El más fiel de los amantes
El café es uno de mis más fieles amantes. No importa si es con las primeras luces del alba o en las oscuras noches de trabajo, siempre está ahí, listo para mí. Tan caliente, tan delicioso. A veces nos animamos a jugar un poco más e invitamos algún que otro ingrediente para que se sume al festín, como para salir de la rutina, ¿vio?
En lo personal me gusta intenso aunque no dulce. Siento que en el amargor, uno puede sentir cosas diferentes que lo meloso le quita. Esos toques que recuerdan a sabores de paraísos tropicales con playas hermosas. En un buen café, podemos transportarnos aunque sea imaginariamente y por unos instantes, a esos lugares de fotos de revistas en el Caribe.
Sin dudas un buen café te deja con ganas de más. De repetir esa maravillosa experiencia y de ser posible, ir descubriendo nuevas variedades aunque suenen muy exóticas.
Los rituales del café
Hay cosas que uno no elige conscientemente como rituales y que sin embargo lo son. Se instalan solos, con la paciencia silenciosa de lo que sabe que va a quedarse, y un día uno se da cuenta de que sin ellas el día no empieza o no cierra o no tiene la forma que debería tener. El café es, para mí, el primero y el más antiguo de esos rituales.
El café de la mañana es sagrado. No en sentido metafórico sino en el sentido más concreto de la palabra: es el momento que no se toca, el que pertenece solo al que lo bebe y a la taza que lo contiene. En Ushuaia, donde en invierno el amanecer llega tarde y la oscuridad tiene un peso físico que el resto del país no conoce igual, ese primer café es la señal de que el día arrancó. El vapor que sube, el olor que llena la cocina antes de que nada más haya sucedido, el calor de la taza contra las manos todavía frías: todo eso es un pequeño rito de apertura que ninguna otra bebida reemplaza. El mate —que también tiene su lugar en esta vida— es compañía. El café de la mañana es soledad elegida, presente pleno, el único momento del día en que uno puede estar consigo mismo antes de que el mundo empiece a pedir cosas.
El café de la noche es completamente distinto. No tiene la serenidad del matutino: tiene urgencia, complicidad, el calor de quien llega en el momento justo. Es el que aparece cuando el texto no termina de cerrar, cuando la pantalla lleva horas encendida y el pensamiento empieza a aflojarse. No se elige ese café: se necesita. Y hay algo en esa necesidad, en esa dependencia sin vergüenza, que lo hace más íntimo que cualquier otro. El café de la noche sabe que uno está en apuros y viene de todas formas. Eso es lealtad.
Y después está el café de la conversación, que es quizás el más humano de todos. El que se sirve cuando alguien viene a charlar, el que da permiso para que la visita se extienda, el que convierte un rato en una tarde. No hay conversación importante en mi memoria que no tenga una taza en algún lugar del cuadro. Como si el café fuera el gesto que le dice al otro: quedate, esto vale la pena, no hay apuro. El más simple de los rituales de hospitalidad, y el más efectivo.
El amargor. Lo que lo dulce en este caso no puede dar
Me gusta el café sin azúcar, y eso ya lo dije en el texto de arriba sin disculpas. Pero quiero detenerme un momento en el amargor porque creo que merece más que una preferencia declarada: merece una descripción.
El amargor del café bien hecho —no el de la sobre-extracción, no el del café quemado, sino el del café correcto— es una cosa viva. No es plano ni lineal: tiene capas que se despliegan despacio, que cambian entre el primer sorbo y el retrogusto, que dejan en la boca algo que pide ser pensado antes de ser juzgado. Hay en ese amargor toques que efectivamente transportan: algo frutal que recuerda al tamarindo o a la guayaba madura, algo floral que aparece casi sin avisar, algo que en los mejores cafés de origen tiene esa calidad tropical que el texto base nombra con exactitud. Los cafés etíopes de Yirgacheffe, por ejemplo, tienen notas de bergamota y jazmín que hacen que beberlos sin azúcar sea la única manera de no perderse nada. Son casi perfumes comestibles.
El azúcar aplana todo eso. Lo redondea, lo suaviza, lo vuelve amable. Y en ese proceso pierde la textura, la sorpresa, la posibilidad de que en algún sorbo aparezca algo inesperado. El café con azúcar es siempre el mismo café. El café sin azúcar es siempre un poco distinto, dependiendo del origen, del tueste, del agua, de la temperatura, del estado de ánimo de quien lo bebe. Esa variabilidad es exactamente lo que lo hace interesante.
