MI YUGOSLAVIA Y LA LUCHA CONTRA EL TERRORISMO OCCIDENTAL

Homenaje a Yugoslavia

Моја Југославија

Hoy recordamos un nuevo aniversario del inicio de las acciones ilegítimas de la OTAN contra Yugoslavia. Acciones que comenzaron el 24 de marzo de 1999 y que durante 78 días convirtieron a una nación soberana en el blanco de la alianza militar más poderosa de la historia. Acciones que destruyeron puentes, hospitales, fábricas, televisoras, embajadas, trenes en movimiento. Acciones que mataron civiles —entre ellos varios periodistas de la RTS, la televisión estatal serbia, cuyo edificio fue deliberadamente bombardeado— y que nadie en Occidente recuerda con la misma intensidad con que recuerda sus propias víctimas.

La OTAN. Cuyo verdadero significado, en función de lo que hizo en Yugoslavia, debería ser Organización Terrorista del Atlántico Norte. Lo digo sin dramatismo y sin hipérbole: lo digo como descripción de los hechos. Una organización que bombardea un país soberano durante 78 días sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, sin declaración de guerra, matando civiles y destruyendo infraestructura civil, está cometiendo exactamente lo que el derecho internacional define como acto de agresión. Que lo haga con aviones modernos y discursos sobre los “derechos humanos” (y esto último muy entre comillas) no cambia la naturaleza del acto.

Escribo esto desde una posición que no es neutral ni pretende serlo. Llevo sangre serbia en las venas. Yugoslavia es, para mí, el país de mis antepasados. Y lo que le hicieron en 1999, veintisiete años después, sigue siendo una herida que la historia no cerró porque la injusticia no cierra sola: la cierra la verdad dicha con claridad o no la cierra nadie.

Yugoslavia no es para mí un nombre en los libros de historia. Es el país de donde vino parte de lo que soy. Las iglesias ortodoxas medievales de Serbia, con sus frescos que los cruzados y los otomanos no lograron destruir del todo, son mis iglesias. Los santos serbios —San Sava, San Lázaro, los mártires de Kosovo— son mis santos. El cirílico que aprendí a través del ruso resuena en mí con una familiaridad que va más allá del aprendizaje lingüístico porque tiene raíces que llegan antes que yo.

Cuando la OTAN bombardeó Belgrado en 1999, bombardeó también Novi Sad, Niš, Kragujevac, Čačak. Ciudades que para muchos no dicen nada pero que en la historia de mi familia sí dicen algo. No sé exactamente de dónde en Serbia eran todos mis familiares. Nunca lo supe. Pero sé que eran de ahí, de ese pueblo que Occidente decidió bombardear 78 días porque no encajaba en el nuevo orden que diseñaban los que (supuestamente) habían ganado la Guerra Fría.

La memoria de Yugoslavia no es solo historia. Es también el ejercicio de honrar a los que vinieron antes, de no dejar que el olvido sea la forma más barata de rendición. Yugoslavia existió. Fue destruida. Esa destrucción tuvo responsables con nombres y apellidos que nunca rindieron cuentas. Y el pueblo serbio, que en ese bombardeo perdió a sus civiles, sus puentes, su televisora y una parte de su territorio, sigue siendo el mismo pueblo que en el siglo XIV, en el Campo de los Mirlos, eligió el reino celestial sobre el reino terreno y fue masacrado por ello.

Yugoslavia, el país que occidente decidió destruir

El ministerio de defensa de Yugoslavia bombardeado por la Otan en 1999

Para entender el bombardeo de 1999 hay que entender qué era Yugoslavia y por qué su existencia resultaba incómoda para ciertos intereses. Yugoslavia —la tierra de los eslavos del sur— fue durante décadas uno de los experimentos políticos más interesantes del siglo XX: un Estado multiétnico, multinacional y multireligioso que logró durante cuarenta años mantener juntos a serbios, croatas, eslovenos, bosnios, macedonios y montenegrinos, a ortodoxos, latinos y musulmanes, bajo una estructura federal que, con todos sus déficits, era funcional.

El mariscal Tito, que lideró Yugoslavia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte en 1980, tuvo la habilidad de mantener a su país fuera del bloque soviético sin entrar en el bloque occidental. Yugoslavia fue cofundadora del Movimiento de Países No Alineados, la alternativa a la lógica de bloques de la Guerra Fría. Esa autonomía la convertía en un modelo peligroso: demostraba que era posible existir soberanamente sin rendirle pleitesía a ninguna de las superpotencias.

La implosión de Yugoslavia en los noventa fue el resultado de una combinación de factores internos —el ascenso de los nacionalismos, la crisis económica, los errores del liderazgo post-Tito— y externos. Los externos incluyen el apoyo activo de potencias occidentales a las fuerzas separatistas en distintos momentos del conflicto. Yugoslavia no se disolvió sola: fue lisa y llanamente desmembrada, y el desmembramiento tuvo en esos actores externos muchos intereses precisos.

