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UNA FOTO DEL RECUERDO

Yo a mis 15 en una imagen restaurada

Claromecó, Chapadmalal y los 15 años que no vuelven

Los recuerdos de la app de fotos del celular me trajeron esta foto de un recuerdo de cuando yo tenía unos 15 años. Por supuesto que en aquella época no existían los celulares compactos en mi casa y por lo menos yo, que vivía en un pueblo y era muy pueblerino no me imaginaba que un aparato que originalmente era para comunicarse, después serviría para sacar fotos —entre otras muchas cosas— (¿Internet? ¡Que rayos es eso!). Recuerdo que mis padres tenían en ese momento un teléfono que era tipo valija y pesaba una barbaridad. Antes de eso nos comunicamos con el resto del mundo por paloma mensajera 🤣, bueno en realidad un vecino de varias cuadras nos hacía de intermediario porque él tenía teléfono fijo. Eso habla de la primera etapa de mi adolescencia en el faro de Claromecó. Esa foto fue del primer viaje que hice solo con el colegio en Chapadmalal, a los hoteles onda colonia de vacaciones. Gran experiencia. No digamos que me porté bien, pero tampoco tan mal. Todavía faltaba tiempo para eso en donde llegaría una etapa llena de rebeldía y oscura. Mucho más oscura de lo que me gustaría recordar. Igual guardo ese viaje como un lindo e inocente recuerdo: las primeras fiestas, los primeros «amores», las primeras escapadas.

Hay algo casi filosófico en la manera en que funciona la app de recuerdos del celular. Una tecnología que en ningún momento de su diseño tuvo la intención de provocar nostalgia te manda una notificación con la frialdad de un algoritmo y de golpe te encontrás mirando la cara de vos mismo con quince años, con ese pelo y esa ropa y esa expresión de quien todavía no sabe bien qué cara poner cuando le sacan una foto. La app no sabe lo que hizo. Vos sí.

Quince años. Claromecó. El pueblo del faro donde vivíamos entonces, con sus playas enormes que en invierno se volvían casi surrealistas de vacías y con ese viento típico del sur bonaerense que no pide permiso para entrar por cualquier rendija. No era el lugar que yo hubiera elegido a esa edad, para ser completamente honesto—mi corazón seguía en Tierra del Fuego— pero los quince años tienen la virtud de encontrar diversión en casi cualquier lugar si el escenario incluye compañeros de aventuras y algo de libertad.

El teléfono-valija de mis padres que mencioné más arriba, merece un párrafo propio porque fue genuinamente uno de los aparatos más absurdos que la humanidad produjo en su larga historia de aparatos absurdos. Era un teléfono celular de los primeros, de esos que pesaban aproximadamente lo mismo que un ladrillo y tenían una antena adosada a una valija que se desplegaba como si el teléfono fuera a captar señales de Marte. La batería duraba una eternidad, aunque cuando uno lo necesitaba siempre estaba descargado. Y la cobertura en Claromecó, de la extinta empresa UNIFON era, digamos, aspiracional. Antes de eso, la comunicación con el mundo exterior dependía efectivamente de un vecino (Don Anselmo lo saludo si alguna vez lee esto) con teléfono fijo a varias cuadras, que hacía de nodo de comunicaciones del barrio con una generosidad que hoy resulta difícil de imaginar. Si llegaba un mensaje urgente, el vecino mandaba a alguien a avisarte. Telégrafos humanos. Funcionaba.

El viaje Claromecó - Chapadmalal

En mi casa del faro Claromecó junto a mi perra ovejera Mara

El viaje a Chapadmalal fue otra historia. Los hoteles de Chapadmalal —ese complejo de turismo social que el peronismo construyó en la costa bonaerense y que durante décadas fue la única manera que muchas familias argentinas tenían de conocer el mar— eran para un chico de quince años de un pueblo costero algo así como la capital del mundo. No porque fueran lujosos, que no lo eran. Sino porque eran el primer viaje sin los padres, lo cual los convertía automáticamente en el escenario de todo lo que con los padres no se podía hacer.

