EL HUERTO EN EL FIN DEL MUNDO: GUÍA DEFINITIVA PARA EL CULTIVO DE RUIBARBO

Planta de ruibarbo en maceta
Un ruibarbo en maceta
Desde hace un tiempo, las plantas me han enseñado más sobre la vida que muchos libros de autoayuda.
El ruibarbo, en particular, se ha convertido en mi metáfora favorita para entender la paciencia. Me recuerda que la verdadera recompensa no viene de la prisa, sino de saber esperar.

Mientras el mundo afuera se devora en la inmediatez política o en la vorágine de las redes, yo encuentro paz observando cómo este vegetal de tallos rojos y firmes se abre paso en la tierra fría de Ushuaia.
 

Mucha gente cree que cultivar ruibarbo es una tarea solo para jardineros expertos o que es imposible en un clima patagónico tan extremo como el nuestro. Se equivocan. Solo exige una cosa: respeto por sus tiempos.
Si estás listo para frenar y cultivar la paciencia junto a esta planta noble, seguí leyendo.

🌱 La Filosofía del Ruibarbo: ¿Por Qué Me Atrapó?


No es un tomate que te da frutos en tres meses.
El ruibarbo te obliga a pensar a largo plazo. Es un compromiso.

Me atrajo su resistencia estoica. Aquí, en el sur de la isla donde el verano es breve y el frío muerde duro, el ruibarbo se aferra a la vida. Sus raíces son una sentencia contra el olvido. No solo sobrevive al invierno: lo necesita. Esa necesidad del frío para resurgir con más fuerza es una lección vital.

Además, en el plato, es una contradicción deliciosa: el tallo de aspecto rudo que, al cocinarse, se transforma en una dulzura agria, casi ácida. Es la prueba de que lo duro también puede ser tierno.

🌿 Del Semillero a la Tierra: Los Secretos para un Ruibarbo Fuerte


Si querés un ruibarbo que resista el huerto frío, no podés improvisar.
Acá te dejo las claves que aprendí a base de prueba y error en mi jardín en el Fin del Mundo:

1. La Ubicación es una Promesa

☀️ Sol o semisombra: Aunque he comprobado que ama el sol, en los días largos y casi eternos del verano austral, un poco de sombra por la tarde le sienta genial. La clave es el equilibrio.

🌾 Suelo rico y hondo: Sus raíces son poderosas. Necesitás un suelo profundo, bien cargado de compost y abono orgánico. El ruibarbo es un gran comedor; dale un festín desde el inicio.

💧 Drenaje, siempre: Su peor enemigo es el agua estancada. El suelo debe drenar bien para evitar que sus coronas (la base de donde salen los tallos) se pudran con la humedad excesiva.

2. Paciencia en la Plantación

El mejor momento para plantar las coronas o los primordios es a principios de la primavera, justo cuando sabés que las heladas más agresivas ya terminaron. Se puede hacer también desde semillas (aunque requiere un poco más de experiencia en su manejo)

Usá un buen espacio. No cometas el error de plantarlo cerca de otras especies.
Cada planta de ruibarbo puede crecer mucho y necesitará al menos un metro y medio de separación para extenderse con comodidad.

3. El Riego y la Muerte

El ruibarbo necesita riego constante, pero nunca ahogo.
Recordá: el agua es vida, pero el exceso es tumba.
Mantené la tierra húmeda, especialmente en los meses de mayor crecimiento, pero si ves encharcamientos, corregí el drenaje de inmediato.

🍃 La Recompensa de la Paciencia: Cosechando tu Ruibarbo


Este es el punto que más frustra a los novatos: el ruibarbo no se cosecha el primer año. Necesita establecerse, anclar sus raíces y acumular energía para la batalla del invierno.

El primer año, dejalo tranquilo.
El segundo año, podés tomar unos pocos tallos.
Recién en el tercero te devolverá con creces tu paciencia.

