La epidemia de los therians y la nueva cultura de la deshumanización
Creo que todos estamos viviendo una época particularmente confusa. No porque el ser humano haya dejado de hacerse preguntas —todo lo contrario—, sino porque ha comenzado a perder la capacidad de formularlas correctamente...
Las cuestiones esenciales de la existencia, aquellas que han acompañado al hombre desde el inicio de los tiempos —¿Quién soy?, ¿para qué existo?, ¿Qué sentido tiene mi vida?— han sido desplazadas por interrogantes cada vez más superficiales, fragmentados y autorreferenciales. Ya no buscamos comprender la realidad; aspiramos a rediseñarla según nuestros deseos.
Dentro de este escenario emerge el fenómeno de los llamados therians: personas que afirman identificarse parcial o totalmente como animales, ya sea en un plano simbólico, psicológico, espiritual o incluso físico...
Lo que para algunos podría parecer una extravagancia marginal, una moda pasajera o una simple expresión creativa de la identidad, es en realidad un síntoma profundo de una crisis antropológica sin precedentes.
No estamos ante un juego inocente, sino frente a una manifestación extrema de la confusión cultural que atraviesa nuestro tiempo.
La subjetividad como nueva religión
La aparición y expansión de esta corriente no puede comprenderse sin analizar el contexto ideológico que la sostiene...
Vivimos bajo un paradigma que glorifica la subjetividad absoluta, donde la percepción individual ha sido elevada al rango de verdad incuestionable.
Ya no soy lo que soy, sino lo que siento ser. Y si hoy siento ser un animal, entonces debo ser reconocido social, cultural y jurídicamente como tal.
Esta lógica, que a simple vista podría parecer un gesto de empatía y tolerancia, encierra una profunda contradicción: al absolutizar la subjetividad, se destruye la noción misma de verdad.
La identidad deja de ser un proceso de maduración interior para convertirse en una serie de etiquetas intercambiables.
¿Qué queda del hombre cuando renuncia a su humanidad?
Desde una perspectiva cristiana, filosófica y humanista, la respuesta es clara: nada. Porque el hombre no es una construcción cultural azarosa ni un accidente biológico sin propósito.
Es una criatura dotada de razón, conciencia moral, libertad y vocación trascendente. Ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, no como un detalle simbólico, sino como una afirmación ontológica de su dignidad. Reducirse simbólicamente a un animal no constituye una ampliación de la identidad, sino su empobrecimiento.
Durante siglos, el pensamiento humano ha buscado elevarse...
Hoy, paradójicamente, asistimos al movimiento inverso: una cultura que impulsa la regresión, la infantilización emocional, la disolución de la responsabilidad personal y la exaltación de los instintos primarios.
El ideal ya no es la madurez, sino la espontaneidad.
Ya no es la virtud, sino el deseo.
Ya no es la verdad, sino la autoafirmación.
La herida invisible y la crisis espiritual
Detrás de estas manifestaciones suele esconderse una herida profunda...
La identificación animal funciona muchas veces como un refugio psicológico, un espacio donde el dolor, la frustración, la inseguridad o el rechazo social encuentran una narrativa alternativa.
En lugar de sanar esas heridas, la cultura dominante las legitima, las celebra y las convierte en identidad.
Desde la cosmovisión cristiana, esta crisis adquiere una dimensión aún más profunda...
Cuando el hombre deja de verse como imagen de Dios, comienza a verse como materia moldeable. Cuando olvida su origen divino, pierde también su destino eterno. Y entonces, cualquier identidad resulta igual de válida, porque ninguna tiene un fundamento sólido.
Reducir la identidad humana a categorías animales implica borrar la frontera entre instinto y razón, entre impulso y conciencia moral...
La historia ofrece ejemplos trágicos de lo que ocurre cuando la dignidad humana es erosionada...
Siempre comienza con una deshumanización simbólica.
Siempre termina con una deshumanización real.
Compasión sin mentira
No estoy tratando ni de perseguir, ni de ridiculizar ni condenar con este post.
La compasión verdadera no consiste en validar todo, sino en acompañar hacia la verdad.
Amar no es aplaudir el error, sino ayudar a salir de él.
Una voz necesaria
Defender la dignidad humana hoy es un acto profundamente contracultural...
Es resistir la banalización del hombre.
Es afirmar que la vida tiene sentido.
Que la identidad no es un capricho.
Que la verdad existe.
Y que el amor auténtico no miente.
Somos imagen de Dios
Y mientras esa verdad siga siendo proclamada, habrá esperanza para un mundo que, aun perdido, sigue buscando —aunque no siempre lo sepa— el rostro de su Creador.
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