No me porté bien, dije. Tampoco tan mal. Esta escala de comportamiento de quince años tiene sus propias unidades de medida que no coinciden exactamente con las del mundo adulto. «No tan mal» a los quince puede significar varias cosas, entre ellas haber llegado a dormir a las cuatro de la mañana, haber explorado sectores del hotel que no estaban técnicamente habilitados para los huéspedes y que los mayores nos peguen tremendo reto, y por supuesto haber tenido los primeros ensayos en el arte delicado de convencer a alguien de que te gusta mientras simultáneamente intentás que no se note demasiado que no sabés exactamente qué hacer si el plan funciona. Todo eso cae, en la escala del quince, dentro del rango aceptable.

Las primeras fiestas. Los primeros amores —con las comillas bien puestas, porque a los quince el amor y el entusiasmo momentáneo son difíciles de distinguir desde adentro aunque desde afuera la diferencia sea bastante evidente—. Las primeras escapadas de madrugada por pasillos mal iluminados. Todo eso tiene la textura específica de los recuerdos que todavía no pesaban nada porque todavía no habían pasado por el filtro de lo que vino después.

Los recuerdos de los quince años tienen una ligereza que los de otras edades no tienen. No porque fueran más felices necesariamente, sino porque todavía no sabían lo que iba a venir. Y la ignorancia del futuro es, mientras dura, una forma de libertad.

Lo que vino después fue más oscuro. Mucho más oscuro de lo que me gustaría recordar en un artículo que empezó liviano y quiero que termine con algo de esa liviandad intacta. Ya hay otras páginas de esta bitácora que hablan de lo oscuro. Este artículo es para la foto de Chapadmalal, para el chico de quince años con ese pelo y esa expresión, para las primeras fiestas y los primeros amores con comillas y las primeras escapadas de madrugada.

Ahora desde los 40 pirulos

Yo en Bahía Lapataia

Desde los 40, mirando esa foto, tengo ganas de decirle algo a ese chico. No mucho. No un discurso. Solo unas pocas cosas que hubieran cambiado algo, o que al menos hubieran hecho más corto el camino a lo que finalmente llegué.

Le diría que las etapas oscuras que vienen no van a destruirlo aunque por momentos lo parezca. Que la fe que va a encontrar mucho después valía la pena buscarla antes, aunque el camino para llegar a ella tenía que ser el que fue. Que el amor de su vida va a existir y que ella va a ser más hermosa que cualquier persona que yo haya podido imaginar desde los quince, y que perderlo va a doler de maneras para las que no existe preparación posible, y que aun así va a valer cada segundo. Que si se va a algún lado, sepa que su verdadero lugar lo está esperando y que va a volver, y que cuando vuelva va a saber que es el lugar del mundo donde tiene que estar.

Le diría también que el teléfono-valija de los padres va a ser reemplazado por un aparato que cabe en el bolsillo y que entre otras cosas va a sacar fotos y guardar recuerdos y mandárselos veinticinco años después sin aviso. Eso probablemente le parecería lo más increíble de todo.

Y le diría, por último, que ese viaje a Chapadmalal con sus primeras fiestas y sus primeros amores con comillas y sus primeras escapadas —ese momento de liviandad antes de que las cosas se pusieran complicadas— es un buen lugar desde el que arrancar. No un lugar al que volver. Un lugar desde el que arrancó.

Todo lo demás... fue el camino.

— Fin del comunicado del capitán—

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SON MOMENTOS

La lluvia y unas zapatillas femeninas

Apuntes desde el fin del mundo sin luz ni internet

Hace cuatro días que no vemos el sol en el fin del mundo. Ushuaia pasa por una racha climatológica bastante lluviosa y con alertas meteorológicas constantes. Algunas zonas de la provincia se han visto afectadas por inundaciones y desbordes de arroyos. A esto le sumamos cortes de luz por la problemática en energía particular que tiene la provincia. En estos momentos, por ejemplo, que estoy escribiendo esto, no tengo conexión a internet. Acá se corta la luz en la zona y quedaste totalmente desconectado y aislado. Esto tiene sus pros y obviamente sus contras. Laboralmente los cortes de luz nos significan unos retrasos enormes. Más cuando es algo imprevisto. Imaginen por ejemplo la hidroponía sin saber cuándo las plantas van a volver a obtener su solución nutritiva. Muchos hablan de la inteligencia artificial como la solución a muchas cosas, pero en este ámbito poco y nada puede hacer. 