Cómo Cosechar Correctamente

¡Nunca cortes el tallo con cuchillo!
Elegí los tallos más gruesos y firmes de la parte exterior de la planta.
Agarrá el tallo lo más cerca posible de la base.
Tiralo hacia afuera y giralo suavemente: debe desprenderse de la corona sin dañarla.
No coseches más de la mitad de la planta de una vez; dejá siempre tallos suficientes para que siga haciendo fotosíntesis.
> ⚠️ Advertencia vital: Las hojas de ruibarbo son venenosas debido a su alto contenido de ácido oxálico. Solo se consumen los tallos. Desechá las hojas con cuidado.
🍰 Con el Ruibarbo en la Cocina: Ideas para Experimentar
La mayoría piensa en mermelada, pero el ruibarbo es mucho más versátil.
Si estás en la Patagonia, donde no abundan las frutas de carozo, el ruibarbo te da una acidez fantástica para equilibrar postres.

Algunas sugerencias:

🥧 Crumble patagónico: Mezclado con manzanas y una cubierta crujiente de avena y canela.

🍷 Salsa agridulce: Una reducción de ruibarbo con un poco de vino tinto y especias.

🍹 Limonada rosada: Un almíbar simple de ruibarbo infusionado en agua con gas y limón. Una bebida elegante y refrescante.

Y así, mientras revuelvo una mermelada de ruibarbo en mi cocina de Ushuaia, recuerdo que los mejores resultados de la vida —ya sea en el huerto o en la existencia— son aquellos que se construyen con lentitud y profundo respeto por los ciclos.

Espero que te animes a navegar esta aventura.🌱
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DESDE ESTE LADO DEL CIELO

Una carta para el amor de mi vida

No sé si las palabras de una carta pueden cruzar el umbral que separa este mundo del otro, pero si pudieran, si tan solo una de ellas lograra llegar a vos, quisiera que sepas que sigo pensando en vos. No con la tristeza de quien se aferra a lo imposible, sino con la ternura de quien guarda un tesoro escondido, intacto, en algún rincón del alma.

Todavía recuerdo tu perfume. Es extraño cómo un aroma puede sobrevivir al paso de los años, cómo puede quedarse flotando en el aire incluso cuando la presencia ya no está. A veces aparece sin aviso, como una brisa suave en medio de un día cualquiera, y me basta con cerrar los ojos para sentirte cerca otra vez.

Hay días en los que el recuerdo se vuelve más nítido, como si el tiempo retrocediera y todo volviera a tener sentido. Y ahí estás vos, con tu sonrisa leve, esa forma tuya de mirar que parecía decir más que cualquier palabra. Me pregunto si alguna vez llegaste a presentir la revolución silenciosa que provocabas cada vez que aparecías.

Dicen que el amor verdadero no muere, y quizás sea cierto. El cuerpo puede desaparecer, la voz puede apagarse, pero hay algo que se niega a ser borrado. Algo que persiste, que se cuela entre los días, que se sienta conmigo cuando cae la noche.

A veces me descubro hablándote en silencio, como si estuvieras al lado. No es locura, es costumbre. Es ese vínculo invisible que no se rompe ni con la distancia ni con la muerte. No necesito verte para saber que existís, que en algún lugar, más allá de lo que entiendo, seguís sonriendo.

No sé si el tiempo cura o solo enseña a convivir con la herida, pero he aprendido a agradecer lo que fue. Lo que dejaste en mí. Porque, aunque tu paso fue breve, dejaste una huella profunda. Y eso, aunque duela, también consuela.

Hoy te escribo no para pedirte nada, sino para decirte que sigo acá, que sigo recordándote. Que cada tanto, entre el ruido del mundo, cierro los ojos y te vuelvo a encontrar, tan viva como siempre, tan cerca como nunca.

Donde sea que estés, ojalá sientas esta carta. Ojalá el amor, en su misterio, te lleve mis palabras y las transforme en luz.

Porque yo sigo creyendo que el amor, cuando es verdadero, no termina. Solo cambia de forma.

¡Que tu memoria sea eterna!

