LA LOCURA OCCIDENTAL Y LA EXCURSIÓN DE TRUMP

Agresión anglosionista sobre Irán

Sobre la guerra contra Irán, el derecho internacional y las preguntas que nadie responde

«Excursión». Esa fue la palabra que eligió Donald Trump para describir la Operación Epic Fury: la campaña militar conjunta con Israel lanzada el 28 de febrero de 2026 sobre Irán, en la que más de 7.000 objetivos fueron alcanzados en tres semanas, en la que murieron más de 3.100 personas según la ONG iraní HRANA —más de 1.350 de ellas civiles—, en la que una escuela primaria de niñas en Minab fue alcanzada el primer día de operaciones, y en la que el líder supremo Ayatolá Alí Jamenei fue asesinado en un ataque sobre su despacho en Teherán. Todo eso reducido a la banalidad de una excursión. Una salida de fin de semana. Un paseo.

El lenguaje no es inocente en política. Quien elige las palabras elige también el marco dentro del cual se va a leer la realidad. Llamar excursión a una guerra de esta escala es una operación de ingeniería semántica que ya analizamos en estas páginas cuando hablamos del eufemismo en el debate sobre el aborto: el mismo mecanismo, aplicado ahora a la destrucción de un Estado soberano. La misma lógica que convierte «asesinato» en «interrupción voluntaria del embarazo» convierte una guerra de agresión en una excursión bien gestionada.

Quiero hacer en este post las preguntas que el discurso oficial evita, examinar los hechos que los medios hegemónicos presentan de manera sesgada, y analizar las consecuencias geopolíticas de lo que está ocurriendo. Sin simpatías ideológicas —ni por el gobierno de los ayatolás ni por el régimen de Netanyahu ni por la administración Trump— y con foco en el único criterio que me parece objetivamente válido para juzgar estas acciones: el derecho internacional.

Los hechos: Lo que ocurrió y cómo se lo llamó

La destrucción en el colegio irani

Los hechos documentados son los siguientes. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados sobre Irán mientras representantes de ambos países negociaban indirectamente con Teherán sobre el programa nuclear iraní. La operación estadounidense fue denominada Epic Fury; la israelí, Roaring Lion. En el primer día de operaciones, un ataque alcanzó la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en la ciudad de Minab. El Pentágono dijo estar «revisando los informes» sobre bajas civiles.

Los hechos documentados son los siguientes. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados sobre Irán mientras representantes de ambos países negociaban indirectamente con Teherán sobre el programa nuclear iraní. La operación estadounidense fue denominada Epic Fury; la israelí, Roaring Lion. En el primer día de operaciones, un ataque alcanzó la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en la ciudad de Minab. El Pentágono dijo estar «revisando los informes» sobre bajas civiles.

En las semanas siguientes, los ataques alcanzaron instalaciones nucleares, bases militares, ministerios, el edificio del parlamento iraní, la sede de la televisión estatal, y el complejo donde se encontraba Jamenei. Al momento de escribir este artículo, las cifras documentadas por fuentes independientes superan los 3.100 muertos en Irán —incluyendo más de 1.350 civiles— y más de 18.500 heridos. En paralelo, Irán respondió con ataques de misiles y drones sobre Israel, bases estadounidenses en Bahréin, Qatar, Kuwait, Iraq, Jordania, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, causando también bajas en esos países, incluyendo 13 soldados estadounidenses muertos confirmados por el Pentágono.

Trump describió la operación como «adelantada respecto del cronograma» y declaró que Irán ya no tenía «ni armada, ni fuerza aérea, ni radares». Llamó al asesinato de Jamenei «la mayor oportunidad» para el pueblo iraní. Al ser consultado sobre las bajas estadounidenses, dijo que «probablemente habrá más». Todo esto en el registro de gestor satisfecho, no de estadista que asume la gravedad de una guerra.

Una escuela primaria de niñas fue alcanzada el primer día de operaciones. El Pentágono dijo estar revisando los informes. El presidente llamó al conjunto de la operación una «excursión».

