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UNA FOTO DEL RECUERDO

Yo a mis 15 en una imagen restaurada

Claromecó, Chapadmalal y los 15 años que no vuelven

Los recuerdos de la app de fotos del celular me trajeron esta foto de un recuerdo de cuando yo tenía unos 15 años. Por supuesto que en aquella época no existían los celulares compactos en mi casa y por lo menos yo, que vivía en un pueblo y era muy pueblerino no me imaginaba que un aparato que originalmente era para comunicarse, después serviría para sacar fotos —entre otras muchas cosas— (¿Internet? ¡Que rayos es eso!). Recuerdo que mis padres tenían en ese momento un teléfono que era tipo valija y pesaba una barbaridad. Antes de eso nos comunicamos con el resto del mundo por paloma mensajera 🤣, bueno en realidad un vecino de varias cuadras nos hacía de intermediario porque él tenía teléfono fijo. Eso habla de la primera etapa de mi adolescencia en el faro de Claromecó. Esa foto fue del primer viaje que hice solo con el colegio en Chapadmalal, a los hoteles onda colonia de vacaciones. Gran experiencia. No digamos que me porté bien, pero tampoco tan mal. Todavía faltaba tiempo para eso en donde llegaría una etapa llena de rebeldía y oscura. Mucho más oscura de lo que me gustaría recordar. Igual guardo ese viaje como un lindo e inocente recuerdo: las primeras fiestas, los primeros «amores», las primeras escapadas.

Hay algo casi filosófico en la manera en que funciona la app de recuerdos del celular. Una tecnología que en ningún momento de su diseño tuvo la intención de provocar nostalgia te manda una notificación con la frialdad de un algoritmo y de golpe te encontrás mirando la cara de vos mismo con quince años, con ese pelo y esa ropa y esa expresión de quien todavía no sabe bien qué cara poner cuando le sacan una foto. La app no sabe lo que hizo. Vos sí.

Quince años. Claromecó. El pueblo del faro donde vivíamos entonces, con sus playas enormes que en invierno se volvían casi surrealistas de vacías y con ese viento típico del sur bonaerense que no pide permiso para entrar por cualquier rendija. No era el lugar que yo hubiera elegido a esa edad, para ser completamente honesto—mi corazón seguía en Tierra del Fuego— pero los quince años tienen la virtud de encontrar diversión en casi cualquier lugar si el escenario incluye compañeros de aventuras y algo de libertad.

El teléfono-valija de mis padres que mencioné más arriba, merece un párrafo propio porque fue genuinamente uno de los aparatos más absurdos que la humanidad produjo en su larga historia de aparatos absurdos. Era un teléfono celular de los primeros, de esos que pesaban aproximadamente lo mismo que un ladrillo y tenían una antena adosada a una valija que se desplegaba como si el teléfono fuera a captar señales de Marte. La batería duraba una eternidad, aunque cuando uno lo necesitaba siempre estaba descargado. Y la cobertura en Claromecó, de la extinta empresa UNIFON era, digamos, aspiracional. Antes de eso, la comunicación con el mundo exterior dependía efectivamente de un vecino (Don Anselmo lo saludo si alguna vez lee esto) con teléfono fijo a varias cuadras, que hacía de nodo de comunicaciones del barrio con una generosidad que hoy resulta difícil de imaginar. Si llegaba un mensaje urgente, el vecino mandaba a alguien a avisarte. Telégrafos humanos. Funcionaba.

El viaje Claromecó - Chapadmalal

En mi casa del faro Claromecó junto a mi perra ovejera Mara

El viaje a Chapadmalal fue otra historia. Los hoteles de Chapadmalal —ese complejo de turismo social que el peronismo construyó en la costa bonaerense y que durante décadas fue la única manera que muchas familias argentinas tenían de conocer el mar— eran para un chico de quince años de un pueblo costero algo así como la capital del mundo. No porque fueran lujosos, que no lo eran. Sino porque eran el primer viaje sin los padres, lo cual los convertía automáticamente en el escenario de todo lo que con los padres no se podía hacer.