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NO ES UNA ARAÑA, ES UNA CENTOLLA

Imagen del monumento a la centolla en Ushuaia
Flor de centolla

Detrás del Paseo del Fuego, en Ushuaia, se esconde una criatura que parece salida de un casting para Jurassic Park versión crustáceos. Ahí está, con sus ocho patas oxidadas, sus pinzas listas para arrancarte el abrigo y ese aire de “soy el jefe final de este videojuego”. Muchos incautos la ven y gritan: “¡mirá la araña gigante!”. Error. No es una araña, es una centolla.

Sí, la famosa centolla fueguina. Esa que tanto aparece en las fotos de los turistas con babero y martillito en mano, como si fueran cirujanos de pinzas y caparazones. Yo, que soy vegetariano (aunque no fundamentalista, no se preocupen, no voy a hacer piquetes en la parrilla de nadie), confieso que este homenaje no me conmueve demasiado. Porque claro, homenajear un animal que la mayoría solo quiere ver en la olla me parece, como mínimo, raro.


Pero ahí está: una escultura enorme, oxidada y pinchuda, vigilando el Beagle como si en cualquier momento fuera a decir “a ver vos, turista, dejá la selfie y tirate al agua”. Si la idea era hacerla intimidante, lo lograron: yo cada vez que paso por ahí me imagino que en una tormenta se suelta de los fierros y empieza a caminar por la ciudad como un Transformer patagónico.

El monumento a la centolla en Ushuaia
Una ubicación extraña

Eso sí, hay que admitir que llamar la atención, la llama. Nadie puede ignorarla. Es como ese primo raro en las fiestas familiares: no sabés si abrazarlo o cruzarte de vereda, pero de que todos hablan de él, hablan.

En fin, la próxima vez que alguien te diga “che, allá atrás del Paseo del Fuego hay una araña gigante”, corregilo con tono docto, como un capitán experimentado que acaba de descubrir América:

—No es una araña, marinero… es una centolla.

Y si te mira con cara rara, agregá:

—Pero igual corré, por las dudas.

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POLÍTICA Y RUIBARBO

El primordio foliar emergente del ruibarbo

Generalmente no suelo dar opiniones sobre la política argentina, la política contingente de mi propio país. Pero hoy, mientras limpiaba los canteros donde tengo algunas plantas de ruibarbo, me vinieron muchas ideas a la cabeza. La Argentina vive un momento de crisis institucional de todo tipo, ya sea económico, social, cultural o incluso moral. Y si hay algo que me define es que no soy políticamente correcto: digo lo que pienso, aunque no guste.

Soy consciente de mis propios límites en cuanto al conocimiento técnico de la administración del Estado, no soy economista ni politólogo, apenas un ciudadano común y corriente. Pero al menos puedo decir que gracias a Dios no le debo nada a los gobiernos de turno. Tampoco a los anteriores. Siempre fui crítico para bien y para mal, tanto de Cristina como de Macri, de Alberto Fernández y, por supuesto, del gobierno de Javier Milei. Todos ellos diferentes en estilo, discurso y formas, pero con un mismo denominador común: la maldita mancha de la corrupción. Ese mal que parece enquistado en la política argentina como raíces profundas imposibles de arrancar.

Mientras sacaba las hierbas de los canteros de ruibarbo, pensaba en esa metáfora inevitable. Estas plantas, que llevan años creciendo, necesitan espacio, aire y nutrientes para desarrollarse bien. No toleran demasiado la competencia de lo que solemos llamar “malas hierbas”. Algunas son fáciles de quitar, apenas se tironean un poco y salen enteras. Pero otras, que ya se han acostumbrado al suelo fueguino, se vuelven duras, resistentes, casi imposibles de arrancar de raíz. Y entonces no queda otra que buscar el golpe justo, el azadazo preciso, para eliminarlas.

Así pasa con la política: la corrupción es esa maleza que se infiltra en todo, que roba los nutrientes de las raíces verdaderas, que asfixia a las plantas que deberían dar fruto. Y cada tanto hay que meter la azada, aunque uno se canse de repetir el trabajo. Porque si se deja estar, si uno se resigna, el ruibarbo termina debilitado.

Quizás como país estamos en ese punto. O aprendemos a dar el azadazo justo, a arrancar de raíz lo que nos hace daño, o la tierra misma se agota. Y ahí ya no habrá ruibarbo que florezca.