La ilicitud del ataque: Preguntas de derecho internacional

Consejo de Seguridad de la ONU

La primera pregunta que hay que hacer, y que sorprendentemente pocos medios occidentales formulan con claridad, es si este ataque es legal bajo el derecho internacional. La respuesta, examinada con los instrumentos que el propio Occidente construyó para regular el uso de la fuerza entre Estados, es *negativa* en aspectos centrales.

El Artículo 2.4 de la Carta de la ONU 

La Carta de las Naciones Unidas, en su artículo 2.4, prohíbe a los Estados «la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado». Las excepciones reconocidas son dos: la legítima defensa ante un ataque armado en curso (artículo 51) y la autorización del Consejo de Seguridad. Ninguna de las dos se aplica sin controversia en este caso.

El argumento de la legítima defensa preventiva —que Israel y Estados Unidos han invocado implícitamente apelando al programa nuclear iraní como «amenaza existencial»— no está reconocido como tal en el derecho internacional positivo. La Carta exige un ataque armado en curso o inminente de manera suficientemente verificable. La ONU no autorizó estas operaciones. El Consejo de Seguridad no emitió ninguna resolución en ese sentido, entre otras razones porque Estados Unidos tiene poder de veto y lo usa sistemáticamente para proteger sus operaciones y las de Israel de toda rendición de cuentas institucional.

El argumento nuclear merece un análisis separado. Irán había suspendido su programa de armas nucleares mediante fatwa del propio Jamenei en 2003 y había firmado el JCPOA en 2015. Fue precisamente la retirada unilateral de Estados Unidos del acuerdo en 2018, durante el primer mandato de Trump, lo que desató la escalada posterior en el enriquecimiento de uranio iraní. Atacar a Irán por las consecuencias de una política que el propio atacante generó tiene una coherencia jurídica y moral que requiere cierta disposición a no ver.

El derecho internacional humanitario y la escuela de Minab 

Más allá de la legalidad del inicio de las hostilidades, el derecho internacional humanitario —los Convenios de Ginebra y sus protocolos adicionales— establece principios que deben regir la conducción de cualquier conflicto armado: distinción entre objetivos militares y civiles, proporcionalidad, precaución. El ataque sobre la escuela primaria Shajareh Tayyebeh el primer día de operaciones, sea intencional o no, activa la obligación de investigación y rendición de cuentas que el Pentágono no parece apresurado en cumplir.

La declaración del portavoz del CENTCOM —«la protección de civiles es de suma importancia y nunca hemos atacado ni atacaremos civiles»— choca con el hecho documentado de que una escuela fue alcanzada y de que la organización Human Rights Activists in Iran registró más de 1.350 civiles muertos en tres semanas de operaciones. Las palabras son una cosa. Los muertos son otra.

El derecho internacional no es un instrumento que las potencias occidentales puedan invocar cuando les conviene y suspender cuando no. O es un sistema con pretensión de universalidad o es una retórica de legitimación del poder. No puede ser las dos cosas al mismo tiempo.

¿Quién gobierna los Estados Unidos? El poder detrás de la política exterior

La casa blanca en Estados Unidos

La segunda pregunta que el texto base formula con toda pertinencia es: ¿quién le da al gobierno estadounidense la autoridad para creerse policía del mundo? Y más fundamentalmente: ¿quién gobierna realmente los Estados Unidos en materia de política exterior de Medio Oriente?

La pregunta no es conspirativa: es institucional. El Congreso estadounidense no declaró la guerra a Irán. La Constitución de Estados Unidos otorga al Congreso la potestad exclusiva de declarar la guerra, y esa potestad ha sido sistemáticamente erosionada desde la Segunda Guerra Mundial mediante autorizaciones genéricas —las AUMF— que permiten al ejecutivo usar la fuerza con criterios cada vez más amplios y menos supervisados. La Operación Epic Fury fue lanzada sin una declaración formal de guerra al Congreso. Trump invocó poderes ejecutivos de emergencia y la amenaza al pueblo estadounidense como justificación. El Congreso, dividido y paralizado, no frenó nada.