El Kosovo de 1999 fue el último acto de esa desmembración. El Ejército de Liberación de Kosovo —UCK en sus siglas albanesas— era una organización que el propio Departamento de Estado de los Estados Unidos había catalogado como terrorista en 1998. En 1999, esa misma organización era el aliado de la OTAN ¿Suena a figurita repetida?. El cambio de categoría no reflejó ningún cambio en la conducta del UCK: reflejó un cambio en la utilidad política de ese actor para los objetivos de la alianza atlántica.

Occidente llamó intervención humanitaria al bombardeo de un país soberano sin mandato de la ONU. Llamó terroristas a los que resistían. Llamó liberadores a los que bombardeaban. El manual retórico es siempre el mismo. Solo cambian las víctimas.

La Ilicitud del bombardeo: Lo que el derecho internacional dice

Bombardeo sobre Novi Sad

El bombardeo de Yugoslavia por la OTAN entre el 24 de marzo y el 10 de junio de 1999 fue ilegal bajo el derecho internacional vigente. Esta no es una afirmación polémica: es la conclusión a la que llegaron numerosos juristas, incluyendo varios de tradición occidental, que examinaron el caso con los instrumentos del derecho internacional positivo.

La ausencia de mandato del consejo de seguridad 

La Carta de las Naciones Unidas establece con claridad que el uso de la fuerza entre Estados requiere, salvo legítima defensa ante un ataque armado en curso, la autorización del Consejo de Seguridad. La OTAN no obtuvo esa autorización. Rusia y China, miembros permanentes del Consejo con poder de veto, se opusieron. En lugar de respetar el sistema que Occidente mismo construyó después de la Segunda Guerra Mundial para evitar la guerra unilateral, la alianza decidió simplemente ignorarlo.

La justificación que se intentó construir —la intervención humanitaria como nuevo principio de derecho internacional que no requiere mandato del Consejo— fue rechazada por la mayoría de los juristas internacionales, incluyendo la propia Comisión Internacional Independiente sobre Kosovo, que en su informe de 2000 caracterizó el bombardeo como «ilegal pero legítimo». Una construcción que muchos señalaron como un oxímoron jurídico: si la ilegalidad puede ser legítima, entonces la legalidad deja de ser el criterio. Lo que queda es el poder del más fuerte.

Los objetivos civiles 

El derecho internacional humanitario prohíbe el ataque sobre objetivos civiles. El bombardeo de la OTAN destruyó el edificio de la Radio Televisión de Serbia el 23 de abril de 1999, matando a 16 trabajadores civiles. El propio Javier Solana, Secretario General de la OTAN en ese momento, reconoció que el objetivo era la capacidad de comunicación del gobierno. Eso es exactamente lo que el Protocolo Adicional I de los Convenios de Ginebra prohíbe cuando el resultado previsible son bajas civiles desproporcionadas respecto al objetivo militar.

El uso de munición de uranio empobrecido en los bombardeos —cuyas consecuencias sobre la salud de la población civil en las zonas afectadas siguen documentándose décadas después— es otro aspecto del que los medios occidentales prefieren no hablar. Los aumentos de cáncer y malformaciones congénitas en Kosovo y Serbia asociados a la contaminación por uranio empobrecido están documentados por investigaciones médicas independientes. Nadie rindió cuentas.

El bombardeo de Yugoslavia fue el momento en que la OTAN decidió que el derecho internacional era opcional cuando los intereses de sus miembros lo requerían. Esa decisión tiene consecuencias que seguimos viendo: Iraq, Libia, Siria, Gaza, Irán. El manual es el mismo. Solo se actualizan los nombres.

El patrón que se repite. De Yugoslavia a Irán

Kosovo es Serbia

Lo que ocurrió en Yugoslavia en 1999 no fue un episodio aislado: fue el primer ensayo de un patrón que Occidente repetiría con variaciones en las décadas siguientes. El patrón tiene siempre los mismos elementos: una narrativa humanitaria que justifica la intervención, la invisibilización de la complejidad y de los actores que no encajan en el relato, la ausencia de mandato legal compensada con la suficiencia moral del más poderoso, y la ausencia total de rendición de cuentas cuando los resultados producen más destrucción que solución.

Iraq en 2003: armas de destrucción masiva que no existían, un país destruido, más de un millón de muertos según estimaciones conservadoras, el surgimiento del ISIS como consecuencia directa del vacío de poder creado por la invasión. Nadie rindió cuentas. Tony Blair y George W. Bush siguieron sus vidas con total impunidad.

Libia en 2011: una resolución del Consejo de Seguridad autorizada para proteger civiles convertida en cobertura para un cambio de régimen completo. El país más próspero de África antes de la intervención convertido en Estado fallido con mercados de esclavos documentados por periodistas de la ONU. Nadie rindió cuentas.

