos necesarios para vivir, sino que también desempeña un papel importante en la formación de la identidad y la autoestima. Cuando somos productivos y contribuimos a la sociedad a través del trabajo, experimentamos un sentido de logro y satisfacción que va más allá de la mera compensación económica. Este sentimiento de realización es crucial para nuestra salud mental y emocional.

La procrastinación, por otro lado, es un obstáculo importante para la productividad. El aplazamiento constante de tareas puede conducir a una pérdida significativa de tiempo y oportunidades. En lugar de procrastinar, es esencial cultivar hábitos de trabajo efectivos que nos permitan ser más productivos y alcanzar nuestros objetivos de manera eficiente.

El Enfoque Cristiano sobre el Trabajo

Desde una perspectiva cristiana, el trabajo adquiere un significado adicional. La Biblia nos enseña que el trabajo es una bendición y un deber. En el libro de Génesis, Dios le dijo a Adán que debía "cultivar el jardín y cuidarlo" (Génesis 2:15). Este mandato divino establece claramente que el trabajo es una parte integral de la existencia humana y que tiene un propósito más allá de la mera supervivencia.

El trabajo también se considera una forma de servir a Dios y a los demás. En Colosenses 3:23-24, se nos insta a trabajar "de buena gana, como para el Señor y no para los hombres". Esto significa que nuestras actividades laborales deben realizarse con integridad, ética y un corazón dispuesto. Al hacerlo, honramos a Dios y contribuimos al bienestar de la comunidad en general.

En su segunda carta a los Tesalonicenses, en el capítulo 3 versículos del 10 al 11, el apóstol Pablo hace una fuerte advertencia: "Cuando estuvimos con ustedes, les dimos esta regla: El que no quiere trabajar, que tampoco coma. Pero hemos sabido que algunos de ustedes llevan una conducta indisciplinada, muy ocupados en no hacer nada" Se ve que la ociosidad y las ganas de ser mantenidos no es algo exclusivo de nuestra generación. 

El Deber del Trabajo y la Responsabilidad Familiar

La Biblia también establece la responsabilidad de trabajar y proporcionar para nuestra familia. En 1 Timoteo 5:8, se dice: "Si alguien no provee para los suyos, y especialmente para los de su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo". Este pasaje subraya la importancia de cuidar a nuestra familia y cumplir con nuestras responsabilidades económicas.

Cuando rechazamos el deber de trabajar y mantener a nuestras familias, no solo estamos desobedeciendo un mandato bíblico, sino que también estamos socavando la estabilidad y el bienestar de nuestros seres queridos. El trabajo dignifica y proporciona los medios para brindar seguridad y comodidad a nuestras familias.

La Cultura del Trabajo vs. la Cultura de la Vagancia

En la sociedad actual, existen dos corrientes de pensamiento opuestas en lo que respecta al trabajo y la productividad: la cultura del trabajo y la cultura de la vagancia. La cultura del trabajo valora el esfuerzo, la disciplina y la contribución activa a la sociedad. Fomenta la autosuficiencia y la responsabilidad personal.

Por otro lado, la cultura de la vagancia promueve la dependencia del estado y la idea de que se puede vivir cómodamente sin trabajar. Esto a menudo lleva a la creación de programas de asistencia social excesivamente generosos que pueden fomentar el clientelismo, donde las personas dependen del gobierno en lugar de buscar activamente oportunidades de empleo.

El Peligro del Clientelismo

El clientelismo es un fenómeno en el cual los políticos distribuyen beneficios y recursos a cambio de apoyo electoral. Esto puede incluir programas de asistencia social excesivamente generosos que desincentivan el trabajo y perpetúan la dependencia del estado. Esta práctica socava el principio fundamental del trabajo como una bendición y un deber, ya que crea un sistema en el que algunas personas eluden sus responsabilidades laborales en busca de beneficios gubernamentales.

El clientelismo también puede dar lugar a una cultura de la corrupción y la deshonestidad, ya que las personas pueden sentir que deben favores políticos para recibir ayuda del gobierno. Esto erosiona la confianza en las instituciones gubernamentales y en la sociedad en su conjunto.

Palabras Finales

La importancia de trabajar y ser productivo no puede subestimarse. Desde una perspectiva cristiana, el trabajo es un deber y una bendición que nos permite servir a Dios y a los demás. Además, la responsabilidad de cuidar a nuestras familias es un mandato bíblico que no debe pasarse por alto.

En contraposición a la cultura de la vagancia y el clientelismo, debemos promover una cultura del trabajo basada en la integridad, la responsabilidad y la autosuficiencia. Esto no solo fortalecerá a las personas y a la sociedad en su conjunto, sino que también honrará los principios cristianos que subrayan la dignidad y el propósito del trabajo. Recordemos siempre las palabras de 2 Tesalonicenses 3:10: "Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma". El trabajo es una bendición que debemos abrazar con gratitud y diligencia.