Tal vez sea que la falta de vitamina D me hace más introspectivo y empiezo a escribir en un borrador esperando que se publique cuando vuelva el internet.

Ushuaia en cualquier momento del año tiene una manera particular de recordarte que estás vivo. No de manera poética ni metafórica: de manera literal y física. El viento que golpea las ventanas, los cuatro días de lluvia sin pausa, la oscuridad que lentamente empieza a llegar temprano y se va más tarde, la luz cortada sin aviso: todo eso es el fin del mundo comportándose como el fin del mundo. No es una postal. Es la realidad de vivir en el extremo del mapa habitable.

Y sin embargo, en el medio de todo eso, mientras escribo esto en un borrador que no sé cuándo va a poder publicarse, encuentro algo que el mundo hiperconectado raramente ofrece: silencio de verdad. No el silencio de los auriculares con cancelación de ruido. No el silencio del modo avión elegido con culpa. El silencio que llega cuando la luz se va y la pantalla se apaga y el router queda mudo y de pronto el único ruido es la lluvia contra el techo y el viento afuera y el sonido del lápiz sobre el papel.

Ese silencio, que al principio desorienta porque el cerebro moderno no sabe bien qué hacer sin estímulo constante, se va volviendo otra cosa con los minutos. Se va volviendo espacio. Espacio para pensar sin que nadie interrumpa. Para mirar por la ventana sin que nadie notifique. Para escribir sin corrector automático ni de las horribles sugerencias de IA ni distracciones algorítmicas. Para ser, simplemente, la persona que está en esa habitación, en esa ciudad, en ese momento.

Hoy el mundo convirtió la conectividad en oxígeno. Estar desconectado diez minutos genera en la mayoría de la gente una ansiedad que, si la observás desde afuera, resulta bastante reveladora de lo que le hemos entregado a las pantallas. No juzgo: yo también la siento. La primera media hora sin internet tiene su propio malestar, su propio reflejo de querer abrir algo que no está. Después pasa. Y lo que aparece del otro lado de ese malestar es, la mayoría de las veces, algo más valioso que lo que hubiera encontrado en el feed.

Son momentos para apreciar el santo silencio. Son momentos para aprender. Son momentos para aprovechar y leer un buen libro. Son momentos para recordar que estamos en Cuaresma, que es exactamente la época del año en que la tradición cristiana propone hacer lo que la lluvia y el corte de luz me impusieron sin pedirlo: detenerse, reducir el ruido, ayunar de lo superfluo, mirar hacia adentro.

La Cuaresma en el fin del mundo, sin luz y sin internet, con la lluvia que no para y el silencio que pesa y pesa bien. 

Este artículo lo escribí a mano, en un borrador, esperando que volviera el internet para publicarlo. Cuando volvió la conexión, lo primero que hice fue revisar los mensajes. Lo segundo fue acordarme de que tenía esto para subir. Lo tercero fue preguntarme si los cuatro días sin sol me cambiaron algo y sí, parezco vampiro.

— Fin del comunicado del capitán—

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UNA JORNADA DE DOMINGO PRIMAVERAL


Jornada hermosa de domingo. Sin reportes que agregar, les presento a la reina de mi casa, la hermosa Uma
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ESA MALDITA CONFIANZA


No sé si por mi forma de ser, o vaya a saber qué motivo ridículo, siempre fui una persona que, naturalmente, creía en la bondad intrínseca de las personas. Lastimosamente, este utópico idealismo humanista me ha traído más de algún dolor de cabeza. Lisa y llanamente me han jodido tantas veces que ya creo que el problema definitivamente soy yo. Mis últimas dos acciones cómo "persona que confía en otras personas" tienen que ser la alarma para que las neuronas de mi cerebro empiecen de una buena vez a hacer algo de sinapsis y comprender que en este mundo también hay gente muy miserable y despreciable. Yo parece ser que atraigo a estos tipos de personajes, y es que alguna vez me piropearon diciendo que soy como un "ser de luz" y aunque esto suene como un halago, para mí es que realmente atraigo a los peores bichos. ¿Alguna vez se fijaron cómo hay cierto tipo de insectos enamorados de la luz que emanan las lámparas? (Solo por mentalidad científica esto se llama fototaxis positiva)

El hecho de creer en la bondad de las personas no es malo, pero confiar ciegamente en todo el mundo es una locura. En mi caso, la confianza me ha costado muy caro. He sido víctima de estafas y de personas que solo buscan aprovecharse de mí. Esto me lleva a cuestionar mi propia personalidad. ¿Por qué sigo confiando en la gente? ¿Por qué no puedo ver las señales de peligro antes de que sea demasiado tarde?

