NOSOTROS NO CELEBRAMOS HALLOWEEN

¿Calabazas? Mejor para comer

Halloween, esa festividad importada que ha ganado popularidad en muchos lugares del mundo, incluyendo lamentablemente Argentina, es un tema que ha suscitado una serie de opiniones encontradas. Desde mi perspectiva, veo Halloween como una festividad que no forma parte de la identidad argentina ni mucho menos de la identidad cristiana. A lo largo de este extenso texto, exploraré en detalle mis razones para mantener una opinión negativa sobre Halloween en el contexto de Argentina y desde una perspectiva cristiana.

Antes de profundizar en los argumentos en contra de Halloween, es importante comprender el origen de esta celebración y cómo ha evolucionado a lo largo del tiempo. Halloween tiene sus raíces en la antigua festividad celta de Samhain, que marcaba el final del verano y el comienzo del invierno. Los celtas creían que en esta fecha, los espíritus de los muertos volvían a la Tierra, y para protegerse de los espíritus malignos, encendían hogueras y usaban disfraces.

Con la expansión del cristianismo, la Iglesia Católica Romana intentó cristianizar las festividades paganas, y Samhain se fusionó con el Día de Todos los Santos, que se celebraba el 1 de noviembre. De esta manera, la noche anterior a Todos los Santos se convirtió en la víspera de "All Hallows' Eve," lo que finalmente derivó en Halloween.

Sin embargo, el Halloween que conocemos hoy en día tiene sus orígenes en América del Norte. Fue llevado a América por los colonos europeos y se ha convertido en una festividad comercial y culturalmente importante en Estados Unidos, donde la influencia de la industria del entretenimiento, la publicidad y el comercio ha hecho que esta festividad sea celebrada de manera masiva y, en ocasiones, excesiva.

En Argentina, Halloween ha ido ganando terreno en las últimas décadas, especialmente entre los más jóvenes. Pero a pesar de su creciente popularidad, muchos argentinos (incluyéndome por supuesto) se mantienen reacios a adoptarla como parte de su cultura. Aquí es donde comienzan las opiniones negativas sobre Halloween.

Primeramente y desde mi perspectiva como cristiano, Halloween se presenta como una celebración que promueve el culto a lo oculto y lo maligno. La representación de brujas, fantasmas y monstruos puede ser perturbadora y contribuir a una visión distorsionada de lo que es el bien y el mal. En lugar de celebrar la vida y la luz, Halloween se centra en la oscuridad y la muerte. Esta contradicción con los principios cristianos hace que sea difícil para mí, y para muchos cristianos, aceptar Halloween como una festividad inofensiva o divertida.

El énfasis en el aspecto tenebroso y macabro de Halloween también puede ser problemático para algunos padres y profesionales de la educación en Argentina. La exposición a imágenes y temas de terror puede ser inapropiada para niños pequeños y puede contribuir a una cultura de violencia y miedo en lugar de promover valores más positivos y constructivos. Como padre, me preocupa que mis hijos sean expuestos a contenidos que puedan perturbar su mente o que promuevan una visión distorsionada de la realidad. Prefiero fomentar en ellos valores de amor, bondad y respeto por la vida, en lugar de celebrar una festividad que gira en torno al miedo y la muerte.

Otro de los principales argumentos en contra de Halloween en Argentina es que es una festividad ajena a nuestra cultura. Nuestra nación tiene una rica historia de tradiciones y festividades propias, como el Día de la Independencia, el Día de la Revolución de Mayo y el Día de la Tradición (que por cierto hay gente que no tiene idea de cuando es), entre otros. Estas festividades reflejan la identidad argentina y su historia. Halloween, en contraste, es una celebración que no tiene raíces en la cultura argentina y que se ha importado principalmente a través de influencias extranjeras, en particular, de los Estados Unidos.

En esencia, como argentino, veo la adopción de Halloween como una pérdida de la riqueza de nuestras tradiciones y un desvío de nuestra identidad cultural. En lugar de celebrar festividades que nos conecten con nuestra historia y raíces, estamos adoptando una festividad que no tiene ningún vínculo con nuestra tierra ni con nuestra gente. Esto puede llevar a una dilución de nuestra identidad cultural y una adhesión acrítica a lo peor de las modas extranjeras.

Otra cosa absurda de esta "fiesta" es el aspecto comercial que tiene Halloween. Al igual que en muchos otros lugares, varias tiendas y empresas argentinas aprovechan esta festividad para vender disfraces, decoraciones y caramelos, lo que lleva a un aumento irracional de los gastos en una época del año en la que muchas familias argentinas ya no saben cómo seguir económicamente. La crítica al aspecto comercial de Halloween no se limita solo a los gastos. También se argumenta que esta festividad promueve el consumismo y la cultura de lo desechable. 

En resumen, desde mi perspectiva personal, Halloween es una festividad que no forma parte de la identidad argentina ni cristiana. La adopción de Halloween en Argentina se percibe como una pérdida de nuestra rica tradición cultural y un alejamiento de nuestras creencias religiosas. La promoción de lo macabro y lo tenebroso choca con los valores cristianos y puede tener un impacto negativo en la mente de los niños. Además, el aspecto comercial de Halloween puede llevar a un

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PALESTINA LIBRE: UN GRITO POR LA JUSTICIA

Hombre palestino con bandera de Palestina

فلسطين حرة

Hay momentos en que uno no puede seguir escribiendo sobre teología abstracta sin antes mirar lo que está pasando delante de sus ojos. Este es uno de esos momentos.

Quiero ser honesto desde el principio: no escribo esto desde la distancia fría del analista. Lo escribo como cristiano ortodoxo, como alguien que ha abrazado la fe que nació exactamente en esa tierra, entre ese pueblo, en esas calles que hoy están cubiertas de escombros. Lo escribo desde la indignación, sí, pero sobre todo desde el dolor de hermano. Porque lo que está muriendo en Palestina no es solo una causa política. Es parte de mi familia en la fe. Y eso cambia todo.

