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| Voy recibiendo la iluminación |
Me he dado cuenta de algo en estos últimos tiempos. Algo que, aunque sabía en el fondo de mi ser, me costaba aceptar. Y este tiempo de cuarentena me lo ha confirmado. ¡Soy un tarado! Y no un tarado cualquiera, no, de los buenos, de los que tienen talento natural para hacer estupideces a diestra y siniestra. No es que sea un tarado temporal, como aquellos que tienen un día malo y hacen alguna tontería. Yo voy más allá del tiempo, y parece que nada ni nadie puede evitar que mi taradez salga a relucir. No sé si es el encierro en las cuatro paredes de esta casa o qué, pero me siento cada vez más imbécil.
Este aislamiento social nos tiene a muchos de los pelos, y es que estar encerrado en casa durante tanto tiempo sin poder hacer nada es un auténtico desafío. Ya es una cuestión de salud pública que las autoridades vean la forma de darnos algo de la libertad que nos han cercenado desde el comienzo de la pandemia en Argentina. Pero bueno, no quiero hablar de política ni de la pandemia. Quiero hablar de mí y de mi taradez. Me doy cuenta de que siempre he sido un poco torpe en la vida, y que esta cuarentena ha sacado a la luz mi verdadera naturaleza. Soy de esas personas que siempre están dispuestas a ayudar a los demás, pero que descuidan su propio bienestar. Y eso, queridos amigos, es de tarados.
Mi abuela, que sufre de un deterioro cognitivo en crecimiento y un cáncer, hoy me gritaba desde la cama (me cuesta horrores hacerla levantar) que a veces era un tonto, y hoy más que nunca, creo que tiene toda la razón. Siempre fui una persona que antepuso el bienestar del otro sobre el personal y va a sonar raro y hasta un tanto antipático, pero creo que en la vida a veces hay que ser un poco egoísta y no entrar tanto en esa concepción de la familia que nos venden. Ni que hablar de los religiosos del haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago. A mí no ser algo más egoísta me ha resultado en un frustrante presente. Es hora de que cambie eso. Es hora de que empiece a cuidar un poco más de mí, de mis intereses y de mis necesidades. Porque si yo no me cuido, ¿quién lo va a hacer? Y no es que tenga que ser un egoísta absoluto, pero sí que tengo que aprender a ponerme en primer lugar de vez en cuando.
Me he dado cuenta de que a veces soy un poco torpe en la vida. Que me cuesta hacer algunas cosas, que no siempre tengo las mejores ideas y que, en general, me falta un poco de inteligencia emocional. Pero eso no significa que no pueda mejorar. Y es que, si hay algo que he aprendido en esta cuarentena, es que siempre hay margen para mejorar.
No sé si soy el único que se siente así, pero creo que la cuarentena ha sacado lo peor de nosotros mismos. Y es que, cuando estamos encerrados en casa, sin poder salir, sin poder ver a nuestros seres queridos, sin poder hacer nada, nuestra mente se vuelve loca.
Por otro lado, también me he dado cuenta de que esta cuarentena me ha hecho reflexionar sobre mi vida y las cosas que quiero cambiar en ella. He estado leyendo y aprendiendo mucho sobre temas como el crecimiento personal, la productividad y el bienestar emocional, y estoy empezando a implementar algunos cambios en mi rutina diaria.
Una de las cosas más importantes que he aprendido es que necesito cuidar mi salud mental. En el pasado, he lidiado con problemas de ansiedad y depresión, y he aprendido que necesito tomar medidas activas para cuidar mi bienestar emocional.
Nada, solo quería descargarme un poquito. Sabiendo que no somos los mejores, pero tampoco los peores. Algo más merecemos los tarados y yo ahora me voy a tomar unos tragos de un destilado que fabriqué de forma casera con frambuesas ¿Qué tal está? Pues la verdad no sé, así que sí vuelvo a escribir, es porque estoy vivo y el experimento salió bien. Por las dudas, me despido de todos.



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