En el último grupo de personas que formaban uno de los principales círculos de amistad que rodeaban mi vida, todos ellos menos una, terminaron estafándome de alguna u otra manera y no solo eso, sino que una de esas personas también se encargó de estafar y robar a mis abuelos. Yo me pregunto y repregunto ¿Cómo es posible caer tan bajo? Les voy a agregar una curiosidad para condimentar esta historia: TODOS ellos eran "hermanitos" de una iglesia evangélica marplatense que tuve la lamentable desgracia de conocer y en donde intentaron adoctrinarme, pero eso, es otro tema. Los que ellos llaman pecadores del mundo son en realidad los que nunca me han traicionado.

No estoy diciendo que todas las personas que asisten a iglesias o grupos religiosos sean malas personas. Pero, en mi experiencia, he conocido a personas que utilizan la religión para engañar y estafar a los demás. Es como si su fe les diera la excusa perfecta para justificar sus acciones terribles.

Ahora, estoy en el punto en el que me siento un poco tonto por haber confiado en estas personas. Me duele pensar que fui tan ingenuo al pensar que todo el mundo es bueno. Pero, al mismo tiempo, no quiero convertirme en una persona desconfiada y cínica. No quiero que estas personas terribles me quiten mi capacidad de confiar en los demás.

¡No todas las personas son iguales! 

Sí, lo admito, hay personas despreciables en el mundo, pero también hay personas maravillosas que valen la pena y, al final del día, creo que lo que realmente importa es aprender a ser más selectivo en cuanto a las personas con las que nos relacionamos. Sé que suena un poco cínico y desconfiado, pero creo que es necesario proteger nuestra integridad emocional y evitar ser lastimados innecesariamente, ya que no todo el mundo merece nuestra confianza y que no siempre podemos confiar en la bondad intrínseca de las personas.

No creo que debamos renunciar por completo a la confianza en los demás. Creo que es importante encontrar un equilibrio y aprender a confiar en aquellos que realmente se han ganado nuestra confianza a lo largo del tiempo y han demostrado ser personas confiables y honestas. En otras palabras, no debemos ser tan ingenuos como para confiar en cualquiera que se nos cruce en el camino, pero tampoco debemos ser tan desconfiados que nos impida conectarnos con las personas en un nivel más profundo.

La confianza es una de las cosas más valiosas que podemos tener en la vida, pero también es algo que debemos otorgar con prudencia y sabiduría. Aprender a confiar en los demás es un proceso que lleva tiempo y requiere de una gran cantidad de experiencia y discernimiento. En lo personal, creo que es algo que vale la pena perseguir, ya que la conexión humana y la intimidad emocional son cosas que nos hacen verdaderamente felices y nos ayudan a vivir una vida plena y satisfactoria.

La vida está llena de altibajos y desafíos, y la confianza en sí misma no es suficiente para navegar a través de ellos. Debemos ser inteligentes y sensibles en nuestra forma de relacionarnos con los demás, y siempre estar alertas ante la posibilidad de ser lastimados. Si podemos encontrar el equilibrio adecuado, creo que la confianza nos traerá más alegría y felicidad de lo que jamás podríamos imaginar.