Quiero hablar específicamente de algo que los medios de comunicación masivos, los debates geopolíticos y hasta gran parte de la solidaridad internacional dejan sistemáticamente en el costado: los cristianos palestinos. Los descendientes directos de la Iglesia apostólica. Los herederos de aquellos sobre quienes descendió el Espíritu Santo en Pentecostés. Los que llevan dos mil años rezando en esa tierra y que hoy están desapareciendo en silencio, sin que casi nadie en el mundo cristiano occidental sienta la necesidad urgente de nombrarlo.

Este artículo es para ellos. Y es también, con toda humildad, un examen de conciencia para los que nos llamamos cristianos y miramos hacia otro lado.

Mis hermanos que el mundo no ve

la iglesia de San Porfirio junto a una mezquita. Ambas atacadas

Cuando me volví a acercar a la fe verdadera después de un tiempo de apostasía, una de las primeras cosas que me impactó fue la comprensión de la Iglesia como cuerpo vivo que trasciende el tiempo y el espacio. No es una institución con sede central y sucursales. Es una comunión de iglesias locales que comparten la misma fe apostólica, la misma Tradición, los mismos sacramentos. Y entre esas iglesias locales están las iglesias palestinas: la Ortodoxa de Jerusalén, la Greco-Católica Melquita, la Siro-Ortodoxa, la Armenio-Apostólica, la Maronita, la Latina.

Son iglesias más antiguas que cualquier denominación moderna occidental. Son comunidades que oran en árabe, en arameo —la lengua de Jesús— y en griego desde antes de que existiera Europa tal como la conocemos. Y son comunidades que están muriendo.

No es una metáfora. Es un hecho demográfico brutal. Antes de 1948, los cristianos representaban alrededor del 20% de la población palestina. Hoy son menos del 2% en los territorios palestinos. La ocupación, el bloqueo, la confiscación de tierras, la imposibilidad de construir un futuro digno han producido una emigración constante que la guerra actual convirtió en desbandada. Mis hermanos en la fe están huyendo de la Tierra Santa. Y el mundo cristiano occidental, demasiado ocupado aplaudiendo al Estado de Israel como cumplimiento de la profecía bíblica, no parece notarlo.

San Porfirio: La Iglesia más antigua bajo las bombas 

La iglesia de San Porfirio en Gaza lleva el nombre del obispo que evangelizó esa ciudad en el año 400 después de Cristo. El edificio actual data del siglo V. Tiene más de mil seiscientos años. Ha sobrevivido invasiones, cruzadas, terremotos, conquistas. Ha sobrevivido a todo.

En octubre de 2023, un misil impactó en su recinto mientras daba refugio a más de cuatrocientas personas desplazadas por los bombardeos. Al menos diecisiete murieron en ese primer ataque. La iglesia fue alcanzada en varias ocasiones más a lo largo de la guerra. Las imágenes que llegaron —el techo derrumbado, las columnas partidas, los fieles rezando entre los escombros— me dejaron sin palabras durante días.

Pienso en esa iglesia con una frecuencia que no esperaba. Pienso en los sacerdotes que siguieron celebrando la Divina Liturgia entre las ruinas. En los feligreses que siguieron comulgando con los misiles cayendo afuera. En esa continuidad de la fe que ninguna bomba ha podido interrumpir en dieciséis siglos. Y me pregunto qué dice eso sobre mi propia fe, que a veces flaquea ante cosas infinitamente menores.

Antes de la guerra había en Gaza entre mil y mil quinientos cristianos. La mitad huyó o murió. Los que quedaron vivieron meses con el equivalente calórico de los prisioneros de un campo de concentración, según comparaciones de la propia ONU. Sus hospitales destruidos. Sus sacerdotes tratando de atender a los heridos sin medicamentos. Sus muertos sin lugar donde enterrarlos con dignidad.

«Esta guerra hará desaparecer a la Iglesia de Gaza.» — Testimonio recogido por organizaciones de apoyo a cristianos en Oriente Medio, 2024.

Belén, el pesebre rodeado de muros 

Belén: La ciudad donde nació Jesucristo. Hoy está rodeada por el muro de separación israelí. No es una imagen poética: es un muro de hormigón de ocho metros de altura que rodea prácticamente toda la ciudad, con torres de vigilancia, que convierte a Belén en lo que muchos —incluidos israelíes críticos— llaman un bantustán, un gueto geográfico.

Los peregrinos que llegan a Belén desde el aeropuerto de Tel Aviv pasan por un control militar. Los betlemitas que quieren visitar Jerusalén —a diez kilómetros de distancia— necesitan permisos especiales que frecuentemente se deniegan. Los jóvenes que estudian en universidades de Cisjordania no pueden cruzar libremente al trabajo. El tejido social, económico y familiar de una comunidad cristiana que lleva dos mil años en ese lugar está siendo desintegrado metódica y sistemáticamente.

La Basílica de la Natividad, Patrimonio de la Humanidad, está intacta. El turismo puede llegar, hacer su foto y volver. Lo que no se fotografía tan fácilmente es la emigración silenciosa de las familias cristianas que van cerrando sus casas una por una, convencidas de que no hay futuro allí para sus hijos. En 1950, los cristianos eran el 85% de la población de Belén. Hoy son menos del 12%.