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CABOS: EL COMIENZO DE UN SUEÑO CON SABOR A ALFAJOR

Recuerdos de aquella primera tanda de prueba

El pasado 27 de junio hice debutar oficialmente mi emprendimiento de alfajores CABOS. Apenas ha pasado menos de un mes desde aquel primer paso, pero siento como si hubieran pasado años de emociones, pruebas, ideas y sobre todo, muchas horas en la cocina.

CABOS no es solo una marca. Es un proyecto hecho a pulmón, con el corazón puesto en cada detalle. Todo es 100 % artesanal. Desde la selección de los ingredientes hasta el diseño de cada variedad, hay una búsqueda honesta por ofrecer algo que no solo se coma… sino que también se sienta.

Ya hay algunas variedades que están conquistando paladares: los Marplatenses (con su impronta costera inconfundible), los de crema irlandesa, los de avellanas, entre otros. Y claro, hay muchos más en camino, en etapa de pruebas, soñando con llegar pronto al envoltorio.

La más dulce de las tradiciones argentinas 

Este emprendimiento nació en Ushuaia, pero lleva en su alma un pedazo de mi historia, de mis raíces, de mi paso por la costa atlántica. CABOS es también un puente entre esas dos geografías: la ciudad más austral del mundo y la Mar del Plata de mi memoria.

Gracias a quienes ya se animaron a probar, a recomendar, a compartir. Gracias por acompañar este inicio. Lo que viene será aún más dulce.

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HE LLEGADO A LOS 40 AÑOS

Una foto mía en el Parque Nacional Tierra del Fuego

Sin mapas, pero con coraje

Raro número si los hay. Redondo, exacto, simbólico… casi una sentencia.

No soy de los que gustan celebrar los cumpleaños. Por lo menos desde hace un tiempo para acá. Y no por amargura, sino porque a veces el silencio pesa más que los brindis forzados.

Los 40 llegan sin pedir permiso, como una factura vencida de la luz que sabías que te iba a llegar pero igual te molesta cuando la ves.

Es un número que te obliga a mirar para atrás, aunque vos quieras mirar para adelante. Un número que a veces pesa más que la mochila que uno arrastra con las decisiones, los errores, los aciertos y las pérdidas.

Es un número que te obliga a mirar para atrás, aunque vos quieras mirar para adelante. Un número que a veces pesa más que la mochila que uno arrastra con las decisiones, los errores, los aciertos y las pérdidas.

Que no se me malinterprete. No es que me sienta mal. Pero tampoco puedo decir que me sienta eufórico. La vida en esta etapa tiene un sabor raro. Un sabor entre mate lavado y pan recién horneado: algo se enfría y algo empieza.

Me encuentro rodeado de silencios más largos y de certezas más escasas. Ya no busco tener razón, ni convencer a nadie. No necesito agradar. Ni correr detrás de expectativas ajenas. Me importa menos lo que piensan los demás y más lo que pienso yo cuando apago la luz y me quedo solo conmigo mismo.

Y aunque no haya torta ni globos, me doy un regalo: la posibilidad de seguir escribiendo, de seguir buscando, de seguir dudando. A esta altura, ya no me interesa la aprobación. Me interesa la autenticidad. Y si algo aprendí, es que los 40 no vienen a darte respuestas: vienen a enseñarte que todavía estás a tiempo de cambiar todas las preguntas.

Así que no, no esperes una fiesta. Pero sí, tal vez, un buen mate, una charla honesta y un poco de música triste de fondo. Eso, para mí, es más celebración que cualquier torta con velitas.

Felices 40 para mí. Y para todos los que llegamos hasta acá… sin mapas, pero con coraje.