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PISANDO LA BALDOSA FLOJA


¿Alguna vez te ha sucedido que estás caminando tranquilamente por una hermosa vereda, bajo un sol radiante, y de repente pisas una baldosa floja y te empapas por completo? Todo lo bonito se convierte en algo horrible en cuestión de segundos. Justo eso fue lo que me ocurrió ayer en el centro de la ciudad. Acababa de salir del Centro de Atención al Cliente de Claro, después de haber pasado unas tres horas esperando a ser atendido, y debo decir que su servicio deja mucho que desear. Mientras caminaba por la calle San Luis, justo enfrente de la Catedral, ¡ZAZ! ¡Pisé una baldosa suelta que levantó agua estancada allí, quién sabe por cuánto tiempo. Llevaba puesto un traje, así que mi elegante vestimenta de trabajo quedó completamente empapada gracias a la irresponsabilidad de aquellos que no reparan adecuadamente las calles. Y lo curioso es que esta área se encuentra en pleno centro de la ciudad, justo donde comienza la Peatonal San Martín. Me pregunto cuántas personas habrán pisado alguna vez una baldosa floja, o si seré el único idiota en esta situación.
Esta es una historia de la vida real. A veces nos toca ganar, otras perder, y en ocasiones tropezamos... con una baldosa floja. Esas pequeñas trampas ocultas en las calles que nos sorprenden y nos hacen pasar momentos incómodos. Pero más allá de la anécdota, esta experiencia me hizo reflexionar sobre diferentes aspectos de la vida y cómo enfrentamos los obstáculos inesperados.

En primer lugar, me hizo tomar conciencia de lo frágil que puede ser la apariencia de la tranquilidad y la comodidad. Estaba disfrutando de un día soleado, con una sensación de alivio después de haber resuelto mi problema. Pero en un instante, todo cambió. La baldosa floja fue como un recordatorio de que la vida puede tomar giros inesperados en cualquier momento. Nos muestra que la estabilidad aparente puede romperse en un abrir y cerrar de ojos.

Además, este incidente me hizo reflexionar sobre la importancia de la responsabilidad y el mantenimiento adecuado de los espacios públicos. Las calles y aceras son lugares por los que transitamos a diario, confiando en que estén en condiciones seguras. Sin embargo, la negligencia en la reparación de una baldosa floja puede causar accidentes y perjuicios a los peatones. Es crucial que las autoridades y las empresas responsables se ocupen de mantener en buen estado las infraestructuras urbanas, garantizando así la seguridad y el bienestar de todos.

Por otro lado, este tropiezo me llevó a pensar sobre cómo reaccionamos ante los contratiempos y las adversidades. En ese momento, sentí frustración y molestia por mi ropa empapada. Sin embargo, pronto me di cuenta de que no podía cambiar lo que ya había sucedido. En lugar de amargarme por el incidente, decidí tomarlo con humor y aceptarlo como parte de la vida. A veces los problemas simplemente ocurren, y la forma en que los enfrentamos define nuestra actitud y bienestar emocional. Opté por reírme de la situación y seguir adelante, sin dejar que arruinara mi día por completo.

Además, este pequeño percance me hizo apreciar aún más la importancia de adaptarse a las circunstancias imprevistas. A veces, por más que planifiquemos y sigamos nuestros caminos con cuidado, siempre habrá obstáculos en el camino. La clave está en ser flexibles y encontrar soluciones creativas para superarlos. En mi caso, pude buscar una tienda cercana y comprar algo de ropa seca para poder continuar con mis actividades sin mayores contratiempos.

En última instancia, pisar una baldosa floja fue más que un simple inconveniente. Fue una lección de vida que me recordó la importancia de la adaptabilidad, la responsabilidad y el sentido del humor en nuestra jornada diaria. Aunque no podemos evitar todos los obstáculos en el camino, podemos elegir cómo reaccionar ante ellos y cómo seguir adelante. Así que la próxima vez que te encuentres pisando una baldosa floja, recuerda que no estás solo y que, al final, lo importante es seguir caminando con determinación y una sonrisa en el rostro. ¡La vida está llena de baldosas flojas, pero también de hermosos senderos por descubrir!
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BITÁCORA DEL CAPITÁN - DÍA 3: SECRETOS, RUTINAS Y LA PROMESA DEL FUTURO

¿Qué será de mi?

Hoy quiero hablar de algo que me viene rondando hace días. Algo que quizás no se dice mucho, pero que para mí tiene un valor enorme: los secretos que puedo contarle a un diario íntimo. Porque sí, aunque algunos piensen que escribir un diario es cosa de otros tiempos, o que no tiene sentido, yo creo que es todo lo contrario. Es un espacio único, personal, donde puedo ser yo sin filtros, sin miedo, sin tener que actuar para nadie.