Detrás de esa estructura institucional funciona un complejo de intereses que los politólogos llevan décadas describiendo: el lobby israelí —cuya influencia sobre el Congreso y la política exterior estadounidense está documentada académicamente desde los trabajos de Mearsheimer y Walt— los intereses del complejo industrial militar, las empresas petroleras cuya posición se ve afectada por la estabilidad o inestabilidad del Golfo, y las facciones neoconservadoras que llevan décadas propugnando el cambio de régimen en Irán como objetivo estratégico central. Ninguno de estos actores fue elegido por el pueblo estadounidense. Todos tienen acceso directo a quienes sí lo fueron.

La pregunta de quién gobierna realmente no tiene una respuesta simple. Pero sí tiene respuesta: no gobierna únicamente el presidente electo. Gobiernan también las instituciones, los lobbies, los intereses económicos y estratégicos que trascienden los mandatos presidenciales y que producen una continuidad de política exterior que sobrevive a los cambios de administración con una coherencia que ningún votante eligió explícitamente.

Las Petromonarquías y la soberanía que no tienen 

La otra pregunta del texto base merece desarrollo propio: ¿por qué las petromonarquías de Oriente Medio —Arabia Saudita, Qatar, Bahréin, Kuwait, los Emiratos— tienen bases militares estadounidenses en su territorio y actúan como si no tuvieran soberanía plena sobre su política exterior?

La respuesta tiene capas históricas y económicas que se entrelazan. La primera capa es la del petrodólar: desde los acuerdos Nixon-Faisal de 1973-1974, el petróleo del Golfo se comercia en dólares, lo que da al sistema financiero estadounidense un privilegio estructural que depende de la estabilidad política de esas monarquías y de su alineamiento con Washington. La segunda capa es la de la seguridad: las familias gobernantes de esos países dependen de la protección estadounidense frente a amenazas internas y regionales, lo que convierte a las bases militares no en una imposición sino en una contraprestación de un acuerdo que ambas partes consideran conveniente. La tercera capa es la ideológica: el islam político de tipo iraní o de tipo Hermanos Musulmanes representa una amenaza existencial para las monarquías del Golfo que coincide con los intereses estadounidenses en contenerlo.

El resultado es que países con enormes recursos naturales y poblaciones significativas operan en política exterior con un margen de autonomía real mucho menor del que su soberanía formal sugiere. Irán, con todos sus problemas internos es, paradójicamente, uno de los pocos Estados de la región que ha mantenido una política exterior autónoma frente a Washington. Eso lo convierte en amenaza. No porque sea democrático —no lo es en los términos occidentales— sino porque no es obediente.

Rusia, China y el reordenamiento del mundo

Rusia y China. Superpotencias

La guerra contra Irán no ocurre en el vacío geopolítico. Ocurre en el contexto de un reordenamiento mundial en curso que lleva más de una década gestándose y que esta guerra probablemente acelera de maneras que las potencias occidentales no calcularon suficientemente.

China e Irán firmaron en 2021 un acuerdo de cooperación estratégica de 25 años que incluye inversión china en infraestructura iraní a cambio de suministro petrolero preferencial. La destrucción de la capacidad productiva y exportadora de Irán —incluyendo los ataques sobre la isla de Kharg, por donde pasa el 90% de las exportaciones de crudo iraní— afecta directamente los intereses chinos. Pekín (hasta ahora) no va a intervenir militarmente, pero la guerra acelerará su disposición a construir arquitecturas financieras y comerciales alternativas al sistema dominado por el dólar.

Rusia, por su parte, observa con interés estratégico cómo la operación estadounidense en Irán satura los recursos militares y la atención política de Washington, reduciendo la presión sobre sus propios intereses en Ucrania y en el espacio post-soviético. La guerra en Irán es, para Moscú, un dividendo geopolítico indirecto que no le cuesta nada. Rusia ha expresado condena verbal de la operación en el Consejo de Seguridad —junto a China— pero no ha tomado medidas que impliquen costos reales para ella.

