Un nuevo año, una vieja esperanza
Reflexiones para comenzar sin ruido, pero con profundidad
Empieza un nuevo año en el calendario civil occidental. Un año que promete muchas cosas, pero que también exige transformaciones profundas. No se trata solo de cambiar hábitos, sino de revisar el alma, de ordenar el interior, de volver a mirar el rumbo con honestidad.
El mundo avanza a la deriva hacia un futuro incierto. Todo parece acelerado, frágil, confuso. Nada me sorprende ya. La maldad crece, se perfecciona, se disfraza, se vuelve sofisticada. Se infiltra en las estructuras, en los discursos, en las costumbres, y muchas veces hasta en nuestras propias decisiones. Sin embargo, seguimos de pie. Seguimos luchando. Seguimos resistiendo, aun con nuestras caídas, contradicciones y errores.
No somos héroes. Somos peregrinos cansados, aprendiendo a caminar sin perder la fe. Tropezamos, nos equivocamos, dudamos, pero volvemos a levantarnos. Y ese gesto humilde —volver a levantarse— es, quizá, una de las formas más silenciosas y poderosas de la esperanza.
Este nuevo año no lo espero con euforia ingenua, sino con una esperanza serena. No confío en promesas vacías ni en soluciones mágicas. Confío en el trabajo interior, en la conversión cotidiana, en el esfuerzo paciente, en la oración que sostiene, en el amor que no hace ruido.
Que este tiempo que comienza nos encuentre más despiertos, más responsables, más humanos. Que sepamos distinguir la luz en medio del ruido, la verdad en medio del engaño, y el bien incluso cuando parece débil.
Porque, aunque la oscuridad avance, una sola chispa basta para recordar que la noche no es eterna.


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