Hay olores que se quedan pegados a la memoria más que cualquier foto.
Hay olores que se quedan pegados a la memoria más que cualquier foto. Durante mi adolescencia el olor que me acompañaba no era precisamente agradable. A veces era blanco de burlas. Otras veces, simplemente, no había nada. No había acceso, no había opciones, no había esa cosa pequeña y poderosa que es poder elegir cómo uno quiere oler. El cuerpo joven, el calor, la falta de recursos… todo se juntaba y el resultado era un aroma que preferiría olvidar.
El primer despertar: Humildes comienzos
Hasta que un día, en casa, me regalaron el primer perfume de mi vida: Trekking de Avon. No era un gran perfume. No pretendía serlo. Pero para mí fue un antes y un después. Todavía hoy, cuando lo huelo, me vuelve una ternura extraña. Es como encontrarse con una versión anterior de uno mismo que todavía no sabía que el olor podía ser un lenguaje.
Trekking sigue estando presente en mi vida. Siempre lo repongo cuando lo veo a un precio razonable y ahora me queda bastante poquito en mi último batch. Es un recuerdo líquido que se niega a desaparecer del todo. Antes del gran cambio de 2004 también tuve el Black Suede, al que le guardo mucho cariño. Fue parte de esa etapa en la que todavía estaba descubriendo qué me gustaba y qué no.
El punto de inflexión: Descubriendo la alquimia
Después vino el año 2004. El amor de mi vida me regaló Le Male de Jean Paul Gaultier. Ese frasco azul con forma de torso masculino no solo cambió mi manera de oler: cambió mi manera de mirar el mundo de las fragancias. Ahí empezó todo de verdad. El gusto por lo designer, por lo nicho, por lo árabe. La curiosidad por los aceites esenciales, por la aromaterapia, por esa especie de alquimia moderna que es la perfumería. Descubrí que detrás de cada botella hay un arte, una historia, una emoción buscada con precisión casi quirúrgica.
De rupturas y nuevos hallazgos
Durante mucho tiempo mi perfume firma fue el CH Men Privé de Carolina Herrera. Me acompañó, me representó, se volvió parte de mi identidad olfativa… hasta su desafortunada discontinuidad. Me rompió el corazón. En serio. Todavía a veces miro el frasco vacío y le pregunto al aire: Carolina… ¿por qué? 😂
Pero la vida (y la nariz) siempre encuentran caminos. Descubrí Giesso 01, de industria nacional, y me volvió el alma al cuerpo. También lo hizo Natura Essencial Elixir, que hoy me está costando encontrar en el famoso “mercado por abajo” de Marketplace. Cuando aparece alguno, es casi una victoria personal.
El refugio actual: Mucho más que vanidad
Con el tiempo fui entendiendo mis preferencias. Mis notas favoritas van por los tonos de cuero, licor, tabaco, pimienta y maderas. En verano me inclino por las acuáticas, cítricas o frutales. Y algo que me sorprende de mí mismo es que ya no me disgustan, como antes, las notas florales en la perfumería masculina. La intensidad de las especias, el oud o las rosas es algo que estoy aprendiendo a disfrutar: no solo de llevarlo yo, sino de olerlo en otra gente. No es que ande olfateando a nadie, pero siempre uno encuentra a alguien que sabe destacar con un perfume.
Hoy no tengo una colección enorme. Tengo opciones. Suficientes para elegir según el día, el clima, el estado de ánimo o simplemente el deseo de oler distinto. Y entre todas ellas, hay una que ocupa un lugar especial: Maffia de Nina Lamaison. Es mi perfume favorito. Cuando lo uso, siento que el corazón se acomoda un poco mejor dentro del pecho.
Porque al final eso es lo que hace un buen perfume: no solo cubrir un olor, sino alegrar el corazón. A veces con una nota nostálgica de Avon. A veces con la elegancia de un clásico de JPG. A veces con la intensidad de una fragancia que uno elige como propia. Y a veces, simplemente, con la alegría de haber encontrado un reemplazo digno después de una discontinuidad que dolió más de lo que debería.
El perfume, cuando se elige con el alma, no es vanidad. Es memoria. Es cuidado. Es una forma silenciosa de decirse a uno mismo: hoy también merezco oler bien.
— Fin del comunicado del capitán—