Lo que sí está ocurriendo es una aceleración del proceso de desdolarización y de construcción de instituciones multilaterales alternativas a las dominadas por Occidente. El BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghai, los mecanismos de pago bilaterales que evitan el sistema SWIFT: todo eso se hace más atractivo para los países del Sur Global que observan cómo el orden internacional basado en reglas que Occidente proclama es el mismo que Occidente suspende cuando sus aliados atacan Estados soberanos. La brecha entre el discurso occidental sobre el derecho internacional y su aplicación selectiva es el mayor recurso de reclutamiento que tienen las potencias alternativas.

Cada vez que Occidente invoca el derecho internacional para condenar a Rusia en Ucrania y lo suspende para cubrir a Israel en Gaza o en Irán, o hace lo mismo con China respecto a la situación de Taiwán solo queda reflejado la hipocresía occidental y que las reglas no son universales sino instrumentos del poder del que se cree más fuerte (aunque no lo son).

El pueblo iraní

Un grupo de mujeres persas graduadas de la universidad

Ya hablé de mi admiración personal a la cultura, la historia y la valentía del pueblo persa. En la actualidad, el gobierno de Irán está a cargo de casi 90 millones de personas. Muchos de sus habitantes (como pasa en todos los países del mundo) rechazan la forma de gobierno y ha habido en el pasado, varias protestas en el país que lo demuestran. Esas personas no son responsables de las políticas de su gobierno. Y esas personas son parte de las que están muriendo bajo los bombardeos: más de 1.350 civiles documentados en tres semanas, incluyendo las niñas de la escuela de Minab que mencionaba anteriormente.

La dignidad del pueblo iraní no depende de la legitimidad de su gobierno por parte de occidente. Depende del principio, elemental y no negociable, de que los civiles no son objetivos militares y de que la destrucción de un país no es el camino para liberar a su pueblo. La historia de los bombardeos «liberadores» en Iraq, en Libia, en Afganistán, debería haber enseñado esa lección. Aparentemente, no lo hizo.

Lo que sí es documentable es la respuesta del pueblo iraní a la agresión: las multitudes en las plazas de Teherán y otras ciudades que lloraron la muerte de Jamenei no como fans del régimen sino como ciudadanos bajo ataque. El nacionalismo iraní —que es anterior al islam político y que sobrevivió al sha, a la revolución y a ocho años de guerra con Iraq— se activa cuando el país es atacado desde afuera, independientemente de cómo se sientan los iraníes respecto de sus propios gobernantes. Eso no es paradójico: es humano. Y es el tipo de consecuencia que los estrategas de la Operación Epic Fury aparentemente no calcularon.

Las preguntas que quedan

Bandera de Irán

¿Cuál es el objetivo de esta guerra? Los objetivos declarados —destruir el programa nuclear iraní, cambiar el régimen— tienen problemas serios. Los programas nucleares no se destruyen permanentemente con bombardeos: los conocimientos científicos sobreviven a las instalaciones físicas, y un régimen que sobreviva a este ataque —o el que lo reemplace— tendrá razones aún más poderosas para buscar la disuasión nuclear que ningún tratado le ofrezca garantías. La historia de Corea del Norte es el antecedente más elocuente.

¿A quién responde esta guerra? Responde a una convergencia de intereses que incluyen la propaganda israelí, los intereses del complejo industrial militar estadounidense, y la agenda neoconservadora de reconfiguración del Medio Oriente que lleva décadas sin producir los resultados prometidos.

¿Quién le da a Estados Unidos la autoridad para ser policía del mundo? Nadie. Se la tomó, con el consenso pasivo de las potencias que se benefician del orden que esa policía sostiene y con la oposición creciente de las que no. Ese consenso se está erosionando. Esta guerra lo erosiona más.

Y mientras tanto, en una ciudad llamada Minab, hay una escuela primaria de niñas que el 28 de febrero de 2026 fue alcanzada por la excursión. Sus nombres no aparecen en los partes de operaciones. Sus familias no tienen acceso a ningún mecanismo de rendición de cuentas. El Pentágono sigue revisando los informes.

¡Ay de los que dictan leyes injustas y de los que redactan decretos opresivos! ¿Qué haréis en el día del castigo? — Isaías 10:1,3

Fuente de la imagen del colegio atacado: Mehr News Agency

— Fin del comunicado del capitán—

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