Taybeh: El último pueblo íntegramente cristiano 

Taybeh es el único pueblo íntegramente cristiano que queda en Cisjordania. Sus habitantes son mayoritariamente ortodoxos y católicos. Tienen una pequeña cervecería artesanal —la única de Palestina— que es a la vez símbolo de resistencia y fuente de orgullo local. Y están siendo asfixiados, lenta pero imparablemente, por la expansión de los asentamientos israelíes que rodean sus tierras. He leído testimonios de familias de Taybeh que describen cómo los colonos cortan sus olivos —árboles de cien, doscientos años, que son la memoria viva de una familia— para ampliar sus tierras. Cómo los caminos que siempre usaron para llegar a sus parcelas son bloqueados de un día para otro. Cómo los jóvenes, sin perspectiva de futuro, emigran a Chile, a Honduras, a Estados Unidos, a cualquier lugar donde puedan vivir con dignidad. Y Taybeh se va vaciando.

Me resulta difícil leer eso sin sentir una rabia que tengo que aprender a transformar en oración. Porque eso también me lo enseñó la fe ortodoxa: que la ira justa no se extingue callándola, sino ofreciéndola. Que el escándalo ante la injusticia puede ser, si se lo lleva correctamente, una forma de amor.

La paradoja que me parte el alma

Scouts cristianos palestinos

Hay una paradoja en todo esto que me parece, honestamente, una de las más dolorosas que he encontrado en mi recorrido por el mundo cristiano contemporáneo. Y es esta: los que más ruidosamente proclaman su amor por Israel, los que llenan estadios cantando bendiciones sobre el Estado judío, los que donan millones de dólares a organizaciones de colonos en Cisjordania —los sionistas cristianos evangélicos— son perfectamente capaces de ignorar que con ese gesto están financiando la destrucción de sus hermanos más antiguos en la fe.

No lo hacen por maldad, probablemente (quiero creer). Lo hacen porque el sistema teológico que habitan —el dispensacionalismo, que ya analicé en detalle en estas páginas— literalmente no tiene lugar para los palestinos en su esquema profético. Israel ocupa el centro del guión escatológico. Los palestinos, incluso los palestinos cristianos, son un dato irrelevante. Un detalle histórico que no afecta la narrativa principal.

Pero hay algo que el dispensacionalismo no puede borrar de los Hechos de los Apóstoles: la primera comunidad cristiana de Jerusalén estaba compuesta en su totalidad por judíos y por habitantes de esa tierra. La Iglesia de Jerusalén —que hoy es la Iglesia Ortodoxa de Jerusalén, gobernada por el Patriarca Teófilo III— es la madre de todas las iglesias. No metafóricamente: literalmente. Toda iglesia cristiana en el mundo, sea ortodoxa, católica, protestante o evangelikal, es hija de esa primera comunidad que rezaba en el Cenáculo y que fue dispersada por la persecución hacia todos los confines del mundo.

Atacar a los herederos de esa comunidad no es un asunto político menor. Es un asunto eclesiológico de primera magnitud. Y que el mundo evangélico occidental pueda hacerlo sin aparente crisis de conciencia dice más sobre el estado de su teología que cualquier debate doctrinal abstracto.

Quien dice que está en la luz y odia a su hermano, está todavía en las tinieblas. El que ama a su hermano permanece en la luz. — 1 Juan 2:9-10

Lo que me enseñó la Tradición de la iglesia sobre el dolor

El cristianismo no es una religión de respuestas fáciles. Nuestra fe tiene una tradición que sabe que el sufrimiento es real, que la historia es oscura, y que la esperanza cristiana no es optimismo naif sino certeza pascual: la certeza de que la muerte no tiene la última palabra, aunque nos quieran hacer creer que sí.

Los Santos Padres de la Iglesia de Oriente conocieron de primera mano la persecución, el exilio, la destrucción de sus comunidades. San Juan Crisóstomo murió en el camino del exilio al que lo condenó la emperatriz Eudoxia. Los Padres del Desierto vivieron en tierras que hoy son Egipto, Siria, Palestina: las mismas tierras donde hoy sus herederos espirituales resisten bajo la bomba y el muro. La teología ortodoxa nació en ese contexto de fragilidad histórica y aprendió a sostener la fe no a pesar del sufrimiento sino dentro de él.

Hay una oración que rezo con frecuencia, parte de las oraciones vespertinas del Typikon: «En paz, oremos al Señor.» En paz. Irenikon. No como descripción de la situación exterior —que puede ser catastrófica— sino como disposición interior. La Iglesia Ortodoxa en Gaza reza en paz. No porque haya paz afuera, sino porque la paz que da Cristo «no es como la que da el mundo» (Juan 14:27). Y ese testimonio, esa capacidad de mantener encendida la llama de la liturgia en medio de los escombros, me parece uno de los signos más poderosos de la fe que conozco.

El Patriarcado de Jerusalén y su testimonio silencioso 

El Patriarcado Ortodoxo de Jerusalén tiene una posición única en el mundo cristiano: es la iglesia madre, la que custodia los Santos Lugares desde los primeros siglos. El Patriarca Teófilo III ha hablado con claridad sobre lo que está ocurriendo, ha pedido alto el fuego, ha denunciado la destrucción de civiles, ha acompañado a su rebaño palestino en el sufrimiento. Sus palabras, sin embargo, apenas llegan a los medios occidentales. Una declaración de un megaevangélico americano sobre Israel recibe cobertura global. Una declaración del Patriarca de Jerusalén sobre sus propios fieles muertos apenas logra una nota al pie.

Esa asimetría no es un accidente de mercado. Es el reflejo de qué voces decide amplificar el sistema mediático y religioso occidental, y cuáles decide silenciar. Y dice mucho sobre qué tipo de cristianismo ha logrado instalarse como referencia hegemónica en la cultura anglófona global.

La Comunión de los Santos como respuesta política 

Hay algo que la doctrina de la comunión de los santos me ha enseñado y que tiene consecuencias muy concretas en este contexto: los muertos de la Iglesia no están ausentes. Están presentes de una manera que supera la muerte física. Los mártires de Gaza —porque hay que llamarlos así: son personas que murieron por el simple hecho de ser quienes eran y de estar donde estaban— son parte del mismo cuerpo del que somos parte todos los que comulgamos en la misma fe.