Y como chico de 15 años, tengo cosas para decir. Sé que todavía no viví tanto como otros. Que hay adultos que miran con cara de “ya vas a entender cuando seas más grande”. Pero también sé que lo que vivo ahora importa. Que cada experiencia, cada emoción, cada pensamiento que tengo forma parte de mi historia. Y que este diario es el lugar donde esa historia se va escribiendo, paso a paso.

Los secretos que no se cuentan en voz alta

Hay cosas que no se dicen. No porque sean malas, sino porque son íntimas. Porque no sabemos cómo van a reaccionar los demás. Porque nos da vergüenza. Porque nos da miedo.

Y esas cosas, esos secretos, encuentran refugio en este diario.

Por ejemplo, a veces me siento solo. Aunque esté rodeado de gente. Aunque tenga amigos. Aunque mi familia esté cerca. Hay momentos en los que siento que nadie me entiende del todo. Que lo que pienso o siento no encaja con lo que se espera de mí.

Y eso no lo digo en voz alta. Pero lo escribo acá.

También hay días en los que me siento triste sin saber por qué. En los que todo me molesta. En los que no tengo ganas de hablar con nadie. Y no quiero que me pregunten “¿qué te pasa?” porque ni yo lo sé.

Esos días también los escribo acá.

Y hay cosas que me ilusionan, que me emocionan, que me hacen soñar. Como pensar en el futuro, en lo que quiero ser, en los lugares que quiero conocer, en las personas que todavía no llegaron a mi vida pero que quizás algún día lo hagan.

Todo eso también lo escribo acá.

Porque este diario no me juzga. No me interrumpe. No me dice “no digas eso”. Me escucha. Me acompaña. Me deja ser.

La rutina que a veces pesa

La escuela, las tareas, los horarios, las obligaciones. Todo eso forma parte de mi vida. Y aunque entiendo que es necesario, a veces me pesa.

Me levanto temprano, voy al colegio, vuelvo, hago la tarea, estudio, ceno, me acuesto. Y al otro día, lo mismo.

Hay días en los que siento que estoy atrapado en una especie de loop. Que todo se repite. Que no pasa nada nuevo.

Y eso me frustra. Me aburre. Me hace preguntarme si así va a ser siempre.

Pero también sé que cada día puede traer algo distinto. Una charla inesperada. Una risa compartida. Una idea que aparece de la nada. Un momento que rompe la rutina.

Y esos momentos son los que me hacen seguir. Los que me recuerdan que la vida no es solo deberes y horarios. Que también hay espacio para lo espontáneo, para lo mágico, para lo inesperado.

Lo que vivo ahora también importa

A veces escucho frases como “cuando seas grande vas a entender” o “todavía sos chico, no te preocupes por eso”. Y aunque sé que vienen con buena intención, también me hacen sentir que lo que vivo ahora no tiene valor.

Pero yo no estoy de acuerdo.

Porque lo que siento hoy, lo que pienso hoy, lo que experimento hoy, también es parte de mi historia. También me forma. También me define.

Cada amistad que tengo, cada discusión que me duele, cada logro que me hace sonreír, cada error que me enseña algo… todo eso importa.

No necesito tener 30 años para tener una historia. Ya la estoy escribiendo. Y este diario es testigo de eso.

El futuro como promesa

A veces me quedo pensando en el futuro. En lo que vendrá. En lo que todavía no conozco.

¿Qué caminos voy a tomar? ¿Qué personas voy a conocer? ¿Qué sueños voy a alcanzar?

Son preguntas que me llenan de curiosidad. Que me emocionan. Que me dan ganas de seguir.

No tengo todas las respuestas. Ni siquiera tengo muchas certezas. Pero tengo ganas. Tengo esperanza. Tengo ilusión.

Y eso me basta.

Porque el futuro no es algo que se espera sentado. Es algo que se construye. Que se busca. Que se vive.

Vivir cada día al máximo

No quiero que la vida se me pase esperando “el momento perfecto”. No quiero que los días se acumulen sin que los haya vivido de verdad.

Quiero disfrutar cada instante. Cada paso. Cada conversación. Cada silencio.

No importa si parece grande o pequeño. Porque cada momento cuenta. Cada momento puede enseñarme algo. Cada momento puede ser especial.

Y eso es lo que quiero hacer. Vivir. Sentir. Aprender.

