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| Muchas veces no vemos el milagro que nos rodea |
En el susurro de la brisa matutina, encuentro la voz de lo divino, la melodía celestial que acaricia mi alma al despertar. Es un eco suave, pero penetrante, una caricia del universo que me recuerda la mano que me sostiene en cada paso que doy, en cada suspiro que exhala mi ser. A veces, lamentablemente, nos sumergimos en la rutina del día a día y olvidamos la magnitud del milagro que es estar aquí, en este precioso instante de existencia.
Damos por sentado el regalo de la vida, la oportunidad de sentir, de amar, de aprender. No reparamos en la maravilla que significa simplemente ser, y mucho menos en el prodigio de poder compartir esta experiencia, de tener la oportunidad de conectar nuestras almas a través de las palabras, de los sueños, de las historias.
Hasta ayer, éramos como huesos secos en el vasto desierto del pecado, arrastrando nuestras almas sedientas en busca de redención. Algunos de nosotros habíamos caído en la trampa de la idolatría, adorando los efímeros becerros de oro contemporáneos, perdiendo de vista la esencia divina que mora en lo más profundo de nuestro ser. Sí, la idolatría persiste en nuestros días, como un eco distorsionado de aquella antigua adoración que conducía al pueblo de Moisés.
¿Vieron o mejor dicho escucharon a esos que dicen “si yo hubiera vivido en los tiempos de Jesús, seguramente lo habría seguido”? o eso de que, seguramente si habrían existido en la época de los profetas del antiguo testamento, casi con total seguridad de que los hubieran escuchado. En muchos casos dudo de que sea posible tal afirmación y seguramente, si hubiera sido mi caso, estoy totalmente convencido de qué conociéndome, habría sido uno de los que gritaban que crucifiquen a nuestro Señor y suelten al ladrón. Sí, yo soy uno de los que puso a Cristo en esa cruz
Sin embargo, aquí estoy, inmerso en la gracia divina, deleitándome en la suave caricia de la brisa matutina y en los primeros destellos de luz que se filtran a través de mis cortinas. Me sumerjo en la maravilla de respirar, de sentir el latido de la vida que fluye a través de mis venas. Confieso mi amor por Dios, con cada fibra de mi ser, con cada latido de mi corazón, y al mismo tiempo, imploro su misericordia, consciente de mis propias flaquezas y pecados.
Porque sé que soy humano, frágil y falible, propenso a tropezar en el camino, a perderme en la oscuridad de mis propias debilidades. Pero también sé que en cada caída, en cada error, hay una oportunidad para levantarme, para aprender, para crecer en la luz del amor divino.
Así que hoy, en medio de este nuevo amanecer, elijo abrazar la gracia que me rodea, el regalo de la vida que se despliega ante mis ojos. Me comprometo a caminar con humildad y gratitud, consciente de la presencia divina que guía mis pasos, que me sostiene en cada desafío, que me susurra al oído la melodía eterna del amor incondicional.
Y mientras el sol asciende en el horizonte, iluminando el mundo con su cálido resplandor, yo me sumerjo en la belleza de este instante, en la certeza de que Dios está aquí, en cada suspiro, en cada latido, en cada brizna de hierba que baila al compás de la brisa matutina. Y en ese entendimiento, encuentro paz, encuentro consuelo, encuentro la certeza de que nunca estoy solo, que siempre soy amado, que siempre soy sostenido por el amor infinito del Creador.
Fuente de la imagen: Ver aquí (se abrirá en una nueva ventana)



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