Eso significa que su muerte no es un dato estadístico. Es una herida en el cuerpo de Cristo. Una herida que no cicatrizará con silencio ni con neutralidad bien administrada. Una herida que pide, como mínimo, ser nombrada.

Y que yo, desde Ushuaia, en el extremo del mundo, tengo que encontrar la manera de cargar. No con culpa paralizante, sino con la responsabilidad activa de quien sabe que forma parte de algo más grande que sí mismo. La Iglesia es un cuerpo. Cuando uno de sus miembros sufre, todos sufren. San Pablo no lo escribió como metáfora edificante: lo escribió como descripción de la realidad.

Lo que se puede hacer desde acá

Mujer con bandera de Palestina

Una de las tentaciones cuando uno se enfrenta a una injusticia de esta escala es el parálisis. ¿Qué puedo hacer yo desde Ushuaia? ¿Qué cambia un artículo en un blog que leen unos cientos de personas? ¿No es todo esto, al final, una forma de sentirse bien con uno mismo mientras el mundo sigue igual? Me hago esas preguntas. Y no tengo respuestas completamente satisfactorias. Pero sí tengo algunas convicciones que me ayudan a no quedarme paralizado.

La primera es que el testimonio importa aunque no cambie resultados visibles. Los profetas de Israel sabían perfectamente que sus denuncias no iban a detener inmediatamente la injusticia que denunciaban. La denunciaban de todas formas, porque el acto de nombrar la verdad tiene valor en sí mismo, independientemente de sus consecuencias inmediatas. Dios les pedía que hablaran, no que ganaran.

La segunda es que la oración no es una alternativa a la acción sino su fundamento. Rezo por los cristianos de Gaza. Por las familias de Belén. Por los sacerdotes que celebran la Liturgia entre escombros. Por los niños que no conocerán otra realidad que la guerra. No sé si esa oración tiene efectos verificables en el plano de la geopolítica. Sé que transforma a quien ora, que ensancha el corazón, que impide que la indiferencia se instale. Y eso ya es algo.

La tercera es que informarse bien y hablar con claridad es, en este contexto, una forma de resistencia. La máquina de desinformación que rodea el conflicto palestino es enorme y sofisticada. Contrarrestarla con análisis honesto, con datos verificados, con la perspectiva que la fe cristiana histórica ofrece sobre este drama, es una contribución modesta pero real. Si este artículo hace que alguien descubra que existen los cristianos palestinos y empiece a preguntar por ellos, habrá valido la pena escribirlo.

Y la cuarta es que la solidaridad concreta es posible aunque sea pequeña. Hay organizaciones que trabajan directamente con los cristianos palestinos: Puertas Abiertas, la Custodia de Tierra Santa, el Patriarcado Ortodoxo de Jerusalén, organizaciones locales de Belén y Ramallah. Apoyarlas económicamente, aunque sea con poco, es poner el cuerpo donde está el corazón.

Abre tu boca por el mudo, por la causa de todos los que son dejados solos. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del necesitado. — Proverbios 31:8-9

Conclusión: Tierra Santa, Tierra que Sangra

Mujer palestina con su bandera bajo un cielo azul

Hay una palabra árabe que los palestinos repiten como oración y como resistencia: Sumud. Significa firmeza. La decisión de quedarse. De seguir siendo, incluso cuando todo conspira para borrarte. El Sumud no es violencia ni rendición: es el simple y tenaz acto de existir cuando el poder quiere que desaparezcas.

Los cristianos palestinos practican el Sumud desde hace dos mil años. Han sobrevivido a los romanos, a los cruzados, a los otomanos, a las guerras del siglo XX. Han mantenido encendida la llama de la fe apostólica en la tierra donde esa fe nació. Han rezado en los mismos lugares donde rezó Jesús, donde predicaron los Apóstoles, donde derramaron su sangre los primeros mártires. Y hoy, en el siglo XXI, siguen rezando. Entre los escombros, bajo las bombas, con los hijos emigrados y los olivos cortados y los muros que rodean sus ciudades.

Eso me interpela de una manera que no me deja tranquilo. Mi fe es la misma fe que ellos custodian desde mucho antes de que yo naciera. La liturgia que aprendo a amar es la liturgia que ellos celebran desde hace veinte siglos. Los Santos Padres que leo en la Filocalia bebieron del mismo manantial espiritual que formó a sus ancestros. Somos, en el sentido más literal y más serio de la palabra, familia.

Y la familia no mira hacia otro lado cuando uno de los suyos está en el suelo.

Palestina libre no es un eslogan. Es el nombre de una justicia pendiente. Es la afirmación de que esos dos millones de personas —esos niños, esas madres, esos ancianos, esos sacerdotes que bendicen entre los escombros— tienen derecho a vivir en su tierra con dignidad, a rezar en sus iglesias sin miedo, a enterrar a sus muertos con paz. Es el reconocimiento de que la Tierra Santa no puede seguir siendo una tierra de muerte para los que la habitaron desde el principio.

Dios escucha el clamor del pobre. Lo dice la Escritura con una insistencia que no deja lugar a dudas. Y si Dios lo escucha, quienes intentamos caminar tras Él no tenemos otra opción que intentar escucharlo también.

En nuestra defensa del pueblo palestino, debemos tener claro que defendemos la justicia, la paz y la reconciliación, no contra ningún grupo en particular. Nuestra fe nos llama a amar a todos, a buscar el bienestar de todos y a luchar por un mundo donde todos puedan vivir en armonía. 

La lucha palestina por la libertad y la justicia es un llamado a nuestra conciencia cristiana, un llamado a encarnar los valores de amor, compasión y justicia que Cristo ejemplificó tan profundamente. Es un recordatorio de que, como cristianos, estamos llamados a ser pacificadores, defensores de los oprimidos y defensores de la reconciliación. Es un llamado a la justicia, un llamado a la paz, un llamado a la dignidad y la libertad de todo ser humano.