El número que no pediste pero que te cayó igual

Una foto mía en la plaza República de Serbia en Buenos Aires

Seamos honestos: nadie espera los 40 con entusiasmo genuino. Los que dicen que sí, mienten o tienen un problema con la realidad. Los 40 no son como cumplir 15 —que había vestido, vals y la ilusión de que todo empieza— ni como cumplir 18 —que había libertad recién estrenada y la certeza de que el mundo te debía algo—. Los 40 son más como cuando te das cuenta, en medio de una tarde de martes, de que el partido de Aldosivi que ibas a ver quedó para la próxima fecha. No es una tragedia. Pero tampoco es una buena noticia.

Es un número que no pediste pero que te cayó igual, como la lluvia en La Plata —abundante, persistente, y sin que nadie te avisara que salgas con paraguas. Y al igual que esa lluvia, no tiene sentido enojarse con ella. Solo tiene sentido decidir qué hacés mientras dura.

En la Escritura, el 40 es siempre el número de la forja. Cuarenta días en el desierto. Cuarenta años de peregrinación. Cuarenta días de lluvia sobre el arca. El 40 bíblico no es el número del desastre: es el número del tiempo suficiente para que algo genuino se forme. Para que la persona que entra al proceso no sea la misma que sale. Eso no me lo enseñó ningún coach de vida ni ningún libro de autoayuda con tapa naranja. Me lo enseñó leer la Escritura en serio, sin buscar frases motivacionales sino tratando de entender lo que dice. Y lo que dice es esto: el desierto no es el castigo. Es la forja.

Así que acá estoy. Cuarenta años bien forjados, algunos cantos mellados, algún filo nuevo. Igual que el mejor alfajor de Mar del Plata: con capas, con dulce adentro, y bastante más interesante que lo que la envoltura sugiere a primera vista.

No llegué a los 40 para derrumbarme. Llegué habiendo atravesado 40 años de desierto. Y algo, en algún lugar, se forjó.

El balance: Los errores, las pérdidas y lo que quedó en pie

Una foto mía en Tierra del Fuego

Si hay algo que los 40 te obligan a hacer —aunque no quieras, aunque pongas resistencia, aunque intentes mirar hacia adelante con toda tu voluntad— es revisar. No podés evitarlo. El número redondo funciona como un espejo que aparece solo en el medio de la habitación: podés rodarlo, pero sigue ahí.

Entonces hagámoslo. Sin dramatismo pero sin mentiras tampoco.

Los errores. Los tuve, como cualquiera. Decisiones que en el momento parecían razonables y que con el tiempo se revelaron como lo que eran: apuestas perdidas, caminos que llevaban a ningún lado, momentos en que elegí lo cómodo sobre lo verdadero o lo urgente sobre lo importante. Me equivoqué en vínculos. Me equivoqué en prioridades. Hubo etapas en que corrí detrás de cosas que no eran mías, tratando de encajar en versiones de mí mismo que alguien más había diseñado. Eso cansa mucho y produce muy poco.

Las pérdidas. Esas son más difíciles de inventariar en voz alta, así que voy a ser breve y honesto: perdí personas que amé. Perdí versiones de futuro que creía seguras. Perdí la certeza de que si uno hacía las cosas más o menos bien, las cosas salían más o menos bien. Esa última pérdida, la de esa ilusión de control, fue quizás la más formativa. Y también, a esta distancia, la más necesaria.

Pero lo que quedó en pie merece nombrarse con la misma honestidad. Quedó la capacidad de levantarse, que no es poco. Quedó la escritura, que siempre estuvo y que en los momentos más difíciles fue la manera de procesar lo que no cabía de otra forma. Quedó la fe, que llegó tarde pero llegó con raíces. Quedó la amistad honesta de los que se quedaron cuando no había nada conveniente en quedarse. Quedó Ushuaia con su silencio de fin del mundo, que para alguien criado entre el mar atlántico de Mar del Plata y la vida de una ciudad mediana tiene una belleza áspera y particular que todavía me sorprende algunos amaneceres.

Y quedó, sobre todo, algo que no sé bien cómo nombrar sin sonar pretencioso, pero que voy a intentar igual: una cierta solidez interior. No la solidez del que ya no siente nada, que eso es solo caparazón. Sino la del que ha sido movido suficientes veces como para saber que puede ser movido y seguir en pie. La del árbol que tiene las ramas torcidas por el viento pero las raíces más hondas que antes. Eso quedó. Y eso, a los 40, vale más que cualquier logro que pueda listar en un currículum.