Hay algo más, más difícil de decir sin sonar pretencioso pero que voy a decir igual: el amargor del café exige presencia. No se puede tomar distraído y apreciarlo al mismo tiempo. Pide que uno esté ahí, en el sorbo, prestando atención a lo que está pasando. En ese sentido, el café sin azúcar es una pequeña práctica de estar en el mundo con los sentidos abiertos. Que eso suceda en una taza y no en un retiro de meditación no lo hace menos real.
El Café y la escritura: una sociedad que funciona
Escribo con café. Siempre. No es una costumbre que elegí: es una que se instaló sola y que a esta altura forma parte del proceso tan naturalmente como abrir el documento o encender la lámpara. La taza está en algún lugar del escritorio, generalmente más cerca de la mano que el teclado, y su presencia es una parte del ritual de escritura que no sé bien cómo explicar pero que funciona.
Hay una teoría sobre por qué el café y el pensamiento se llevan tan bien, y tiene que ver con el estado que la cafeína produce: no la excitación nerviosa del que tomó demasiado, sino el equilibrio entre la alerta y la calma que una cantidad correcta genera. Es ese estado específico —presente pero no agitado, abierto pero no disperso— el que la escritura necesita y que el café, en su mejor versión, facilita. El cerebro encendido sin el ruido de fondo que lo desconcentra. La ventana abierta sin el viento que revuelve los papeles.
Pero hay algo más que la química. Está el gesto de tomar un sorbo que tiene su propio valor en el proceso. Ese segundo de pausa, de separarse físicamente del texto, de desviar los ojos de la pantalla hacia la taza, es a veces el único intervalo que alcanza para ver lo que no se estaba viendo. Las mejores correcciones me llegaron ahí, en ese brevísimo alejamiento. Como si el texto necesitara que uno mirara para otro lado un momento para mostrar lo que quería mostrar.
Los cafés históricos de Europa —el Café de Flore en París, el Caffè Florian en Venecia, el Central en Viena— no fueron los lugares donde se escribió la literatura del siglo XIX y XX por casualidad. Eran los lugares donde el estado correcto para escribir era posible: el ruido de fondo justo, la temperatura justa, la bebida justa, la mezcla de soledad y presencia humana que el escritor necesita para no sentirse ni solo ni interrumpido. El café como ecosistema de pensamiento, podría decirse. Aunque hoy ese ecosistema sea una cocina en Ushuaia a las once de la noche con la nieve afuera.
La historia de la literatura podría contarse, en parte, como una historia del café. Todo lo que se pensó con una taza de por medio. Todo lo que no hubiera salido igual sin ella.
La Bitácora del Capitán y sus cafés
Cada artículo que escribí en estas páginas tuvo un café de por medio. Los análisis teológicos, las cartas, las reflexiones sobre los 40 años, el lanzamiento de CABOS, las noches rusas con Tchaikovski de fondo: todos tuvieron en algún momento del proceso una taza humeando cerca del teclado. No sé si eso los hace mejores. Sí sé que los hace más honestos, porque el café tiene esa propiedad extraña de desactivar la impostura. Uno no puede tomar un buen café y escribir algo falso al mismo tiempo. La combinación no funciona.
Hay artículos que nacieron con el café de la mañana, todavía sin el ruido del día, cuando la idea estaba fresca y el silencio era total. Hay otros que se terminaron con el café de la noche, cuando la única manera de cerrar era quedarse hasta que cerrara. Y hay algunos que se escribieron en la pausa entre una taza y la siguiente, en ese intersticio donde el pensamiento flota libre antes de volver a apoyarse en las palabras.
Esta bitácora es muchas cosas: análisis, memoria, fe, idioma, alfajores, política, duelo, café. Especialmente café. Porque sin él, honestamente, no sé si las palabras llegarían de la misma manera ni si tendrían el mismo calor cuando llegan.
El café es uno de mis más fieles amantes, sí. Y esta bitácora es, entre otras cosas, la prueba de lo que ese amor produce cuando se sienta frente a un teclado con ganas de decir algo verdadero.
— Fin del comunicado del capitán—


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