Estamos en una posición única para desempeñar un papel vital en esta búsqueda de la justicia y la paz. Obligados a defender a los marginados, a defender a los oprimidos y a trabajar incansablemente por la reconciliación. En Tierra Santa, donde nació nuestra fe son profundas, estamos llamados a ser faros de esperanza, voces de compasión y agentes de cambio.

Recordemos que el mensaje cristiano es de amor, de compasión y de esperanza. Es un mensaje que trasciende fronteras, que une a personas de diversos orígenes y creencias. Es un mensaje que puede traer sanación a un mundo marcado por el conflicto y la división.

Seamos las manos y los pies de Cristo en un mundo que tan desesperadamente necesita su amor.

El camino hacia la justicia y la paz no es fácil, pero vale la pena emprenderlo. Es un viaje que puede conducir a un futuro mejor, un futuro en el que el pueblo de Palestina pueda vivir en libertad y dignidad, en el que pueda prosperar sin las limitaciones impuestas desde el exterior.

En este camino, saquemos fuerzas de nuestra fe, de las enseñanzas de Cristo y de los ejemplos de los santos que nos han precedido. Seamos inquebrantables en nuestro compromiso con la justicia, la misericordia y la reconciliación. Seamos inquebrantables en nuestro compromiso con el pueblo palestino y con todos los que sufren en la búsqueda de la libertad y la dignidad.

Para ayudar a quienes sufren en Gaza, considere hacer una donación a través de la campaña de recaudación de fondos de la Sagrada Orden de San Jorge en Gaza.

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PEREGRINOS EN UN MUNDO HOSTIL

Nuestro paso por la vida terrenal

En el fragor de esta travesía en la que los pasos se deslizan sobre el suelo terrenal, mi corazón late al compás de un propósito divino. Soy un peregrino en un mundo hostil, un caminante en esta senda de luces y sombras, donde la fe es mi brújula y la Palabra de Dios, mi escudo (Efesios 6:16). Las estrellas en el vasto firmamento parecen guiarnos, como lo hicieron con los sabios de oriente en su búsqueda del Niño Jesús (Mateo 2:9), y mi alma anhela un hogar que no puede ser encontrado en este mundo fugaz.

Mis pies están en la tierra, pero mi espíritu se eleva hacia el cielo. Cada paso en este viaje es un recordatorio constante de que somos ciudadanos del cielo, forasteros en la tierra, y nuestra verdadera herencia está en un reino celestial. La tierra que pisamos es un regalo de Dios, pero no es nuestro destino final. Somos peregrinos en este mundo efímero, y aunque las pruebas y tribulaciones puedan ser numerosas, nuestra esperanza en Cristo es inquebrantable (Hebreos 6:19).

Las tentaciones de este mundo hostil nos rodean, como depredadores al acecho de sus presas. En el jardín del Edén, la serpiente susurró mentiras tentadoras a nuestros primeros padres, y desde entonces, el engaño y la tentación se han convertido en compañeros constantes en nuestra peregrinación. El apóstol Pedro advirtió con sabiduría: "Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar" (1 Pedro 5:8).

Sin embargo, no estamos impotentes en medio de este asedio espiritual. Estamos equipados con la armadura de Dios, que nos protege de los dardos del maligno (Efesios 6:11). Nuestra fe es como un escudo que apaga las flechas encendidas del enemigo, y la Palabra de Dios es nuestra espada, lista para ser desenfundada en la batalla espiritual (Efesios 6:17). En cada encrucijada, en cada momento de debilidad, tenemos de nuestro lado la grandiosa obra de Jesús.

Como peregrinos, llevamos en nuestros corazones la certeza de que nuestra lucha no es en vano. Cada batalla es una oportunidad para crecer en la fe y acercarnos más a nuestro Salvador. El apóstol Pablo nos insta a "poner los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe" (Hebreos 12:2). En medio de las adversidades, fijamos nuestra mirada en Aquel que ha vencido al mundo (Juan 16:33) y confiamos en que Él nos fortalecerá para superar cualquier obstáculo en nuestro camino.

Nuestra "instante terrenal" es un testimonio vivo de nuestra devoción a Dios. En un mundo que a menudo se desvía hacia la búsqueda de riquezas materiales y placeres temporales, nosotros elegimos seguir el camino angosto que conduce a la vida eterna (Mateo 7:13-14). Las palabras de Jesús resuenan en nuestros oídos como un llamado constante a la santidad y la fidelidad: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él" (1 Juan 2:15).

La riqueza y el poder terrenal son como espejismos en el desierto, seductores pero vacíos. Las Escrituras nos advierten contra el afán de acumular tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corroen, y los ladrones pueden robar (Mateo 6:19). En cambio, nos instan a acumular tesoros en el cielo, donde nada puede destruirlos y donde nuestro corazón encontrará su verdadera satisfacción (Mateo 6:20).

En medio de este mundo hostil, nuestra fe se fortalece a medida que enfrentamos las pruebas con paciencia y confianza en Dios. El apóstol Santiago nos anima a considerar como "de muy grande gozo" las aflicciones que encontramos, porque producen paciencia y nos perfeccionan (Santiago 1:2-4). Cada dificultad en el camino es una oportunidad para crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 Pedro 3:18).

La esperanza en la recompensa eterna nos sostiene en los momentos de tribulación. En la epístola a los Romanos, el apóstol Pablo escribe: "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse" (Romanos 8:18). Esta promesa nos infunde coraje para seguir adelante, sabiendo que la gloria eterna supera con creces cualquier sufrimiento temporal.