Palestina, Siria, Líbano y ahora Irán en 2026. El patrón continúa. Lo que cambia es la geografía y el vocabulario. Lo que no cambia es la impunidad de quienes deciden, la invisibilidad de quienes sufren, y la ausencia de consecuencias para quienes violan el derecho internacional cuando tienen suficiente poder para hacerlo.

En definitiva lo que les hicieron a los serbios en 1999 con el mismo discurso de derechos humanos con que le hacen a otros lo que les hacen hoy me interpela de una manera que no puedo ignorar. Porque el principio que viola el bombardeo de Belgrado es el mismo principio que viola el bombardeo de los palestinos... de los sirios... de los libaneses... de los iraníes, etc. Y la sangre de los inocentes tiene el mismo peso independientemente de su pasaporte.

No hay intervención humanitaria que justifique matar civiles. No hay defensa de los derechos humanos que se construya sobre cadáveres de periodistas y niños. No hay orden internacional basado en reglas que funcione cuando las reglas solo aplican a los débiles.

La identidad que ningún bombardeo puede destruir

Daños en la Iglesia de la Santa Trinidad dañada en Petrić, Kosovo, 1999.

El pueblo serbio lleva más de quinientos años de experiencia en sobrevivir a imperios que quisieron borrarlo. El Imperio Otomano los sometió durante cinco siglos y no logró destruir ni su fe ni su identidad. El nazismo los masacró en la Segunda Guerra Mundial —un millón de serbios muertos, proporciones de exterminio comparables al Holocausto— y no logró destruirlos. La OTAN los bombardeó 78 días en 1999, les arrancó Kosovo —la cuna histórica de la nación serbia, el lugar donde están sus monasterios más sagrados— y no logró destruirlos.

Hay algo en el alma eslava ortodoxa que aprende a sobrevivir en el sufrimiento sin perder la fe. Lo hemos visto en los mártires rusos del siglo XX. Lo vemos en los monjes del Monte Athos que rezan el mismo oficio que rezaban hace mil años como si el tiempo que pasa afuera de los muros del monasterio fuera un detalle. Lo vemos en los sacerdotes serbios que siguieron celebrando la liturgia durante los bombardeos. No como heroísmo performativo: como fidelidad a algo que trasciende la circunstancia histórica y que ninguna bomba puede alcanzar.

La OTAN bombardeó Belgrado. No bombardeó la memoria. No bombardeó la fe. No bombardeó el canto litúrgico que los serbios llevan siglos cantando en iglesias que sobrevivieron a los otomanos y a los nazis y que sobrevivirán también a este orden mundial que se cree eterno y que no lo es.

Вечна памјат мученицима неправедне агресије. Њихови животи су светлост наше историје, а њихова жртва нас подсећа да су пред Богом и људима Косово и Метохија срце Србије. / Memoria eterna a los mártires de la agresión injusta. Sus vidas son la luz de nuestra historia y su sacrificio nos recuerda que, ante Dios y los hombres, Kosovo es y será el corazón de Serbia.

— Fin del comunicado del capitán—

Comparte:

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

AVISO

Es importante aclarar que este sitio fue pensado originalmente para verse bien en computadoras y pantallas grandes. Sin embargo, estoy en pleno proceso de optimización para que se vea correctamente en versiones móviles. Agradezco tu interés y te invito a seguir visitando el Blog.

PERSONAL TRANSLATIONS (COMING SOON)

LAS ISLAS MALVINAS SON ARGENTINAS

LAS ISLAS MALVINAS SON ARGENTINAS

ESTE SOY YO

Mariano Romero Arregin

¡Hola! Mi nombre es Mariano — Un hombre común y corriente escribiendo sobra la vida. Soy primeramente CRISTIANO. En lo profesional, soy productor agrícola, promotor agroecológico en un cultivar de frutas finas, fermentista y cuando tengo algo de tiempo (y dinero especialmente) un viajero amateur. Además, aquí estoy compartiendo mis historias familiares, mi amor por la vida en los cultivos, la naturaleza, la tecnología y el ocio en general.

VISITAS DESDE...

Flag Counter

EL TIEMPO EN USHUAIA

El tiempo - Tutiempo.net

AUTOMATIC TRANSLATION TO...

BOLETÍN INFORMATIVO

Mantenete al tanto de todas las novedades del Blog ¡Es totalmente Gratis!

Косово је Србија / Kosovo je Srbija

Косово је Србија / Kosovo je Srbija

DESTACADA

ES EL MOMENTO DE SER YO

Hoy quiero compartir con ustedes un momento importante de mi vida en el que estoy en proceso de liberarme de todas las cargas que durante ta...

ENTRADAS POPULARES

ARCHIVOS

ENVIAR MENSAJE

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

BÚSQUEDA