Hay días extraños en Ushuaia y que foto horrible que saqué.
Días en los que el sol aparece sin pedir permiso y el viento, por una vez, decide quedarse quieto. No son muchos. Se cuentan con los dedos de una mano a lo largo del año. Hoy fue uno de esos.
Llevé a mi mamá hasta el laboratorio porque debía hacerse unos análisis. Después nos fuimos a tomar unos mates cerca del aeropuerto. Raro que en esa zona no haya casi viento. Casi siempre el aire se mueve con fuerza por ahí, como si el canal y las montañas se hubieran puesto de acuerdo para no dejar nada en calma. Hoy no. Hoy el aire estaba relativamente en calma.
Adentro del auto el sol pegaba fuerte y se hacía sentir. Hacía un calor que, por supuesto, no era el mismo que afuera. Porque afuera, aunque estuviera lindo, el fresco de Ushuaia casi siempre gana la partida. Es una regla no escrita de este lugar: aunque el cielo esté limpio y el sol brille, el aire conserva esa frescura que te recuerda dónde estás (o sea el c... del mundo).
Igualmente, fue un día muy lindo para caminar. Para sacar un poco el cuerpo a la calle. Para tomar aire fresco sin tener que pelear contra el viento.
A veces no se necesitan grandes cosas. Alcanza con un sol que se anima a quedarse, con un viento que por una vez afloja, con el simple hecho de acompañar a alguien y sentarse a tomar mates en un rincón donde normalmente no se puede estar quieto.
Hoy Ushuaia se portó bien. Y uno agradece estos días contados, porque sabe que mañana el viento probablemente vuelva a mandar.
— Fin del comunicado del capitán—