Nuestra peregrinación también es un llamado a la santificación. Como escribió el apóstol Pedro: "sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir" (1 Pedro 1:15). En un mundo que a menudo abraza la inmoralidad y la corrupción, somos llamados a vivir vidas que reflejen la santidad de Dios. Nuestra luz debe brillar en medio de la oscuridad, para que otros vean nuestras buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos (Mateo 5:16, 1 Pedro 2:12, Juan 15:8). También implica llevar la carga de los demás, siguiendo el mandato de amar y servir a nuestros semejantes (Gálatas 6:2, Juan 13:34, 1 Juan 4:21, Santiago 2:8). En una sociedad fuertemente marcada por el egoísmo y la indiferencia, somos llamados a ser la voz de compasión y el brazo de ayuda para aquellos que sufren. En nuestro caminar como peregrinos, recordamos las palabras de Jesús: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22:39). Nuestra fe se manifiesta en el amor que mostramos a los que nos rodean, en la empatía que brindamos a los necesitados, y en la compasión que compartimos con los que sufren.

A lo largo de este camino, también podemos encontramos con momentos de soledad y desánimo. En medio de las pruebas y tribulaciones, es natural sentirnos abrumados en ocasiones. Sin embargo, las Escrituras nos aseguran que no estamos solos. Dios camina a nuestro lado, como lo prometió (Juan 10:10, Juan 8:12, Santiago 1:11) La peregrinación nos lleva a través de paisajes diversos, a menudo marcados por montañas y valles. En los momentos de ascenso, nos aferramos a la esperanza, recordando que el Señor es nuestra fortaleza y salvación (Salmo 28 [27]:1). En los valles oscuros, encontramos consuelo en las palabras de Dios "Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento(Salmo 24 [23]:4). No será un viaje fácil y no estará exenta de momentos de duda y desafío. Como el apóstol Tomás, a veces necesitamos ver para creer (Juan 20:25). Sin embargo, Dios es paciente con nosotros y nos invita a acercarnos a Él con nuestras preguntas y preocupaciones. En momentos de incertidumbre, oramos con esas hermosas palabras: "Señor, aumenta nuestra fe" (Lucas 17:5). La fe es un regalo divino, y confiamos en que Dios nos fortalecerá en nuestro viaje. En esta travesía de fe, ¿Y qué es la fe? La Biblia nos dice que es "la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (Hebreos 11:1). En los momentos de incertidumbre, aferramos nuestras almas a la fe en Dios, recordando que Él es fiel a sus promesas. Como Moisés dijo al pueblo de Israel en su propia peregrinación: "No os dejaré ni os desampararé" (Deuteronomio 31:6, Josué 1:9, Josué 10:25, Isaías 41:10). En los desiertos de la vida, confiamos en que Dios proveerá, como lo hizo con los israelitas en el desierto al darles maná del cielo (Éxodo 16).

Nuestro viaje es un recordatorio constante de que esta vida terrenal es efímera, como una flor que florece por un breve momento y luego se marchita. El salmista escribió: "La vida del hombre es como la hierba; florece como la flor del campo, que se marchita" (Salmo 104 [103]:15-16). Esta perspectiva nos invita a vivir con gratitud y humildad, reconociendo que cada día es un regalo de Dios. También es un llamado a la comunidad y la comunión. Jesús nos animó a congregarnos en su nombre, prometiendo estar presente donde dos o tres se reúnan (Mateo 18:20). En la compañía de otros creyentes, encontramos aliento y apoyo. Nos ayudamos mutuamente a cargar las cargas, oramos unos por otros y compartimos el pan de la comunión en memoria de Cristo.

El apóstol Pablo comparó la iglesia con un cuerpo, donde cada miembro tiene un papel esencial (1 Corintios 12:12-27). En nuestra peregrinación, somos miembros de la misma familia espiritual, unidos por nuestra fe en Cristo. Recordamos las palabras de Jesús: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos con los otros" (Juan 13:35).

Las Santas Escrituras a la luz de las enseñanzas de la Santa Tradición de la Iglesia son la guía en nuestra peregrinación, iluminando nuestro camino y revelando la verdad de Dios. Como el salmista proclamó: "Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino" (Salmo 120 [119]:105). En sus páginas encontramos dirección, consuelo y sabiduría para enfrentar los desafíos del camino.

Todos nosotros estamos es una carrera, como lo expresó el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe" (2 Timoteo 4:7). Esta carrera no es una carrera terrenal, sino una carrera hacia la eternidad. Cada paso que damos, cada decisión que tomamos, nos acerca más a la meta final: la bienaventuranza eterna en la presencia de Dios.

Por nuestro paso, encontramos bendiciones innumerables. Las Escrituras nos aseguran que "todas las cosas cooperan para bien a los que aman a Dios" (Romanos 8:28). A medida que caminamos como peregrinos, reconocemos las bendiciones de la comunión con Dios, la paz que sobrepasa todo entendimiento, y la esperanza que no defrauda.

Nuestra peregrinación es una oportunidad para glorificar a Dios. Como escribió el apóstol Pablo: "Así que, ya comáis, o bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31). En cada paso de nuestro viaje, busquemos honrar a nuestro Creador y reflejar su luz en un mundo que necesita desesperadamente Su amor y verdad.

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POEMA A MAR DEL PLATA

La costa marplatense
 

A MÍ AMADA CIUDAD

Mar del Plata, mi amor por ti es grande,

tu mar y playa me hacen vibrar,

la brisa y el sol son mi pasión,

que me hacen feliz en cualquier estación.


Las olas del mar me dan paz,

y el sonido de la playa me hace soñar,

me sumerjo en tus aguas cristalinas,

y dejo que me envuelvan tus caricias salinas.


La arena cálida me acoge en su seno,

y me siento libre como el viento,

el sol brilla en mi rostro y me sonríe,

y mi corazón se llena de alegría.


Los alfajores de chocolate y nuez son mi debilidad,

el dulce sabor de Mar del Plata me hace suspirar,

sabores de mi tierra que me llevan al paraíso,

y a mi alma le regalan un gran hechizo.