No me porté bien, dije. Tampoco tan mal. Esta escala de comportamiento de quince años tiene sus propias unidades de medida que no coinciden exactamente con las del mundo adulto. «No tan mal» a los quince puede significar varias cosas, entre ellas haber llegado a dormir a las cuatro de la mañana, haber explorado sectores del hotel que no estaban técnicamente habilitados para los huéspedes y que los mayores nos peguen tremendo reto, y por supuesto haber tenido los primeros ensayos en el arte delicado de convencer a alguien de que te gusta mientras simultáneamente intentás que no se note demasiado que no sabés exactamente qué hacer si el plan funciona. Todo eso cae, en la escala del quince, dentro del rango aceptable.

Las primeras fiestas. Los primeros amores —con las comillas bien puestas, porque a los quince el amor y el entusiasmo momentáneo son difíciles de distinguir desde adentro aunque desde afuera la diferencia sea bastante evidente—. Las primeras escapadas de madrugada por pasillos mal iluminados. Todo eso tiene la textura específica de los recuerdos que todavía no pesaban nada porque todavía no habían pasado por el filtro de lo que vino después.

Los recuerdos de los quince años tienen una ligereza que los de otras edades no tienen. No porque fueran más felices necesariamente, sino porque todavía no sabían lo que iba a venir. Y la ignorancia del futuro es, mientras dura, una forma de libertad.

Lo que vino después fue más oscuro. Mucho más oscuro de lo que me gustaría recordar en un artículo que empezó liviano y quiero que termine con algo de esa liviandad intacta. Ya hay otras páginas de esta bitácora que hablan de lo oscuro. Este artículo es para la foto de Chapadmalal, para el chico de quince años con ese pelo y esa expresión, para las primeras fiestas y los primeros amores con comillas y las primeras escapadas de madrugada.

Ahora desde los 40 pirulos

Yo en Bahía Lapataia

Desde los 40, mirando esa foto, tengo ganas de decirle algo a ese chico. No mucho. No un discurso. Solo unas pocas cosas que hubieran cambiado algo, o que al menos hubieran hecho más corto el camino a lo que finalmente llegué.

Le diría que las etapas oscuras que vienen no van a destruirlo aunque por momentos lo parezca. Que la fe que va a encontrar mucho después valía la pena buscarla antes, aunque el camino para llegar a ella tenía que ser el que fue. Que el amor de su vida va a existir y que ella va a ser más hermosa que cualquier persona que yo haya podido imaginar desde los quince, y que perderlo va a doler de maneras para las que no existe preparación posible, y que aun así va a valer cada segundo. Que si se va a algún lado, sepa que su verdadero lugar lo está esperando y que va a volver, y que cuando vuelva va a saber que es el lugar del mundo donde tiene que estar.

Le diría también que el teléfono-valija de los padres va a ser reemplazado por un aparato que cabe en el bolsillo y que entre otras cosas va a sacar fotos y guardar recuerdos y mandárselos veinticinco años después sin aviso. Eso probablemente le parecería lo más increíble de todo.

Y le diría, por último, que ese viaje a Chapadmalal con sus primeras fiestas y sus primeros amores con comillas y sus primeras escapadas —ese momento de liviandad antes de que las cosas se pusieran complicadas— es un buen lugar desde el que arrancar. No un lugar al que volver. Un lugar desde el que arrancó.

Todo lo demás... fue el camino.

— Fin del comunicado del capitán—

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UNA PROBADITA DEL OTOÑO

 

Las calabazas, todavía inmaduras se cuelgan de mi puerta queriendo entrar

Faltan pocos días para el cambio de estación y en las últimas 48 horas el "otoño" se hizo sentir con fuerza en Mar del Plata mientras, según el calendario, nos adentramos en el último tramo del verano. Marzo emerge con una inestabilidad meteorológica que deja sentir su presencia de manera contundente. Las jornadas se vuelven desapacibles, con un descenso abrupto de la temperatura que nos recuerda que estamos a nada de decirle chau a los días más agradables del año. Mientras la lluvia golpea el cristal de la ventana, aprovecho para sumergirme en el mundo digital, concentrado en mi computadora, mientras el sonido de las gotas crea una melodía que mezcla lo reconfortante y también renueva la certeza de que en algún momento, tengo que cambiar la membrana del techo. Es que esto no tiene nada de poético, sino que es el claro recordatorio de lo importante de tener un techo en condiciones.