Conclusiones finales

Una foto mía con la rottweiler en Tolhuin

Podría terminar este artículo con una afirmación serena y bien redondeada sobre lo que viene. Algo del estilo de «a los 40, con todo lo aprendido, estoy listo para la segunda mitad». Quedaría bien. Sería prolijo. Y sería bastante mentira.

La verdad es que no sé mucho de lo que viene. No sé si voy a estar en el mismo lugar dentro de diez años, geográficamente ni en ningún otro sentido. No sé qué pérdidas trae la próxima década, y a esta altura ya sé suficiente como para saber que trae algunas. No sé si las cosas que hoy me parecen sólidas van a seguir pareciéndomelo, aunque confío en que algunas sí. No sé si voy a seguir escribiendo en este mismo formato o si la bitácora va a cambiar de forma con el tiempo.

Podría terminar este artículo con una afirmación serena y bien redondeada sobre lo que viene. Algo del estilo de «a los 40, con todo lo aprendido, estoy listo para la segunda mitad». Quedaría bien. Sería prolijo. Y sería bastante mentira.

Lo que sí sé es esto: llegué a los 40 con más preguntas que respuestas, y eso ya no me asusta. Me pasé los veinte y los treinta buscando certezas, corriendo detrás de versiones de seguridad que resultaron ser espejismos más costosos que la incertidumbre misma. A los 40, la incertidumbre ya no es el enemigo. Es el territorio. Y uno aprende a moverse en el territorio que tiene, no en el que quisiera tener.

Tengo brújula, aunque no tenga mapa. Tengo fe, aunque no tenga todas las respuestas que la fe a veces promete y raramente entrega en el formato esperado. Tengo escritura, que es la forma más honesta que encontré de pensar en voz alta. Tengo el mar de Mar del Plata en la memoria y el silencio de Ushuaia en el presente. Tengo amigos contados con los dedos de una mano que son más valiosos que una libreta entera de contactos. Y tengo el mate, que a esta altura es casi un sacramento laico.

Y con todo eso, me parece, se puede.

Pero vos que estás leyendo esto, que quizás ya llegaste a los 40 o que estás en camino: ¿qué te llevás? ¿Qué encontraste que valió la pena cargar y qué fue lo primero que tiraste cuando tuviste la oportunidad? ¿Hay algo en tu mochila que todavía no decidiste si sigue o no? ¿O llegaste a esta edad con la claridad que yo todavía estoy buscando?

Porque a los 40, una de las pocas certezas que tengo es que nadie llega igual. Y que comparar los caminos, sin competencia ni juicio, es una de las conversaciones más honestas que existen.

Así que si tenés ganas, contame. Preferiblemente tomando algo caliente. Y con música triste de fondo.

— Fin del comunicado del capitán—

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🎉 HOY NACE OFICIALMENTE ALFAJORES CABOS

La imagen corporativa de mi emprendimiento 

Hoy no es un día cualquiera.

Hoy lanzo oficialmente algo que me lleva dando vueltas en la cabeza, el corazón y las manos desde hace mucho tiempo: ALFAJORES CABOS, mi emprendimiento artesanal.

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EL ESTADO GENOCIDA SIONISTA Y SU TEATRO DE LA VICTIMIZACIÓN

En su papel de víctima, como siempre

No puedo creer la hipocresía del Estado sionista, ese invento artificial en Medio Oriente que no deja de sorprenderme con su teatro barato. Ahora se hacen los víctimas, lloran por los misiles lanzados por Irán como si fueran inocentes, cuando ellos mismos son los que primero atacaron, los que iniciaron la agresión.

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UNA ODA AL MATE: RITUAL, NOSTALGIA Y EL ALMA ARGENTINA EN UNA INFUSIÓN

 

Enterrado en la nieve, pero el mate no te abandona 

No sé en qué momento exacto el mate dejó de ser solo una bebida para convertirse en parte de mi identidad. Pero ahí está, como un compañero leal que no hace preguntas, que no te exige explicaciones, que simplemente está.