Este diario como compañero de viaje

Este diario es más que un cuaderno. Es más que un archivo. Es más que un blog.

Es mi compañero. Mi confidente. Mi espacio seguro.

Acá puedo guardar mis secretos más profundos. Compartir mis pensamientos más íntimos. Ser yo sin miedo.

Y eso no tiene precio.

Gracias, diario, por estar acá. Por acompañarme. Por escucharme.

Lo mejor está por llegar

Sé que todavía no viví todo lo que la vida tiene para ofrecerme. Sé que hay emociones, desafíos, aventuras que me esperan.

Y eso me entusiasma. Me llena de energía. Me da ganas de seguir.

Porque como dicen… lo mejor está por llegar.

Y mientras tanto, voy a seguir escribiendo. Voy a seguir viviendo. Voy a seguir siendo yo.


Hasta la próxima, diario. El Capitán sigue navegando. Y cada palabra escrita es una estrella en el mapa de su viaje.



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BITÁCORA DEL CAPITÁN - DÍA 2: DIARIO ÍNTIMO, SIN VERGÜENZA

Un diario íntimo con un candado gigante
¿Serán tan íntimos cómo lo imagino?

Hoy quiero romper con los estereotipos. Así, sin vueltas. Quiero decir bien claro que los chicos también podemos escribir un diario íntimo. Que no es una cuestión de género, ni de edad, ni de lo que “se espera” de nosotros. Es una cuestión de humanidad. De necesidad. De expresión.

Porque todos, absolutamente todos, tenemos pensamientos y sentimientos que necesitamos sacar. Que nos pesan, que nos confunden, que nos duelen, que nos alegran. Y escribirlos es una forma de entenderlos. De ordenarlos. De darles lugar.

Así que acá estoy, desahogándome con vos, querido diario. Porque sí, soy un chico de 15 años, y tengo cosas para decir. Cosas que no siempre puedo compartir con los demás. Cosas que a veces ni yo entiendo del todo. Pero que están ahí, latiendo, esperando ser escuchadas.

¿Por qué parece raro que un chico escriba un diario?

A veces la gente piensa que los chicos no deberíamos mostrar nuestras emociones. Que tenemos que ser duros, callados, “machos”. Que hablar de lo que sentimos es de débiles. Que llorar es vergonzoso. Que escribir sobre lo que nos pasa es algo “de chicas”.

Y eso, sinceramente, es una tontería.

Porque todos necesitamos un espacio para ser honestos. Para ser vulnerables. Para decir “me siento mal”, “tengo miedo”, “no sé qué hacer”. Y ese espacio puede ser un diario. Un cuaderno. Un archivo en la compu. Un blog como este.

No importa el formato. Lo que importa es el acto. El gesto. La decisión de abrirse.

Y si eso incomoda a algunos, que se incomoden. No voy a dejar de ser quien soy por miedo al juicio ajeno.

La escritura como espejo

Escribir un diario íntimo es como mirarse al espejo. Pero no al espejo del baño, donde uno se fija si tiene un grano o si el pelo está desordenado. Es otro tipo de espejo. Uno que refleja lo que hay adentro. Lo que no se ve. Lo que no se dice.

Y a veces ese reflejo asusta. Porque aparecen cosas que no sabíamos que estaban ahí. Dudas. Enojos. Tristezas. Deseos. Recuerdos.

Pero también aparece lo lindo. Lo que nos hace únicos. Lo que nos emociona. Lo que nos da fuerza.

Por eso escribo. Para conocerme. Para entenderme. Para acompañarme.

¿Qué hay en mi cabeza hoy?

Hoy tengo muchas cosas en la cabeza. Algunas claras, otras confusas. Algunas que me dan alegría, otras que me hacen sentir raro.

Por ejemplo, estoy pensando en cómo me siento en esta nueva ciudad. Tres Arroyos todavía es un misterio para mí. No conozco a casi nadie. No sé bien cómo moverme. Me cuesta encontrar mi lugar.

Pero también estoy pensando en lo que dejé atrás. En Claromecó. En mis amigos. En mi rutina. En esa sensación de pertenencia que ahora extraño.

Y en medio de todo eso, también pienso en mí. En quién soy. En quién quiero ser. En cómo me ven los demás. En cómo me veo yo.