Afuera, en el paisaje que se despliega más allá de mi ventana, la naturaleza está en pleno cambio. Las plantas, en su recambio de temporada, comienzan a dar sus frutos de manera desesperada. Entre ellas, los zapallos destacan con su vigor renovado, emergiendo como los grandes triunfadores de este mes de marzo. Sus hojas verdes se alzan orgullosas, listas para ofrecernos esas generosas calabazas en las próximas semanas. Junto a ellas, las higueras también reclaman su lugar en el escenario, desafiando a cualquiera que se atreva a quitarles su ganado protagonismo.

El paisaje urbano se transforma gradualmente, reflejando la transición de estaciones. Las calles, una vez marcada por la actividad de turistas y veraneantes, ahora muestran una tranquilidad más sosegada. Las sombrillas y las reposeras en las playas dan paso a escenas más serenas, donde algunos pocos valientes se aventuran a pasear por la costa, desafiando el viento fresco que sopla del mar y las marejadas tan típicas de nuestra zona.

En los mercados y ferias locales, el cambio de estación también se hace evidente. Las frutas y verduras de verano empiezan a ceder su lugar a productos más propios del otoño. Las calabazas, las manzanas, las peras y las uvas comparten espacio con las últimas sandías y melones de la temporada estival. Es un festival de sabores y aromas que anticipa la llegada de nuevos manjares de la tierra. Yo, sigo esperando igual el avance final de mis tomateras y pimientos.

Mientras tanto, en el ámbito humano, la vida sigue su curso con sus ritmos y rutinas. Las personas se abrigan más, buscando refugio de este "frío" temporal que se cuela por las rendijas de las ventanas y las puertas. Los comerciantes preparan sus locales para la temporada baja, ajustando sus ofertas y horarios a la nueva realidad del clima y la demanda local que está bastante (por no decir completamente) dañada. Los colegios han comenzado sus clases entre paros de distintos gremios, y el transporte público ha sido protagonista de la última controversia. Y es que no es ningún secreto las graves deficiencias que tiene el transporte local, un tema que merece una discusión más profunda en otro momento.

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LOS COLORES DEL VERANO

Las playas marplatenses son las más bonitas

En el siguiente poema intento transportar al lector a la serenidad de una playa dorada, donde el sol despierta con su cálido resplandor. A través de sus versos, se pinta un cuadro vibrante donde el mar canta melodías suaves y las olas acarician la arena con ternura. El sol, como un pintor celestial, derrama colores radiantes en el cielo y el agua. La playa se convierte en un escenario donde flores silvestres añaden su belleza al paisaje, susurrando historias al viento. La brisa lleva consigo aromas frescos mientras el mar abraza la costa con su eterna sinfonía.

En la orilla dorada, donde el sol se despierta,
la playa se extiende como un lienzo abierto.
El mar canta melodías, un eco sereno,
mientras las olas acarician la arena con mimo tierno.

Bajo el sol radiante, un ballet de colores danza,
pintando el cielo y el agua con su magia extravagante.
La arena, suave como un suspiro de la naturaleza,
es testigo de historias que el viento acaricia con destreza.

Flores silvestres, joyas en la costa dorada,
bordando con sus pétalos la escena sosegada.
Colores vibrantes se entrelazan en un abrazo,
mientras la brisa lleva aromas en su paso.

El mar abraza la playa con su eterno murmullo,
una sinfonía que arrulla al sol en su ocaso.
La arena, testigo silente de secretos guardados,
mientras las flores susurran cuentos al océano.

Bajo el cielo que se tinta de tonos naranjas y rosados,
la playa se sumerge en un sueño embriagador.
Así, en este edén de sol, mar, arena y flores,
la naturaleza danza, pintando el mundo de amores.

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SALUD, RUNNING, INVIERNO Y SOL

De fondo el mar argentino

El sol todavía no había asomado cuando me dirigí temprano a realizarme unos estudios médicos. Aunque aún no se tiene certeza sobre lo que pueda estar ocurriendo, en general puedo decir que no me siento tan mal, más allá de algunas molestias. El día, a pesar de estar envuelto en el frío invernal, lucía espléndido. Tomé un Uber hacia el centro médico, mientras la helada cubría las calles y las plantas, recordándonos que estamos en plena temporada invernal. Sorprendentemente, fui atendido a tiempo, algo que no suele ser muy común por estos lados. Al regresar a casa, decidí tomar el colectivo, pensando que podrían estar de paro, pero para mi grata sorpresa, todo funcionaba con normalidad. Descendí en Los Acantilados, un barrio más allá de mi hogar, para disfrutar de un poco de running por la playa. Y para mi deleite, el sol me acompañó durante toda la travesía.