Es importante reconocer que existen circunstancias legítimas en las que algunas personas no pueden trabajar debido a razones de salud, discapacidades, situaciones familiares difíciles o desafíos socioeconómicos extremos. En tales casos, la compasión y la solidaridad son fundamentales. La sociedad debe proporcionar un sistema de apoyo y asistencia adecuado para garantizar que estas personas reciban el sustento necesario. Esto no significa que estas personas estén exentas del deber de contribuir en la medida de sus posibilidades, ya que pueden encontrar formas alternativas de servir a la comunidad o participar en actividades voluntarias según sus capacidades. La caridad y el apoyo mutuo son valores igualmente importantes en una sociedad que valora el trabajo y la dignidad de cada individuo.

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EL PROBLEMA DEL DOLOR - CS LEWIS

C.S. Lewis

“El dolor insiste en ser atendido. Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor; el dolor es su megáfono para despertar a un mundo sordo.”

C.S. Lewis (mi escritor favorito de todos los tiempos) tenía una habilidad prodigiosa para escribir. De niño "Las Crónicas de Narnia" me cautivaron hacia un mundo donde la fantasía superaba a la realidad. Años después, la "Trilogía cósmica" me hizo luchar a favor de la salvación de la tierra (Thulcandra) en las duras batallas entre las fuerzas del bien y del mal.

A lo largo de mi vida, las palabras de este legendario escritor, llegaron para llenar espacios es búsqueda de obras maestras de la literatura. Hoy con "El problema del dolor", se los recomiendo

Ahora bien, antes de sumergirnos en el vasto océano de las palabras de Lewis, permíteme compartir contigo algunos detalles sobre la vida de este célebre escritor. Clive Staples Lewis, conocido familiarmente como Jack, nació el 29 de noviembre de 1898 en Belfast, Irlanda del Norte. Fue un hombre de múltiples talentos, destacándose como novelista, ensayista y académico. Lewis también fue reconocido como un ferviente defensor del cristianismo, y sus obras exploran temas teológicos y filosóficos con gran profundidad.

El camino de Lewis hacia la fama literaria comenzó cuando obtuvo una beca para estudiar en Oxford. Allí se unió a un círculo de intelectuales conocido como los "Inklings", donde compartía su pasión por la escritura con figuras como J.R.R. Tolkien. Este grupo se convirtió en un espacio de debate y apoyo mutuo, que influyó significativamente en las obras de Lewis.

Ahora, adentrémonos en las páginas del Problema del Dolor. En esta obra, Lewis examina el dolor desde diferentes perspectivas, confrontando tanto las explicaciones filosóficas como las teológicas. Se sumerge en el enigma que representa el sufrimiento humano y se pregunta cómo reconciliar la existencia de un Dios benevolente con un mundo lleno de dolor y aflicción.

Lewis nos invita a reflexionar sobre el dolor como una señal de advertencia, una llamada a la atención que nos alerta sobre la necesidad de corregir ciertas acciones o situaciones en nuestras vidas. Asimismo, plantea que el dolor puede ser un medio para el crecimiento y la transformación personal, ya que a menudo nos impulsa a buscar respuestas y encontrar un sentido más profundo en nuestra existencia.

Sin embargo, Lewis también se enfrenta al desafío de reconciliar el dolor inmerecido, aquel sufrimiento que parece no tener ninguna razón aparente o que recae sobre personas inocentes. Aquí es donde la paradoja se hace más evidente, y Lewis plantea que el libre albedrío humano, junto con las leyes naturales del universo, pueden generar consecuencias dolorosas incluso sin una intención divina directa.

A través de su perspicacia y su inigualable estilo literario, Lewis nos lleva de la mano en un viaje profundo y revelador. Nos enseña que el dolor es una parte intrínseca de la experiencia humana y que la búsqueda de significado y redención es fundamental para superar las pruebas que la vida nos presenta.

El Problema del Dolor nos invita a confrontar nuestras propias creencias y a cuestionar nuestra comprensión del sufrimiento. Lewis nos anima a encontrar consuelo en la fe y a confiar en un plan más grande, incluso cuando nuestras mentes no puedan comprender plenamente el propósito detrás de los sufrimientos que enfrentamos.

A medida que avanzamos en la lectura de esta obra magistral, descubrimos que CS Lewis no busca ofrecer respuestas definitivas, sino más bien abrir un espacio de diálogo y reflexión. Nos desafía a explorar nuestras propias experiencias de dolor y a considerar cómo estas pueden moldear nuestra visión del mundo y nuestra relación con lo divino.

El estilo literario de Lewis, caracterizado por su elegancia y su profundo conocimiento de la condición humana, nos cautiva página tras página. Su capacidad para tejer palabras con delicadeza y claridad nos envuelve, invitándonos a adentrarnos en los recovecos de la existencia y a confrontar nuestros propios miedos y limitaciones.

Mientras exploramos el camino del dolor a través de los ojos de Lewis, podemos vislumbrar su propia travesía personal. A lo largo de su vida, Lewis enfrentó adversidades y pérdidas significativas, como la muerte de su madre en su infancia y las secuelas traumáticas de la Primera Guerra Mundial. Estas experiencias, sumadas a su aguda sensibilidad y su profunda fe, sin duda influyeron en su capacidad para abordar el tema del dolor con tanta empatía y sabiduría.