Las mujeres marplatenses son hermosas,

como la brisa fresca del mar,

su belleza es tan única como su ciudad,

y sus ojos reflejan la felicidad.


Mar del Plata, la perla del Atlántico,

un tesoro que brilla con luz propia,

sus playas, su gente y su calidez,

son la razón por la que amo esta ciudad.


Mar del Plata, eres mi amor y mi pasión,

mi refugio en los días de calor,

y aunque me aleje de ti por un momento,

siempre volveré a ti con emoción.

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TRAZANDO UN LEGADO

En el medio mi abuelo, José Arregin

Escribir estas palabras es un desafío, lo reconozco. Por la madrugada me enteré de que mi abuelo había fallecido. Hablar de él, es adentrarse en un territorio de emociones complejas, de recuerdos agridulces que se mezclan en el rincón más íntimo de mi ser. Con él, mi relación nunca fue sencilla, siempre fue un viaje lleno de altibajos, de idas y vueltas, de luces y sombras. Pero hoy, me enfrento a la tarea de honrar su memoria y compartir lo que aprendí de él, lo que guardo como tesoros de valor incalculable.

A pesar de nuestras diferencias, y tal vez precisamente por ellas, mi abuelo me brindó lecciones de vida que han dejado una huella indeleble en mi corazón. Con él, aprendí la importancia de no tener miedo a expresar lo que creemos que es correcto. Su ideología era firme y transparente. No importaba si sus opiniones diferían de las mías; él las sostenía con convicción, y eso me enseñó que la autenticidad es un valor que no debe comprometerse.

En su esencia, mi abuelo era un hombre de trabajo incansable. A pesar de estar jubilado, nunca conoció el significado de la palabra "descanso". Siempre estaba en busca de un nuevo proyecto, una tarea que ocupara sus manos y su mente. Era testarudo... ¡Sí! Y con honores, mi abuela solía llamarlo "Vasco" en clara referencia a su terquedad, pero también a su inquebrantable perseverancia.

Mis abuelos José y Verónica en la entrada a mi barrio 

Su amor por el trabajo me inspiró. Aprendí de él la importancia de la dedicación y el esfuerzo en lo que hacemos aún sigo usando cosas en la vida diaria que aprendí con su técnica perfeccionista. Vi en su ejemplo que el trabajo no solo es una forma de ganarse la vida, sino también una manera de dar sentido y propósito a nuestros días.

Mi abuelo era un hombre fuerte, en todos los sentidos de la palabra. Sobrevivió a tratamientos médicos que desafían la lógica y la estadística. Su resistencia física era un testimonio de la voluntad humana de aferrarse a la vida y sobre todo de la bendita Gracia y Misericordia de Dios.

El hombre, tenía estilo

En retrospectiva, puedo apreciar que, aunque nuestra relación fue muy compleja en ciertos aspectos, mi abuelo dejó un legado de autenticidad, trabajo duro y resiliencia que me ha servido de guía en mi propio camino. Aprendí que las diferencias no deben ser barreras para la comprensión y el respeto mutuo. Descubrí el valor de ser fiel a lo que uno cree, de perseverar ante la adversidad y de abrazar la vida con determinación.

Hoy, mientras escribo estas palabras, puedo reconocer sin miedo a equivocarme que mi abuelo fue una parte fundamental de mi historia, un capítulo que me ha moldeado de maneras que quizás solo ahora estoy empezando a comprender. A pesar de las complejidades de nuestra relación, lo recuerdo con gratitud por las lecciones que me dejó, por los valores que me transmitió y por el ejemplo de fortaleza que representó.

Mi abuelo y yo hace muchos años

En su memoria, sigo adelante, recordando siempre que somos la suma de nuestras experiencias, que las relaciones humanas son ricas y matizadas, y que cada persona que cruza nuestro camino puede dejarnos un regalo, incluso si al principio no somos capaces de verlo. Mi abuelo fue uno de esos regalos, y hoy le rindo homenaje al compartir estas palabras.

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ATRAVESANDO LA TORMENTA

Cruzando tempestades

En la vastedad del océano de la vida, a menudo me encontré navegando con un falso sentido de poder y control. Durante mucho tiempo, creí que podía manejar el timón de mi propia existencia, como si fuera el único capitán de este barco que es mi vida. Esta creencia en mi autosuficiencia me llevó a creer que podía dirigir mi nave hacia cualquier destino, sin necesidad de ayuda o guía externa. Pero, como pronto descubriría, esta soberbia visión de mí mismo estuvo a punto de llevarme a la total perdición.

En mi arrogancia, ignoré las advertencias sutiles de muchas de las personas que me rodeaban. Las aguas de la mundanalidad, plagadas de placeres efímeros y tentaciones irresistibles, me llamaban constantemente. Pensé que podía navegar por estas aguas sin ser afectado, que mis propias fuerzas me mantendrían a salvo. Sin embargo, cuanto más me adentraba en estas aguas traicioneras, más me daba cuenta de lo cerca que estaba de perderme en la tormenta.

Fue entonces, cuando las olas amenazadoras comenzaron a sacudir mi barco, que la vida me brindó una lección inestimable. Me recordó, con una fuerza inquebrantable, la importancia de reconocer mis propias limitaciones. En medio de la tempestad, comprendí que mi arrogancia y mi confianza excesiva en mis propias decisiones me habían llevado al borde del abismo.

Ese grito a la consciencia, en su sabiduría inescrutable, me mostró que no podía navegar este mar tumultuoso por mi cuenta. Mis deseos y mi egoísmo eran un timón defectuoso, y mi presunción me había dejado a merced de las tormentas. En ese momento de desesperación, tuve que rendirme. Tuve que decir ¡Hasta acá llegue yo! Fue entonces cuando decidí soltar el timón y buscar a un capitán muchísimo más sabio y poderoso que yo mismo.