Amanecer frío y la incertidumbre médica:

El amanecer me recibió con una brisa gélida y el desconocimiento de lo que me depara en términos de salud. Sin embargo, a pesar de ello, no me siento tan mal en general. Con valentía y determinación, me preparé para realizar unos estudios médicos que podrían arrojar algo de luz sobre mi situación. Sabiendo que el invierno está en pleno apogeo, tomé un Uber para dirigirme al centro médico antes de que el sol hiciera su aparición. Las calles estaban cubiertas de escarcha, y las plantas exhibían una capa de helada, recordándome que el frío está ya bien presente en los primeros días del invierno.

Atención médica a tiempo y sorpresas agradables:

Afortunadamente, fui recibido a tiempo en el centro médico, algo poco común en esta época donde las esperas suelen ser largas y más en Mar del Plata. Me alegró constatar que la atención se estaba llevando a cabo con eficiencia aunque conseguir turnos con especialistas sigue siendo una verdadera odisea. A medida que avanzaba en los estudios, la incertidumbre sobre mi condición se mantenía, pero también me reconfortaba saber que estaba tomando las medidas necesarias para obtener respuestas. El personal médico demostró profesionalismo y atención, lo cual contribuyó a aliviar mis preocupaciones.

Los Acantilados, el mar y los rompeolas

Un regreso en colectivo y el encanto de las Playas del Sur

Tras concluir los estudios, decidí regresar a casa en colectivo. Siendo consciente de los paros frecuentes y las amenazas del sindicato que ocurren en el transporte público, me sorprendió constatar que todo funcionaba con cierta normalidad (o sea mal, pero funcionando). Mi destino era Los Acantilados, un barrio situado más allá de mi hogar. La idea de hacer un poco de running hacia casa, disfrutando del paisaje de la playa, me animó a descender en ese punto. La brisa marina y el sonido de las olas me envolvieron mientras emprendía mi recorrido.

El sol como compañero y cierre de la mañana

El sol, en todo su esplendor, me acompañó durante mi travesía por la playa. Sus rayos cálidos y reconfortantes se convirtieron en el mejor aliado contra el frío del invierno. A medida que mis pies golpeaban la arena, me sentía revitalizado y lleno de energía. La belleza del paisaje, combinada con la sensación de libertad que experimentaba al correr, crearon un momento único y especial. En ese instante, todas las preocupaciones quedaron atrás, y solo existía el presente y la sensación de bienestar.

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FIN DE SEMANA LARGO EN CHAPADMALAL

Disfrutando el día desde temprano 🌞⛱

Muchas personas en Argentina están de feriado por el fin de semana largo de la iglesia latina y hoy, quiero tomarme un poquito de tiempo para hablarles de una de mis playas favoritas de mi amada ciudad de Mar del Plata y a la cual cada vez que tengo un poco de tiempo libre (además de dinero y formas de movilizarme jeje) me escapo para pasar el día y desconectar un poco de las realidades del día a día. En esta oportunidad, tanto los turistas que vinieron masivamente como yo, tuvimos la bendita suerte de tener cuatro días increíbles en los que seguramente la mayoría pudo disfrutar del sol, las buenas temperaturas (casi de verano) y el mar lejos del centro de la ciudad, desde la mañana del jueves hasta el anochecer del domingo. Y, cómo si esto fuera poco, por las noches todos pudieron disfrutar de una vista espectacular de la luna llena que en los barrios costeros del sur de la ciudad es un verdadero placer, ya que se reflejaba en el mar y creaba una atmósfera única.
Una de las playas del complejo Chapadmalal. Repleta de turistas 😜

UN POCO DE LA UT CHAPADMALAL  Y LA ZONA

Las playas de la UT Chapadmalal (nombre en araucano que significa "entre arroyos"), están ubicadas a unos 35 kilómetros al sur de Mar del Plata (dentro del Partido de General Pueyrredón). Este enorme complejo de hoteles y zonas recreativas está destinado primordialmente a desarrollar el turismo social en la Argentina (cuando yo estaba en el colegio primario vinimos con todo mi curso a pasar unos días allí) y que ha visto su esplendor en otras épocas, sigue siendo una de las zonas turísticas más importantes de la costa atlántica argentina. Actualmente, se encuentra bajo la jurisdicción del Ministerio de Turismo y Deporte de la Nación y en los barrios lindantes al complejo es posible encontrar una gran variedad de servicios para los turistas y también para los que somos de Mar del Plata.