Es importante destacar que el legado literario de CS Lewis va más allá del Problema del Dolor. Obras como Las Crónicas de Narnia o El Gran Divorcio han dejado una huella imborrable en la literatura universal y han inspirado a generaciones de lectores con sus mensajes poderosos y sus mundos imaginativos. Mas adelante me gustaría reseñar todas estas obras maestras

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EL VIVIR ES CRISTO Y EL MORIR GANANCIA


Texto basado en Filipenses 1:21

Suena tan profundo y misterioso, pero al mismo tiempo, tan simple y claro. Permíteme llevarte a un viaje hacia su significado. Vieron, voy a hablar sin voceo para parecer más internacional 😅

Imaginate digo... Imagina un hermoso atardecer, donde los rayos del sol pintan el cielo de colores cálidos y hermosos ¡Cómo me gustan esos tonos anaranjados sobre el mar! En ese momento, te das cuenta de que estás vivo, respirando el aire fresco y sintiendo cómo tu corazón late en tu pecho. Eso es vivir, eso es la vida para la mayoría de los seres humanos. Pero, ¿Qué es lo que realmente le da significado a esta existencia terrenal?

Aquí es donde Cristo entra en escena Aunque seamos honestos Él ha estado allí siempre. Él es el centro, el epicentro de todo. Él es la razón por la que cada amanecer trae nueva esperanza y cada caída de la noche trae paz. Cristo es amor y compasión, es la fuerza que nos impulsa a amar a los demás y a encontrar un propósito más allá de nosotros mismos.

Cuando vivimos en sintonía con Cristo, nuestras acciones reflejan su amor. Nos convertimos en sus manos y pies en este mundo, extendiendo su gracia a aquellos que nos rodean. Nuestros corazones se llenan de alegría cuando podemos ser un canal de bendición para otros. En ese sentido, "el vivir es Cristo" se convierte en una forma de vida, un recordatorio constante de que estamos aquí para servir y amar.

Sin Él realmente estamos muertos en vida, igual a los zombis de los dibujos animados o los videojuegos. Somos huesos secos caminando por un valle sin un rumbo.

Piensa en Cristo, en todo lo que Él representa. Su amor incondicional, su sacrificio por la humanidad. Cuando nos sumergimos en ese amor y nos entregamos por completo a Él, encontramos la verdadera vida, la verdadera libertad. Es como si todas las preocupaciones, el miedo y la ansiedad se evaporaran en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando estamos conectados con Cristo, cuando nos aferramos a su amor y su propósito, descubrimos un propósito más grande para nuestras vidas. Cada día se convierte en una oportunidad para crecer, para amar, para impactar positivamente a otros. Vivir ahora se ha convertido en un gran regalo.

Despertarás cada mañana con la certeza de que tienes un propósito, que eres amado incondicionalmente y que puedes marcar la diferencia en el mundo. Ahora debemos abrazar la vida con gratitud y pasión, sabiendo que cada experiencia, cada desafío, cada alegría y cada tristeza son oportunidades para crecer y acercarnos más a la plenitud de nuestra existencia.

Pero, ¿qué pasa con "el morir ganancia"? ¿Cómo Pablo pudo haber dicho una cosa así? Bueno, aquí viene la parte más hermosa. La muerte no es el final, es solo un nuevo comienzo. Si hemos vivido en Cristo, si hemos seguido sus enseñanzas y compartido su amor, la muerte se convierte en el umbral hacia la eternidad.

Esa es la ganancia que trae la muerte para aquellos que han vivido en Cristo. Es una nueva vida con una existencia sin limitaciones, una comunión eterna con Aquel que nos creó.

Entonces, la próxima vez que mires un atardecer espectacular, recuerda que el vivir es Cristo. Deja que su amor llene tu corazón y guíe tus acciones. Y cuando llegue el momento de cruzar ese umbral hacia la eternidad, recuerda que el morir es ganancia. Es el vuelo hacia una vida eterna en la presencia del Amor infinito.

Que tu vida esté llena de la belleza de vivir en Cristo y que la esperanza de la ganancia eterna ilumine cada paso del camino. ¡Vive con pasión, ama con compasión y confía en la promesa de un futuro glorioso y no te olvides de que si tocan pasar pruebas difíciles, sabemos que nuestro redentor vive!

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Mariano Romero Arregin

¡Hola! Mi nombre es Mariano — Un hombre común y corriente escribiendo sobra la vida. Soy primeramente CRISTIANO. En lo profesional, soy productor agrícola, promotor agroecológico en un cultivar de frutas finas, fermentista y cuando tengo algo de tiempo (y dinero especialmente) un viajero amateur. Además, aquí estoy compartiendo mis historias familiares, mi amor por la vida en los cultivos, la naturaleza, la tecnología y el ocio en general.

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