Es mucho. Es intenso. Y escribirlo me ayuda a no explotar.

¿Qué significa ser auténtico?

Ser auténtico, para mí, es no mentirse. No fingir. No actuar para encajar.

Y eso es difícil. Porque vivimos en un mundo que nos empuja a aparentar. A mostrar solo lo que se acepta. A esconder lo que incomoda.

Pero yo no quiero eso. Quiero ser yo. Con mis luces y mis sombras. Con mis aciertos y mis errores. Con mis emociones, aunque sean contradictorias.

Y este diario me permite eso. Me permite ser auténtico. Me permite decir “hoy estoy triste” sin tener que justificarlo. Me permite decir “me siento solo” sin que me miren raro.

¿Qué me gustaría que pasara?

Me gustaría que más chicos se animen a escribir. Que se den cuenta de que no hay nada vergonzoso en tener un diario. Que es una herramienta poderosa. Que puede ser un refugio, un amigo, un espacio de libertad.

Me gustaría que en los colegios se hablara más de esto. Que no se rían cuando alguien dice que escribe. Que se fomente la expresión. Que se valore la introspección.

Me gustaría que los adultos dejaran de repetir frases como “los hombres no lloran” o “tenés que ser fuerte”. Porque ser fuerte también es animarse a mostrar lo que uno siente. Ser fuerte también es pedir ayuda. Ser fuerte también es escribir un diario.

¿Qué me da miedo?

Me da miedo que me juzguen. Que digan que soy raro. Que se burlen.

Me da miedo que alguien lea esto y piense que soy débil. Que no soy “como debería ser”.

Pero más miedo me da callarme. Guardarme todo. Reprimir lo que siento. Fingir que está todo bien cuando no lo está.

Así que elijo el miedo que me permite avanzar. Elijo el miedo que me empuja a ser valiente. Elijo escribir.

¿Qué me da esperanza?

Me da esperanza saber que no estoy solo. Que hay otros chicos que también sienten. Que también dudan. Que también escriben.

Me da esperanza este diario. Este espacio. Esta bitácora.

Me da esperanza pensar que, con el tiempo, voy a poder mirar para atrás y ver todo lo que crecí. Todo lo que aprendí. Todo lo que superé.

Me da esperanza ser sincero. Ser auténtico. Ser yo.

¿Qué quiero decirle a otros chicos?

Si estás leyendo esto y sos un pibe que siente que tiene cosas para decir, pero no sabe cómo, te digo: escribí.

No importa si es en un cuaderno, en el celular, en una servilleta. No importa si lo compartís o lo guardás. Lo importante es que lo hagas.

Porque escribir es liberador. Es sanador. Es transformador.

Y no tenés que ser escritor. No tenés que usar palabras complicadas. Solo tenés que ser vos.

¿Qué le agradezco a este diario?

Le agradezco ser mi espacio seguro. Mi lugar de expresión. Mi confidente.

Le agradezco no juzgarme. No interrumpirme. No decirme “no digas eso”.

Le agradezco permitirme ser vulnerable. Ser honesto. Ser humano.

¿Qué sigue?

Voy a seguir escribiendo. Aunque me dé miedo. Aunque me cueste. Aunque a veces no sepa qué decir.

Voy a seguir siendo auténtico. Rompiendo estereotipos. Abriendo caminos.

Porque este diario no es solo mío. Es de todos los que alguna vez sintieron que no podían hablar. Que no podían llorar. Que no podían escribir.

Y si este post sirve para que alguien se anime, entonces valió la pena.

Gracias por estar ahí, diario. Gracias por escucharme. Gracias por ser ese lugar donde puedo ser yo sin máscaras.

Hasta la próxima entrada. El Capitán sigue navegando. Y esta vez, lo hace con el corazón abierto.



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Mariano Romero Arregin

¡Hola! Mi nombre es Mariano — Un hombre común y corriente escribiendo sobra la vida. Soy primeramente CRISTIANO. En lo profesional, soy productor agrícola, promotor agroecológico en un cultivar de frutas finas, fermentista y cuando tengo algo de tiempo (y dinero especialmente) un viajero amateur. Además, aquí estoy compartiendo mis historias familiares, mi amor por la vida en los cultivos, la naturaleza, la tecnología y el ocio en general.

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