El mate es como ese amigo silencioso que te acompaña en los días buenos y en los días que no querés ver a nadie. El que está cuando estudiás, cuando laburás, cuando no pegás un ojo en toda la noche, cuando hay visitas y cuando no. Cuando estás en casa o cuando estás lejos. El mate te sigue.

Tiene algo de ritual, algo de liturgia. Calentar el agua “a punto”, elegir la yerba, cebar. Es casi un acto sagrado. Cada uno tiene su modo. Su termito, su mate preferido, su bombilla amiga. Y si alguien se atreve a lavártelo mal o a cambiarte el orden de las cosas, es casi una falta de respeto. Porque el mate no es cualquier cosa. Es cosa seria.

Hay quienes lo toman dulce, quienes lo prefieren amargo. Hay quienes lo ceban con amor, y otros que lo ceban como si estuvieran llenando un balde. Pero más allá de cómo se tome, el mate es símbolo de lo nuestro. Es compartir. Es rueda. Es ronda. Es pausa. Es conversación. Es silencio. Es estar.

En mi caso, ha sido testigo de muchas páginas escritas. De decisiones importantes. De mates con mamá mirando algún lago de la isla, de charlas interminables con amigos, de mates solitarios escuchando la radio mientras allá afuera el mundo gira.

No me importa si estás en Ushuaia o en La Quiaca. Si estás solo o rodeado. Si sos de izquierda, de derecha, de Boca, de River, de ningún lado. Si hay mate, hay algo que nos une. Porque el mate es patria líquida, es raíz, es refugio.

Y si alguna vez me exiliara, si alguna vez me tocara estar lejos, lo único que pediría sería una buena yerba y un mate de madera. Porque puedo bancarme la distancia, el idioma extraño, las comidas raras… pero sin mate no soy nadie.

Así que esta es mi humilde oda al mate. Al que no te juzga. Al que no se ofende si no hablás. Al que se enfría pero igual lo querés. A ese que, cuando todo parece desmoronarse, te ofrece una ronda y te dice sin palabras: "Dale, seguí. Yo estoy acá."


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EL MONTE OLIVIA, EL EMPERADOR QUE NOS OBSERVA

Eliminando las distracciones, se levanta el emperador de la isla 

Hay algo en el Monte Olivia que te atrapa, aunque no lo busques. Basta con que mires hacia el este apenas salís a caminar por Ushuaia, y ahí está: firme, inmenso, eterno. Testigo silente de todos los que llegan, y también de todos los que se van.

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PALESTINA, SIEMPRE CON PALESTINA

Siempre a favor de PALESTINA

Hay cosas que con el tiempo cambian. Las ideas, los caminos, incluso para algunos las creencias. Pero hay otras que no. Y una de ellas, en mi caso, es el compromiso inquebrantable con la causa palestina.

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🚖 UBER, REMISES, TAXISTAS Y EL CONFLICTO SIN FIN


Que hermosa ironía nivel IA

Un diario de Río Grande publicó que los viajes de remises cayeron de 26 a 9 por día. ¿El culpable? Uber. ¡Ay, Uber! Ese demonio moderno que, según muchos, llegó a destruir el oficio del "conductor profesional" y traer el apocalipsis vial. Qué raro todo. En Ushuaia no nos quedamos atrás: cada vez que alguien se anima a abrir la app, no falta el grito al cielo de los autoproclamados paladines del volante legal. Pero... ¿y si le rascamos un poquito a la pintura? A ver qué hay detrás del enojo.

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ESTE SOY YO

Mariano Romero Arregin

¡Hola! Mi nombre es Mariano — Un hombre común y corriente escribiendo sobra la vida. Soy primeramente CRISTIANO. En lo profesional, soy productor agrícola, promotor agroecológico en un cultivar de frutas finas, fermentista y cuando tengo algo de tiempo (y dinero especialmente) un viajero amateur. Además, aquí estoy compartiendo mis historias familiares, mi amor por la vida en los cultivos, la naturaleza, la tecnología y el ocio en general.

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