En mi búsqueda de guía y protección, encontré a Jesús o mejor dicho... él me buscó primero.. Porque fu Él el que me amó primeramente. Él se convirtió en el capitán de mi alma y el guardián de mi travesía. En sus manos, descubrí la seguridad y la dirección que tanto necesitaba. Cuando confié mi vida a Él, experimenté una paz que sobrepasaba todo entendimiento. Las tormentas, que una vez me aterrorizaban, ahora eran solo desafíos en mi viaje, pruebas de mi fe y oportunidades para crecer.

Jesús me llevó a través de las aguas agitadas, me rescató en los momentos de naufragio y me condujo hacia un puerto seguro. Ese puerto seguro no era solo un destino físico, sino un estado de plenitud y tranquilidad que encontré en su amor y gracia. Me di cuenta de que, con Jesús como mi guía, ya no tenía que temer a las tormentas, porque Él estaba conmigo en cada momento, en cada desafío.

Mi rendición a Jesús no fue un acto de debilidad, sino un acto de sabiduría. Aceptar que no puedo controlarlo todo me liberó de la ansiedad y el temor constante. Aprendí a decir, con humildad y confianza, "¡Sí, Señor! ¡Que se haga tu voluntad!" en lugar de tratar de imponer la mía sobre todas las circunstancias de la vida.

Con Jesús como mi guía, cada día se convirtió en un viaje de fe. Aprendí a confiar en que Él me llevaría exactamente donde necesitaba estar, incluso cuando los vientos y las corrientes parecían contrarios a mis deseos. Mi fe se fortaleció con cada desafío superado, con cada obstáculo sorteado y con cada momento en el que su presencia fue mi única certeza.

Cristo, con su amor incondicional, se convirtió en mi faro en la oscuridad. Su luz me iluminaba en los momentos más oscuros, cuando todo parecía perdido. Su amor, que no conoce límites, se convirtió en mi refugio en medio de la adversidad. A través de Él, encontré la esperanza y la fuerza para seguir adelante, incluso cuando la vida se volvía más difícil.

Me enseñó que la verdadera fortaleza no reside en la arrogancia ni en el control, sino en la humildad y la confianza en algo más grande que yo mismo. Descubrí que, en lugar de resistir las olas y luchar contra las corrientes, podía descansar en los brazos de Jesús y permitir que Él dirigiera mi camino. En esa confianza, encontré una paz que nunca había experimentado antes.

Hoy, estoy seguro de que no importa cuán agitado esté el mar de mi etapa de vida terrenal, con Jesús como mi guía, siempre llegaré a un puerto seguro. Cada día es una oportunidad para aprender de Él, para crecer en mi fe y para experimentar la gracia y el amor que fluyen desde Su corazón.

Mi vida ya no es un intento desesperado de controlar mi destino, sino un viaje de confianza y entrega. Cada desafío es una oportunidad para recordar que no estoy solo, que tengo un Capitán que cuida de mí en cada paso del camino. En Jesús, encontré un amor que nunca falla, una dirección que nunca se pierde y una paz que trasciende las tormentas.

Así que, en este viaje de la vida, continúo diciendo "¡Sí, Señor!" A cada desafío, a cada giro inesperado y a cada nueva lección que se presenta. Con Jesús como mi guía, no temo el futuro, porque sé que mi destino está en manos seguras.

Que esta historia de rendición y confianza te inspire a reflexionar sobre tu propio viaje. A veces, soltar el timón y confiar en algo más grande que uno mismo es el camino hacia la verdadera paz y realización. Jesús espera con los brazos abiertos para ser el Capitán de tu vida, guiándote hacia un puerto seguro de amor, gracia y propósito. ¿Te atreves a decir "¡Sí, Señor!" y embarcarte en esta maravillosa travesía de fe?

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FELIZ CUMPLEAÑOS HERMANO

Mi hermano con mi abuelo y yo

Hoy es un día especial, es el cumpleaños de mi querido hermano Esteban, y quiero dedicarle estas palabras llenas de cariño y buenos deseos.

Esteban, en este día que celebramos tu vida, quiero recordarte lo valioso que eres para mí.

En tu camino, has demostrado una fuerza y determinación que admiro profundamente. Has enfrentado desafíos con valentía y has sabido encontrar la luz en los momentos más oscuros. Esa chispa interior que te impulsa a seguir adelante es verdaderamente inspiradora.

En cada año que pasa, no solo sumas un número a tu edad, sino que también acumulas experiencias, sabiduría y momentos preciosos. Espero que este nuevo año de vida que comienza para ti esté lleno de alegría, éxito y realización de tus sueños.

Que la vida te sorprenda con gratas experiencias, que encuentres siempre razones para sonreír y que la felicidad te acompañe en cada paso que des. Que sigas siendo esa persona especial y que te des la oportunidad de seguir adelante.

En este día, quiero desearte muchos años más de alegría, salud y amor. Que cada día esté lleno de bendiciones y que alcances todos los objetivos que te propongas. Y recuerda, no importa lo que el futuro traiga, siempre estaré aquí, apoyándote en cada paso de tu camino.

Feliz cumpleaños, Esteban. Que este nuevo año de vida sea el mejor hasta ahora, y que todos tus sueños se hagan realidad. ¡Brindemos por ti y por muchos años más de felicidad! ¡Salud! 🎉🎂🥂

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ESTE SOY YO

Mariano Romero Arregin

¡Hola! Mi nombre es Mariano — Un hombre común y corriente escribiendo sobra la vida. Soy primeramente CRISTIANO. En lo profesional, soy productor agrícola, promotor agroecológico en un cultivar de frutas finas, fermentista y cuando tengo algo de tiempo (y dinero especialmente) un viajero amateur. Además, aquí estoy compartiendo mis historias familiares, mi amor por la vida en los cultivos, la naturaleza, la tecnología y el ocio en general.

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