¿DÓNDE QUEDA Y CÓMO LLEGAR?

Para llegar a Chapadmalal, lo mejor es tomar la Ruta 11 desde Mar del Plata y conducir hacia el sur durante unos 30 minutos aprox. (dependiendo del caudal de movimiento que haya sobre la ruta). También se puede llegar en transporte público, ya que hay dos líneas de colectivos que conectan la ciudad con Chapadmalal (Costa Azul y 511 ramal Las Brusquitas).

MI PRIMERA VEZ DE HUESPED EN CHAPADMALAL

Aunque ya conocía la zona desde hace algún tiempo (es la playa favorita de mi mamá), la primera vez (y en realidad única) que estuve hospedado en el complejo fue en el mes de octubre de 1999, y junto a toda la comitiva que nos acompañaba, nos alojamos en el Hotel N°9, uno de los pocos que se encuentra del otro lado de la margen de la ruta 11.

La verdad es que recuerdo muy bien aquellos días disfrutando en la playa, del sol y del mar con mis compañeros de colegio, aunque todavía no estábamos en verano. También tuvimos la oportunidad de participar en algunas (muy entre comillas) "competencias" deportivas con otros colegios del resto de Argentina, como el fútbol y el vóley. 

Además de las actividades deportivas, también disfrutamos de algunas fiestas nocturnas en el hotel. Onda boliche bailable, pero de bajo presupuesto 😂 aunque al fin y al cabo, nos divertimos muchísimo. Fue una experiencia inolvidable para todos. Salvo el último día que, en lo personal, fue una tortura porque me sentía pésimo de salud 😲 ¿Qué habré hecho? Solo Chapadmalal y yo sabemos lo que ocurrió



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UN INICIO DE TEMPORADA


Mi mamá y mi hermano llegaron de Ushuaia para pasar unos días aquí en Mar del Plata y aunque el reciente fallecimiento de nuestra abuela todavía nos sigue pegando duro, hoy el día nos regaló un mimo al corazón y pudimos pasar algunas horitas paseando un poco (y haciendo terapia) en las playas de mi barrio. Ahora que escribo esto me doy cuenta de algo y es que hoy, es un nuevo aniversario de la ciudad de Mar del Plata. De esta ciudad que amamos y de la que somos oriundos en gran parte de nuestra familia.

Por suerte la jornada que terminó (y pareciera que será igual la que está comenzando), será con temperaturas veraniegas y cercanas a los 30 grados centígrados y hay que disfrutarlas porque el próximo fin de semana los pronósticos indican que el otoño se quiere hacer presente nuevamente entre los días de verano.

Me alegró ver tanta gente disfrutando de un rato en la playa. Hace tiempo que en la ciudad no se veía el movimiento que hay en estos días y esperamos que se mantenga así por lo que dura la temporada. ¡Queremos que Mar del Plata siga siendo el destino preferido de verano de todos los argentinos!

La verdad es que, aunque el motivo de la visita de mi mamá y mi hermano fue por el fallecimiento de nuestra abuela, ha sido muy lindo poder compartir momentos juntos y recordar a nuestra abuela de una manera amorosa y positiva.

En unos días parto hacia Ushuaia para cambiar de aire por unos días y volver por lo menos con un cambio de pilas.

Estoy seguro de que mis próximos días en Ushuaia serán geniales, pero estoy ansioso por volver a mi Mar del Plata. ¡Es mi hogar y el lugar donde se encuentra mi corazón!
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ESTE SOY YO

Mariano Romero Arregin

¡Hola! Mi nombre es Mariano — Un hombre común y corriente escribiendo sobra la vida. Soy primeramente CRISTIANO. En lo profesional, soy productor agrícola, promotor agroecológico en un cultivar de frutas finas, fermentista y cuando tengo algo de tiempo (y dinero especialmente) un viajero amateur. Además, aquí estoy compartiendo mis historias familiares, mi amor por la vida en los cultivos, la naturaleza, la tecnología y el ocio en general.

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